Novum Organon Bilingüe B (aforismo 75 a 130)

LIBRO PRIMERO (CONTINUA)

[76] Un signo que es preciso no echar en olvido, es la discordia extrema que ha reinado hasta poco ha entre los filósofos y la multiplicidad de las mismas escuelas, lo que prueba suficientemente que la inteligencia carecía de un camino seguro para elevarse de la experimentación a las leyes, puesto que un punto inicuo de filosofía (a saber, la misma naturaleza), fue presentada y explotada de tan diversas maneras y tan arbitrarias como erróneas. Y aunque en nuestros días los disentimientos y las variedades de dogmas en general, háyanse extinguido, en lo que respecta a los primeros principios y el cuerpo mismo de la filosofía, queda sin embargo, acerca de puntos particulares de doctrina, una innumerable multitud de cuestiones y controversias, de donde fácilmente puede deducirse que nada hay de cierto ni exacto en las filosofías mismas y en las formas de demostración.

[77] En cuanto a la idea generalmente admitida de que la filosofía de Aristóteles ha replegado hacia ella los espíritus, puesto que después de su aparición desaparecieron los sistemas anteriores, y que desde entonces acá no se ha visto nacer ningún otro que fuera preferible, de tal suerte, que parece también y tan sólidamente establecido que dicha filosofía haya conquistado a un tiempo el pasado y el porvenir, diremos ante todo, respecto a la desaparición de los sistemas antiguos después de la publicación de las obras de Aristóteles, que la opinión es falsa: los libros de los antiguos filósofos quedaron en pie largo tiempo después, hasta la época de Cicerón y durante los siglos siguientes; pero en el transcurso del tiempo, cuando el Imperio romano fue invadido por los Bárbaros y la ciencia humana fue como sumergida, entonces sólo las filosofías de Aristóteles y de Platón, como tablillas de materia más ligera, se salvaron sobre las olas de las edades. En lo que respecta al consentimiento prestado a esa doctrina, si bien se considera, la opinión común es otro error. El verdadero consentimiento es el que nace del acuerdo de los juicios formulados libremente y previo examen. Pero la gran mayoría de los que han abrazado la filosofía de Aristóteles, se han alistado en ella por prejuicios y bajo la fe de otro, han seguido y formado número más bien que conseguido. Que si el consentimiento hubiera sido verdadero y general, equivaldría a considerarlo por sólida y legítima autoridad, debiendo entonces más bien deducir fundada presunción en el sentido opuesto. En materias intelectuales, excepción hecha, sin embargo, de los asuntos divinos y políticos en los que el número de sufragios hace ley, es el peor de los augurios el consentimiento universal. Nada agrada tanto a la multitud, como lo que hiere la imaginación o esclaviza la inteligencia a las nociones vulgares, como hemos dicho más arriba. Se puede muy bien tomar a la moral para aplicarla a la filosofía, esta frase de Foción: «Cuando la multitud los aprueba o aplaude, hay que examinar en el acto a los hombres para saber en qué han faltado o pecado.» No hay signo más desfavorable que ese del consentimiento. Hemos puesto de manifiesto, pues, que todos los signos o indicios que se pueden aducir acerca de la verdad y exactitud de las filosofías y de las ciencias actualmente en predicamento, sea en sus orígenes, en sus resultados, en sus progresos, en las confesiones de sus autores, en los sufragios que han conquistado, son todos para ellas de mal augurio.

[78] Es preciso hablar ahora de las causas de los errores y de su larga dominación sobre los espíritus. Estas causas son tan numerosas y potentes, que no hay por qué extrañarse de que las verdades por nosotros hoy propuestas, hayan escapado hasta aquí a la inteligencia humana; antes al contrario, se admirará uno de que hayan entrado al fin en la cabeza de un mortal, y se hayan ofrecido a su pensamiento; lo que, según nosotros, es más bien suerte que obra de la excelencia misma del espíritu, y debe ser considerado como fruto del tiempo mejor que como fruto del talento de un hombre.

Ante todo, en gran número de siglos, reflexionándolo bien, debe ser singularmente reducido; pues de esos veinticinco siglos que encierran aproximadamente toda la historia y trabajos del espíritu humano, apenas si se puede distinguir seis en que florecieran, las ciencias, o encontraran tiempo favorable a sus progresos. Las edades, como las comarcas, tienen sus desiertos y sus eriales. No se pueden contar más que tres revoluciones y tres períodos en la historia de las ciencias: la primera, entre los griegos; la segunda, entre los romanos; y entre nosotros, naciones occidentales de Europa, la última: cada una abraza apenas dos siglos. En la Edad Media, la cosecha de las ciencias no fue ni abundante ni buena. No hay motivo para hacer mención de los árabes ni de los escolásticos, que aquella época cargaron las ciencias de tratados numerosos, sin aumentar su peso. Así, pues, la primera causa de un tan insignificante progreso de las ciencias, debe ser legítimamente atribuido a los estrechos límites de los tiempos que fueron favorables a su cultivo.

[79] En segundo lugar se presenta una causa que tiene por cierto, entre todas, gravedad extrema; a saber, que durante esas mismas épocas en que florecieron con más o menos brillo las inteligencias y las letras, la filosofía natural haya ocupado siempre el último rango entre las ocupaciones de los hombres. Y sin embargo, es preciso considerarla como madre común de todas las ciencias. Todas las artes y las ciencias arrancadas de esa fuente común, pueden ser perfeccionadas y recibir algunas útiles aplicaciones; pero no adquieren crecimiento alguno. Sin embargo, es manifiesto que después del establecimiento y desarrollo de la religión cristiana, la inmensa mayoría de los espíritus eminentes se volvió hacia la teología, que este estudio obtuvo desde entonces los estímulos más grandes y toda suerte de apoyos y que, por sí solo, llenó casi aquel tercer período de la historia intelectual de la Europa occidental, tanto más cuanto aproximadamente por aquella misma época, comenzaron las letras a florecer y a suscitarse la multitud de controversias religiosas. En la edad precedente, durante el segundo período, o época romana, las meditaciones y el esfuerzo de los filósofos, se dirigieron por completo a la filosofía moral, que era la teología de los paganos; casi todas las inteligencias más elevadas de aquellos tiempos, se entregaron a los negocios del Estado, a causa de la grandeza del Imperio romano, que exigía los cuidados de gran número de hombres. En cuanto a la época en que la filosofía natural apareció con gran esplendor entre los griegos, fue muy efímera, pues en los primeros tiempos, los siete sabios, como se les llamaba, todos, a excepción de Thales, se consagraron a la moral y a los derechos civiles; y en los últimos, después que Sócrates hizo descender la filosofía del cielo a la tierra, la filosofía moral adquirió mayor predicamento y apartó las inteligencias de los estudios naturales.

Pero ese mismo período en el que las investigaciones naturales fueron cultivadas, fue corrompido por las contradicciones y las manías de los sistemas que las esterilizaron. Así, puesto que, durante esos tres períodos la filosofía natural vióse a no poder más descuidada o contrariada, no hay que asombrarse de que los hombres, ocupados en cosa diferente, no hayan realizado progresos en ella.

[80] Añádase a esto que, entre los mismos hombres que cultivaron la filosofía natural, casi no ha habido, sobre todo en estos últimos tiempos, quien se haya consagrado a su estudio con inteligencia clara y libre de ulteriores miras, a menos que se cite por casualidad algún monje en su celda, o algún noble en su mansión.

En general, la filosofía natural sirvió de pasaje y como de fuente a otros objetos.

Y así, esa madre común de todas las ciencias, fue reducida, con indignidad extraña, a las funciones de servidora, para auxiliar las operaciones de la medicina o de las matemáticas y para dar a las inteligencias de los jóvenes que carecen de madurez, una preparación y como un primer baño que les pusiera en aptitud de abordar más tarde otros estudios con más facilidad y éxito. Con todo, nadie espere un gran progreso en las ciencias (sobre todo en su parte práctica), mientras que la filosofía natural no penetre en las ciencias particulares, y que éstas a su vez no vuelvan a la filosofía natural. Esta causa explica el porqué la astronomía, la óptica, la música, la mayor parte, de las artes mecánicas, la misma medicina, y lo que parecerá más maravilloso aún, la filosofía moral y civil, así como las ciencias lógicas, no tienen casi profundidad, y se extienden todas sobre la superficie y las variedades aparentes de la naturaleza; pues esas ciencias particulares, una vez se hubo establecido su división, y constituido cada una de ellas, no fueron nutridas por la filosofía natural, única que, remontando a las fuentes y a inteligencia verdadera de los movimientos, de los rayos, de los sonidos, de la contextura y de la constitución íntima de los cuerpos, de las afecciones y de las percepciones intelectuales, hubiera podido darles nuevas fuerzas y un robusto crecimiento. No hay que maravillarse, pues, de que las ciencias no prosperen, cuando están separadas de sus verdaderas raíces.

[81] Encontramos otra ocasión importante y poderosa del poco adelanto de las ciencias. Hela aquí: que es imposible avanzar en la carrera, cuando el objeto no está bien fijado y determinado. No hay para las ciencias otro objeto verdadero y legítimo, que el de dotar la vida humana de descubrimientos y recursos nuevos. Pero la mayoría no entiende así las cosas, y tiene sólo por regla el amor del lucro y la pedantería, a menos que de vez en cuando no se encuentre algún artesano de genio emprendedor y amante de la gloria, que persiga algún descubrimiento, lo que de ordinario no se puede conseguir sino a costa de un gran dispendio de sus recursos metálicos. Pero de ordinario, tanto dista el hombre de proponerse aumentar el número de los conocimientos y de las invenciones, que sólo toma de los conocimientos actuales aquellos que necesita para enseñar, para alcanzar dinero o reputación, u obtener cualquier provecho de ese género. Si entre tan gran multitud de inteligencias se encuentra una que cultive con sinceridad la ciencia por la ciencia misma, se observará que se afana más por conocer las diferentes doctrinas y los sistemas, que por investigar la verdad según las reglas vigorosas del verdadero método. Más todavía: si se encuentra algún espíritu que persiga con tenacidad la verdad, se verá que la verdad que busca es aquella que podría satisfacer su inteligencia y su pensamiento, dándole cuenta de todos sus hechos que son ya conocidos, y no aquella que ofrece en premios nuevos descubrimientos y muestra su luz en nuevas leyes generales. Así, si nadie ha determinado aún bien el fin de las ciencias, no es de extrañar que todos hayan errado en las investigaciones subordinadas a ese fin.

[82] El objeto y fin último de las ciencias, han sido, pues, mal establecidos por los hombres; pero aun cuando los hubieren fijado bien, el método era erróneo e impracticable. Cuando se reflexiona acerca de ello, sobrecógele aún el estupor, viendo que nadie haya puesto empeño, ni ocupádose siquiera, en abrir al espíritu humano una vía segura, que partiese de la observación y de una experiencia bien regulada y fundada, sino que todo se haya abandonado a las tinieblas de la tradición, a los torbellinos de la argumentación, a las inciertas olas del azar y de una experiencia sin regla ni medida. Examínese con imparcialidad y atención cuál es el método que los hombres han empleado de ordinario en sus investigaciones y en sus descubrimientos, y se observará desde luego un modo de descubrimiento bien simple y desprovisto de arte, que es muy familiar a todas las inteligencias. Ese modo consiste, cuando se emprende una investigación, en informarse, ante todo, de cuanto los otros han dicho sobre el asunto, añadiendo en seguida sus propias meditaciones, agitando y atormentando mucho el espíritu e invocándole en cierto modo, para que pronuncie los oráculos; procedimiento que carece por completo de valor, y tiene por único fundamento las opiniones.

Tal otro emplea para hacer sus descubrimientos la dialéctica, de la que sólo el nombre tiene alguna relación con el método que se trata de poner en práctica. En efecto, la invención en que termina la dialéctica no es la de los principios y de las leyes generales de las que se puede derivar las artes, sino la de los principios que están en conformidad con el espíritu de las artes existentes. En cuanto a los espíritus más curiosos e importunos que se imponen una tarea más difícil e interrogan a la dialéctica sobre el valor mismo de los principios y de los axiomas de los que la piden la prueba, les remite, mediante una respuesta bien conocida, a la fe y como al respeto religioso que es preciso conceder a cada una de las artes en su esfera. Queda la observación pura de los hechos que se llaman hallazgos, cuando se presentan por sí mismos, y experimentos cuando se los ha buscado. Este género de experiencia no es otra cosa que una hoz rota, como se dice, y que esos tanteos, con los cuales un hombre procura en la oscuridad encontrar el camino, mientras que sería mucho más fácil y prudente para él esperar el día o encender una antorcha y proseguir su camino con la luz. El verdadero método experimental, al contrario, ante todo, enciende la antorcha, y a su luz muestra seguidamente el camino, comenzando por una experiencia bien regulada y profunda, que no sale de sus límites, en la que no se desliza el error. De esa experiencia, induce leyes generales, y recíprocamente de esas leyes generales bien establecidas, experiencias nuevas; pues el Verbo de Dios no ha obrado en el universo sin orden ni medida. Que cesen, pues, los hombres de maravillarse de no haber acertado con el camino de las ciencias, pues se han desviado del verdadero, olvidando y abandonando por completo la experiencia, o perdiéndose en ella como en un laberinto, y volviendo sin cesar sobre sus pasos, mientras que el verdadero método conduce al espíritu por un camino seguro a través de los bosques de la experiencia, a los campos dilatados e iluminados de los principios.

[83] Este mal ha sido singularmente favorecido en su desarrollo por una opinión o un prejuicio muy antiguo, pero lleno de arrogancia y de peligro, que consiste en que la majestad del espíritu humano es rebajada si por largo tiempo se encierra en la experiencia y en el estudio de los hechos que los sentidos perciben en el mundo material; en que, sobre todo, esos hechos no se descubren sino con esfuerzo, sólo ofrecen al espíritu un vil sujeto de meditación, son muy difíciles de expresar, no sirven sino para oficios que se desdeña, se presentan en número infinito, y ofrecen poco asidero a la inteligencia por su natural sutilidad. Por todas partes llegamos a la misma conclusión: que hasta hoy el verdadero camino ha sido no tan sólo abandonado, sino que también ha estado vedado y cerrado; la experiencia menospreciada, o por lo menos mal dirigida, cuando no estuvo por completo olvidada.

[84] Otra causa que detuvo el progreso de las ciencias, es que los hombres se vieron retenidos, como fascinados, por su ciego respeto por la antigüedad, por la autoridad de los que se consideraban como grandes filósofos, y en fin, por el general acatamiento que se les prestaba. Ya hemos hablado de ese común acuerdo de los espíritus.

La opinión que los hombres tienen de la antigüedad se ha formado con excesiva negligencia, y ni aun se compadece bien con la misma expresión de antigüedad. La vejez y la ancianidad del mundo deben ser consideradas como la antigüedad verdadera, y convienen a nuestro tiempo más que a la verdad de la juventud que presenciaron los antiguos. Esta edad, con respecto a la nuestra, es. la antigua y la más vieja; con respecto al mundo, lo nuevo es lo más joven. Ahora bien; así como esperamos un más amplio conocimiento de las cosas humanas y un juicio más maduro de un viejo que de un joven, a causa de su experiencia del número y de la variedad de cosas que ha visto, oído o pensado, del mismo modo sería justo esperar de nuestro tiempo (si conociera sus fuerzas y quisiera ensayarlas y servirse de ellas), cosas mucho más grandes que de los antiguos tiempos; pues nuestro tiempo es el anciano del mundo, y se encuentra rico en observación y experiencia.

Es preciso tener también en cuenta las largas navegaciones y los largos viajes tan frecuentes en estos últimos siglos, que han contribuido mucho a extender el conocimiento de la naturaleza, y producido descubrimientos de los que puede brotar nueva luz para la filosofía. Más aún, sería vergonzoso para el hombre después de haberse descubierto en nuestro tiempo nuevos espacios del globo material, es decir, tierras, mares y cielos nuevos, que el globo intelectual quedara encerrado en sus antiguos y estrechos límites.

En cuanto a los autores se refiere, es una soberana pusilanimidad respetarles indefinidamente sus derechos y negárselos al autor de los autores, y por ello principio de toda autoridad: al tiempo. Se dice con mucha exactitud, que la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad. Es preciso no sorprenderse si esa fascinación que ejercen la antigüedad, los autores y el consentimiento general, han paralizado el genio del hombre, hasta el punto de que, como una víctima de sortilegios, no puede ponerse en relación con las cosas.

[85] No es sólo la admiración por la antigüedad, los autores y el acuerdo de las inteligencias, lo que han obligado a la industria humana a reposar en los descubrimientos ya realizados, si que también la admiración por las mismas invenciones, desde larga fecha y en cierto número adquiridas por el género humano. Ciertamente, el que se ponga ante los ojos toda esa variedad de objetos y ese lujo brillante que las artes mecánicas han creado y desplegado para adornar la vida del hombre, antes se inclinará a admirar la opulencia, que a reconocer la pobreza humana, sin notar que las observaciones primeras del hombre y las operaciones de la naturaleza (que son como el alma y el motor de toda esa creación de las artes), no son ni numerosas ni arrancadas de las profundidades de la naturaleza, y que el honor corresponde por lo demás, a la paciencia, al movimiento delicado y bien regulado de la mano y de los instrumentos. Es, por ejemplo, una cosa delicada y que denota mucho cuidado, la fabricación de relojes, que parecen imitar los movimientos celestes con los de sus ruedas y las pulsaciones orgánicas con sus pulsaciones sucesivas y regulares; y sin embargo, es un arte que descansa por completo en una o dos leyes naturales.

Por otra parte, si se examina la delicadeza de las artes liberales o la de las artes mecánicas en la preparación de las substancias naturales, o cualquiera otra de ese género, como el descubrimiento de los movimientos celestes en astronomía, de los acordes en la música, de las letras del alfabeto (no usadas aún en China), en la gramática, o bien en artes mecánicas, los trabajos de Baco y de Ceres, es decir, la preparación del vino y la cerveza, las pastas de todo género, los manjares más exquisitos, los licores destilados, y otras invenciones de ese género; si se reflexiona al mismo tiempo cuántos siglos han sido necesarios para que esas artes, todas antiguas (excepto la destilación) llegasen al punto en que hoy se encuentran, sobre cuán pocas observaciones y principios naturales reposan, como ya para los relojes hemos dicho; aún más, si se examina con cuánta facilidad han podido ser inventadas, en circunstancias propicias y por ideas de repente nacidas en las inteligencias, desprenderáse uno de toda admiración y deplorará la desdicha del hombre, que, en tantos siglos, sólo ha obtenido tan exiguo tributo de descubrimientos. Y todavía, esos mismos descubrimientos de que hemos hecho mención, son más antiguos que la filosofía y que las artes de la inteligencia; de suerte, que, a decir verdad, cuando comenzaron las ciencias, racionales y dogmáticas, se cesó de hacer descubrimientos útiles.

Si de los talleres nos trasladamos a las bibliotecas y admiramos al principio la inmensa variedad de libros que contienen, cuando se examine atentamente el asunto y el contenido de esos libros, se caerá asombrado en el extremo opuesto, y después de haber sido convencido de que son interminables las repeticiones, y de que los autores hacen y dicen siempre las mismas cosas, cesaremos de admirar la variedad de los escritos y se declarará que es cosa de maravillarse de que asuntos tan mezquinos hayan hasta aquí exclusivamente ocupado y absorbido las inteligencias.

Si se quiere después dar un vistazo a estudios reputados más curiosos que sensatos, y penetramos un tanto en los secretos de los alquimistas y de los magos, tal vez no sepamos si reír o llorar ante semejantes locuras. El alquimista mantiene una eterna esperanza, y cuando el resultado no corresponde a sus deseos, acusa de ellos a sus propios errores; se dice que no ha comprendido bien las fórmulas del arte y de los autores; se sumerge en la tradición, y recoge con avidez hasta palabras que se dicen en voz baja al oído, o bien piensa que ha hecho al revés alguna cosa de sus operaciones, que deben ser minuciosamente reguladas, y comienza de nuevo y hasta el infinito su tarea. Y sin embargo, cuando en los accidentes de la experiencia da con algún hecho de aspecto nuevo o de una utilidad que no se puede negar, su espíritu se llena de satisfacción con ella, especie de encuentro, lo elogia, lo exalta y prosigue animado de esperanza. No es posible negar, sin embargo, que los alquimistas hayan realizado muchos descubrimientos y prestado verdaderos servicios a los hombres; pero se les puede también aplicar este apólogo del viejo que lega a sus hijos un tesoro enterrado en una viña, aparentando ignorar el sitio en que a punto cierto está; los hijos se dan buena traza en cavar la viña con sus propios brazos; el oro no aparece, pero de aquel trabajo nace una rica cosecha.

Los partidarios de la magia natural, que todo lo explican por las simpatías y las antipatías de la naturaleza, han atribuido a las cosas por vanas conjeturas hechas con extrema negligencia, virtudes y operaciones maravillosas; si han enriquecido la práctica con algunas obras, esas novedades son de tal género, que se las puede admirar, pero no servirse de ellas.

En cuanto a la magia sobrenatural (si es que merece que se hable de ella), lo que sobre todo debemos observar, es que no presenta más que un círculo de objetos bien determinados, en el que las artes sobrenaturales y supersticiosas en todos los tiempos y en todos los pueblos, y las mismas religiones, han podido ejercer y desplegar su prestigio. Podemos, pues, prescindir de ella. Tengamos en cuenta, sin embargo, que nada de maravilloso hay en que la creencia en una riqueza imaginaria haya sido causa de una miseria real.

[86] La admiración de los hombres por las artes y las doctrinas, por sí misma bastante sencilla y casi pueril, se ha acrecentado con el artificio y la astucia, de los que han fundado y propagado las ciencias. Nos las dan tan ambiciosamente y con tanta afectación nos las presentan a la vista, de tal suerte vestida y con tan buena figura, que cualquiera las creería perfectas y del todo acabadas. Por su marcha y sus divisiones, parece que encierran y comprenden cuanto su objeto comporta. Y aunque sus divisiones están pobremente llenas y sus títulos reposen sobre cajas vacías, esto no obstante, para la inteligencia vulgar, tienen la forma y la apariencia de ciencias acabadas y completas.

Pero los que de los primeros, y en los tiempos más remotos, buscaban la verdad con mejor fe y con más éxito, tenían la costumbre de encerrar los pensamientos que habían recogido en su contemplación de la naturaleza en aforismos o breves sentencias esparcidas, que no ligaba método alguno; aquellos hombres no hacían profesión de haber abrazado toda la verdad. Pero de la manera como hoy se procede, no hay que sorprenderse de que los hombres nada busquen fuera de lo que se les da como obras perfectas y absolutamente acabadas.

[87] Las doctrinas antiguas han visto acrecentarse su consideración y autoridad por la vanidad y ligereza de los que propusieron novedades, sobre todo en la parte activa y práctica de la filosofía natural; pues no han faltado en el mundo charlatanes y locos que, en parte por credulidad, en parte por impostura, han agobiado al género humano con toda suerte de promesas y de milagros: prolongación de la vida, venida tardía de la vejez, alivio de los males, corrección de los defectos naturales, encantamiento de los sentidos, suspensión y excitación de los apetitos, iluminación y exaltación de las facultades intelectuales, transformación de las substancias, multiplicación de los movimientos, acrecentamiento a voluntad de su potencia, impresiones y alteraciones del aire, gobierno y dirección de las influencias celestes, adivinación del porvenir, reproducción del pasado, revelación de los misterios, y muchos otros por el estilo. Alguien ha dicho de esos fautores de promesas sin equivocarse mucho en nuestra opinión, que existe en filosofía tanta diferencia entre esas quimeras y las verdaderas doctrinas, como la que existe en historia entre las proezas de Julio César y de Alejandro el Grande, y las proezas de Amadís de Gaula o de Arturo de Bretaña. En realidad aquellos ilustres capitanes hicieron cosas más grandes que las que se atribuyen a los héroes imaginarios, pero por medios menos fabulosos y en la que no entra tanto el prodigio. Sin embargo, no sería justo negarse a creer lo que hay de verdad en la historia porque las fábulas vengan a menudo a alterarla y corromperla. De todos modos no hay por qué sorprenderse de que los impostores que hicieron tales tentativas hayan ocasionado grave perjuicio a los nuevos esfuerzos filosóficos (sobre todo aquellos que prometían ser fecundos en resultados), hasta el punto de que el exceso de su picardía y la repugnancia que ha producido, anticipadamente han quitado toda grandeza a empresas de ese género.

[88] Pero las ciencias han sufrido más aún por la pusilanimidad y la humildad y bajeza de las ideas que el espíritu humano se ha hecho favoritas. Y sin embargo (y esto es lo más deplorable) esa pusilanimidad no se ha hallado sin arrogancia y sin desdén.

Ante todo, es un artificio familiar a todas las artes, calumniar a la naturaleza en nombre de su debilidad, y de hacer de una imposibilidad que les es propia, una imposibilidad natural. Cierto es que el arte no puede ser condenado si es él quien juzga. La filosofía que en la actualidad impera, alimenta asimismo en su seno ciertos principios que tienden nada menos, si no nos ponemos sobre aviso, que a persuadir a los hombres de que nada debe esperarse de las artes y de la industria verdaderamente difícil, y con lo cual la naturaleza sea sometida y atrevidamente domada, como lo hemos observado a propósito de la heterogeneidad del calor, del fuego y del sol, y de la combinación de los cuerpos. Juzgándolo bien, esas ideas equivalen a circunscribir injustamente el poder humano, a producir una desesperación falsa, e imaginaria, que no sólo destruya todo buen augurio, si que también arrebate a la industria del hombre todos su estímulos y todos sus alientos, y corte a la experimentación sus alas. Los que propagan esas ideas, preocúpanse solamente de dar a su arte reputación de perfección, esforzándose en alcanzar una gloria tan vana como culpable, fundada en el prejuicio de que cuanto hasta hoy no ha sido descubierto y comprendido, jamás podrá ser comprendido ni descubierto por el hombre. Si por casualidad una inteligencia quiere consagrarse al estudio de la realidad y hacer algún nuevo descubrimiento, propónese por único objeto perseguir y dar a luz un solo descubrimiento y nada más, como por ejemplo, la naturaleza del imán, el flujo y reflujo del mar, el tema celeste y otros asuntos de este género, que parecen tener algo de misterioso, y en los que hasta hoy hanse ocupado con poco éxito, mientras que es muy inhábil para estudiar la naturaleza de una cosa en ella sola, puesto que la misma naturaleza, que aquí parece oculta y secreta, allí es manifiesta y casi palpable; en este primer caso, la naturaleza excita la admiración; en el segundo, ni siquiera se fija uno en ella. Puede esto observarse en cuanto a la consistencia, en la que nadie para la atención cuando se presenta en la madera o en la piedra, y a lo que nos contentamos con dar el nombre de solidez, sin preguntarnos por qué no hay allí separación o solución de continuidad; pero esa misma consistencia parece muy ingeniosa y muy sutil en las burbujas de agua que se forman en ciertas peliculillas artísticamente hinchadas en forma semiesférica, de manera que no presentan en algún breve espacio ninguna solución de continuidad.

Y ciertamente, todos esos fenómenos que pasan por secretos, son en otros objetos evidentes y están sometidos a la ley común; no se les comprenderá jamás si los hombres concentran todos sus experimentos y sus meditaciones sobre los primeros objetos. General y vulgarmente se considera en las artes mecánicas como invenciones nuevas, un hábil refinamiento de las antiguas invenciones, un aspecto más elegante que se les da; su reunión y combinación, el arte de acomodarlas mejor al uso, de producirlas en proporciones de volumen o de masa más considerables o más reducidas que de ordinario, y todos los otros cambios de esta especie.

No es, pues, extraño que las invenciones nobles y dignas del género humano, no hayan salido a luz cuando los hombres estaban satisfechos y encantados de esfuerzos tan débiles y pueriles, cuando creían haber perseguido y alcanzado con ello algo verdaderamente grande.

[89] Debemos decir también que la filosofía natural ha encontrado en todo tiempo un terrible adversario en la superstición y en un celo religioso ciego e inmoderado. Hemos visto entre los griegos acusados de impiedad para con los. dioses a los que primero revelaron a los hombres asombrados las causas naturales del rayo y de las tempestades; más tarde hemos visto excomulgados sin mayor razón, por algunos de los antiguos Padres de la Iglesia, a los que probaban por demostraciones evidentes, que ningún hombre de buen sentido se atrevería hoy a poner en duda que la tierra es redonda, y que por consiguiente, existen antípodas.

Aún más; en el estado actual de las cosas, los teólogos escolásticos, con sus sumas y sus métodos, han hecho muy difícil y peligroso hablar de la naturaleza; pues redactando en cuerpo de doctrinas y bajo la forma de tratados completos toda la teología, lo que ciertamente era de su incumbencia, han hecho más aún, han mezclado al cuerpo de la. religión mucho más de lo que convenía la filosofía espinosa y contenciosa de Aristóteles.

Al mismo resultado llegaban, aunque de manera distinta, los trabajos de los que no han vacilado en deducir la verdad cristiana de los principios, y en confirmarla por la autoridad de los filósofos, celebrando con mucha pompa y solemnidad, como legítimo, ese consorcio de la fe y de la razón, lisonjeando las inteligencias con esa agradable variedad, pero mezclando también con ello las cosas divinas a las humanas, sin que hubiera la menor paridad entre el valor de unas y otras. Pero en esas especies de combinaciones de la filosofía con la teología, no están comprendidos más que los órganos filosóficos actualmente admitidos; en cuanto a las teorías nuevas, por grande que sea la superioridad que presenten, su fallo está anticipadamente pronunciado.

Finalmente, veréis la ineptitud de ciertos teólogos llevada al extremo de prohibir o poco menos toda filosofía, por purgada que esté. Unos temen sencillamente que el estudio demasiado profundo de la naturaleza, no arrastre al hombre más allá de los límites de moderación que le están prescritos, torturando las palabras de la Santa Escritura, pronunciadas contra los que quieren penetrar los divinos misterios para aplicarlas a los secretos de la naturaleza, cuya investigación no está en modo alguno prohibida. Otros, con más astucia, que si las leyes de la naturaleza son ignoradas, será mucho más fácil atribuir todos y cada uno de los acontecimientos a la potencia y al castigo de Dios, lo que, según ellos, es de grandísimo interés para la religión; y esto no es en realidad otra cosa más que servirse de Dios para la mentira. Otros temen que por el contagio del ejemplo, los movimientos de las revoluciones filosóficas no se comuniquen a la religión, y determinen en ella trastornos de rechazo. Otros parecen temer que por el estudio de la naturaleza no se llegue a algún descubrimiento que derribe o cuando menos conmueva la religión, sobre todo en los espíritus ignorantes. Pero estos dos últimos temores nos parecen denotar una sabiduría bien terrestre, como si los que los han abrigado desconfiaren en el fondo de su espíritu y en sus secretos pensamientos, de la solidez, de la religión y del imperio de la fe sobre la razón, y en consecuencia temiesen para ellas algún peligro de la investigación de la verdad en el orden natural. Pero bien considerado, la filosofía natural es, después de la palabra de Dios, el remedio más cierto contra la superstición y al mismo tiempo el más firme sostén de la fe. Con razón sobrada se la da a la religión como la más fiel de las servidoras, puesto que la una manifiesta la voluntad de Dios y la otra su potencia. Es una gran frase aquella que dice: Erráis, no conociendo la Escritura ni la potencia de Dios, en donde están juntas y unidas por lazo imprescindible, la información de la voluntad y la meditación sobre la potencia. Sin embargo, no hay que sorprenderse de que los progresos de la filosofía natural hayan sido contenidos, cuando la religión, que tanto poder ejerce sobre el espíritu de los hombres, se ha visto inclinada y arrastrada contra ella por el celo ignorante y torpe de algunos.

[90] Por otra parte, descúbrese que todo es contrario al progreso de las ciencias, en las costumbres y en los estatutos de las escuelas, de las academias, de los colegios y otros establecimientos semejantes, destinados a ser la residencia de lo hombres doctos y el foco de la ciencia. De tal modo están en ellos dispuestos las lecturas y los ejercicios, que no puede el espíritu pensar ni estudiar, sea lo que fuere, fuera de aquellos hábitos. Si uno u otro se impone la tarea de usar de la libertad de su juicio, se crea una tarea solitaria, pues no puede esperar socorro alguno de la sociedad de sus colegas. Si aborda semejantes dificultades, habrá de reconocer que tales celo y magnanimidad, son serios obstáculos para su carrera; pues los estudios en aquellos establecimientos están encerrados en los escritos de ciertos autores, como en una prisión. Si alguno expresa una opinión diferente de la de ellos, se le acosa en el acto como a díscolo y sectario de novedades. Pero va gran diferencia entre el mundo político y el mundo científico: este último no peligra como el otro por un nuevo movimiento o por nuevas luces. En un Estado es temido el cambio, aun en sentido de mejorar, a causa de los trastornos que ocasiona; pues la fuerza de los estados radica en la autoridad, la concordancia de los espíritus, la reputación que se hayan conquistado, la opinión de su poderío, y no en las demostraciones. En las ciencias y en las artes, al contrario, como en las minas de metales, debe continuamente resonar el eco del ruido de nuevos trabajos de progresos ulteriores. Esto está en conformidad con la sana razón, pero se está lejos de acomodarse a ello en la práctica; y la dirección de las doctrinas, y esta policía de las ciencias de que hablamos, han detenido en gran manera los progresos.

[91] Y aun cuando dejase de mirarse con prevención las nuevas tentativas de la inteligencia, todavía constituiría un obstáculo grande para el progreso de las ciencias, el dejar sin recompensa los esfuerzos de este género. El cultivo de las ciencias y el precio de ese cultivo, no están en una misma mano; las inteligencias elevadas son las que hacen progresar las ciencias; pero el precio y las recompensas de sus trabajos están en manos del pueblo y de los príncipes, que, salvo muy raras excepciones, son medianamente instruidos. Los progresos de este género, no sólo carecen de recompensa y no son remunerados por los hombres, si que también les falta los sufragios del público; como están, en efecto, por cima del alcance de la inmensa mayoría de los hombres, el viento de las opiniones populares las derriba y las aniquila fácilmente. No debe maravillarnos, pues, que lo que no era honrado, no haya prosperado.

[92] Pero el mayor de todos los obstáculos al progreso de las ciencias y a las conquistas factibles en su dominio, es la desesperación de los hombres y la presunción de imposibilidad. Los hombres prudentes y severos se entregan a ese género de estudios con mucha desconfianza, pensando siempre en la oscuridad de la naturaleza, en la brevedad de la vida, en los errores de los sentidos, en la fragilidad del juicio, en las dificultades de la experimentación y en todos los obstáculos de este género. Por esto creen que las ciencias tienen flujo y reflujo a través de las revoluciones de los tiempos y de las diversas edades del mundo, que en ciertas épocas progresan y florecen, y en otras languidecen y declinan, de suerte que llegadas a cierto grado y a cierto estado, les es imposible avanzar más.

Si alguien llega a esperar o a prometer más, creen que aquello es fruto de un espíritu que carece aún de madurez y no es dueño de sí; y que en aquellas empresas, los comienzos son brillantes, la prosecución penosa y el fin lleno de confusiones. Ahora bien, como esta manera de ver se impone fácilmente a los hombres graves y de elevada inteligencia, es preciso que nos aseguremos bien de que la reducción de una empresa excelente y admirable no rebaja ni altera la severidad de nuestro juicio, y que examinemos escrupulosamente qué esperanzas brillan en efecto para nosotros y hacia dónde se hallan; rechacemos, pues, toda esperanza cuyo fundamento no sea sólido; discutamos y pesemos las que más solidez aparenten ofrecer. Más aún, llamemos a consejo a la prudencia política que desconfía de lo que aún no ha visto, y siempre asegura algo mal de los negocios humanos. Vamos, pues, a hablar de nuestras esperanzas: ya que no somos charlatanes, no queremos hacer violencia a los espíritus ni tenderles lazos, sino guiar por la mano a los hombres con su pleno consentimiento. Y aunque para infundir a los hombres firme esperanza, el medio más poderoso sea ciertamente conducirles, como lo haremos más tarde a presencia de los hechos, sobre todo tal como están dispuestos y ordenados en nuestras tablas de descubrimientos (lo que concierne a la segunda y más aún a la cuarta parte de nuestra instauración), puesto que esto no sean esperanzas, sino más bien en cierto modo la realidad misma; para, proceder en todo con orden y calma, vamos a proseguir la tarea comenzada de preparar los espíritus. Dar a conocer nuestras esperanzas, entra y no por poco, en esta preparación. Sin ello todo cuanto hemos dicho, es más bien propio para afligir a los hombres (haciéndoles compadecerse de todas las ciencias en su presente estado, y redoblando en ellos el sentimiento y el conocimiento de su infeliz condición), que para avivar su celo y excitarles a hacer experiencias. Es preciso, pues, descubrir y proponer nuestras conjeturas, que prestan probabilidad a cuanto esperamos de esta nueva empresa, así como Colón, antes de su admirable travesía por el mar Atlántico, dio a conocer las razones que le persuadían de que se podía descubrir tierra y continentes nuevos más allá de los conocidos hasta entonces. Sus razones, al principio, fueron desatendidas, pero más tarde la experiencia las confirmó, y convirtiéronse en fuente y origen de las cosas más grandes.

[93] Debemos comenzar por Dios; pues esta empresa, a causa de los excelentes bienes que encierra, está manifiestamente inspirada por Dios, que es el autor de todo bien y el padre de las luces. En las obras divinas todos los principios, por pequeños que sean, van a su fin. Y lo que se dice de las cosas espirituales, que el reino de Dios llega sin que se le vea, puede comprobarse en todas las grandes obras de la Providencia: el suceso se desliza tranquilamente, sin ruido, sin brillo y la obra se consuma antes de que los hombres hayan pensado en ella o la hayan observado. Debemos recordar también la profecía de Daniel, sobre los últimos tiempos del mundo: Pasarán muchos al otro lado y la ciencia se multiplicará; con lo que significa manifiestamente, que entre en los destinos, es decir, en los planes de la Providencia, que el recorrer el mundo por entero, cosa que por tantas y lejanas navegaciones parece ya realizada, o a lo menos en plena ejecución, y el progreso de las ciencias, se verifiquen en la misma edad.

[94] Seguidamente viene el motivo más poderoso de todos para fundar nuestras esperanzas, que se deduce de los errores del tiempo pasado y de los métodos ensayados hasta el día. Alguien ha encerrado en estas pocas palabras una excelente crítica de la mala administración de un Estado. «Lo que es la condenación del pasado, debe ser la fuente de nuestra esperanza para el porvenir. Si hubiereis cumplido perfectamente vuestro deber, y los negocios públicos, sin embargo, no estuviesen en mejor estado, no sería posible esperar para ellos un porvenir mejor; pero como los negocios no están hoy en mal estado por la fuerza misma de las cosas, sino por vuestras faltas, se puede esperar que, vueltos de vuestros errores, corregidas vuestras inteligencias, tomarán un aspecto mucho más próspero.»1 De la propia suerte, si los hombres, durante tantos siglos, hubieran seguido el verdadero método de descubrimiento y de cultura científica, sin conseguir progreso alguno, sería ciertamente opinión audaz y temeraria esperar una mejora hasta el día desconocido. Pero se ha engañado uno de camino; si los hombres han consumido sus fuerzas en una dirección que a ninguna parte podía conducirles, dedúcese de ello que no es en las cosas mismas sobre las cuales no se extiende nuestro poder, donde existe la dificultad, sino en el espíritu humano y en la manera cómo se le ha ejercitado, cosa a que ciertamente podemos poner remedio. Será, pues, en extremo conveniente poner de manifiesto esos errores, pues tantos cuantos fuesen los obstáculos creados en el pasado; deberán ser los motivos de esperanza que para el porvenir se conciben. Y aunque hayamos dicho algo de ello más arriba, nos ha parecido útil, explicarlo aquí brevemente y en términos claros y sencillos.

[95] Las ciencias han sido tratadas o por los empíricos o por los dogmáticos. Los empíricos, semejantes a las hormigas, sólo saben recoger y gastar; los racionalistas, semejantes a las arañas, forman telas que sacan de sí mismos; el procedimiento de la abeja ocupa el término medio entre los dos; la abeja recoge sus materiales en las flores de los jardines y los campos, pero los transforma y los destila por una virtud que le es propia. Esta es la imagen del verdadero trabajo en la filosofía, que no se fía exclusivamente de las fuerzas de la humana inteligencia y ni siquiera hace de ella su principal apoyo; que no se contenta tampoco con depositar en la memoria, sin cambiarlos, los materiales recogidos en la historia natural y en las artes mecánicas, sino que los lleva hasta la inteligencia modificados y transformados. Por esto todo debe esperarse de una alianza íntima y sagrada de esas dos facultades experimental y racional, alianza que aún no se ha verificado.

[96] Hasta aquí, la filosofía natural jamás se ha encontrado pura, sino siempre infestada y corrompida: en la escuela de Aristóteles, por la lógica; en la escuela de Platón, por la teología natural; en el neoplatonismo de Proclus y de los otros, por las matemáticas, que deben terminar la filosofía natural, y no engendrarla y producirla. Pero debe esperarse aún mucho más de una filosofía natural pura y sin mezcla.

[97] Nadie hasta aquí se ha encontrado con una inteligencia bastante firme y rigurosa para imponerse determinadamente la ley de destruir por completo en él todas las teorías y las nociones comunes, y aplicar de nuevo esa inteligencia purificada al estudio de los hechos. Y es porque la razón humana, en su actual estado, es un conjunto de nociones incoherentes, en el que la creencia de otro, la casualidad y las ideas pueriles que en nuestra infancia nos hemos formado, representan el principal papel.

Si un hombre de edad madura, en el goce de todos sus sentidos, purificada la inteligencia, se aplica de nuevo a la experiencia y al estudio de los hechos, debe asegurarse bien de su empresa. Ahí es donde nos atrevemos a prometernos la fortuna de Alejandro el Grande, y no se nos acuse de vanidad antes de habernos oído hasta el fin, que está hecho para proscribir toda vanidad.

Es cierto que Eschines habló así de Alejandro y de sus hechos. «Para nosotros, no vivimos una vida mortal, sino que hemos nacido para que la posteridad refiera de nosotros maravillas.» Como si hubiera visto milagros en las acciones de Alejandro.

Pero en la edades siguientes Tito Livio ha estado más en lo justo diciendo de Alejandro algo semejante a esto. «No es más que un héroe audaz que ha sabido despreciar los fantasmas.» Y es nuestra opinión que en las edades venideras se formulará de nosotros el siguiente juicio: «Que no hemos hecho nada de extraordinario; que solamente hemos reducido a su justo valor cosas de que le tenía una idea exagerada.» Sin embargo, como ya antes dijimos, no hay esperanza sino en una regeneración de las ciencias, que las haga salir de la experimentación según leyes fijas, y les dé así nuevo fundamento, en lo que, según universal confesión, creo que nadie ha pensado ni trabajado.

[98] Pero la experiencia, a la que es preciso recurrir debidamente, no ha dado hasta aquí a la filosofía más que fundamentos muy débiles o nulos: no se ha buscado ni recogido aún gran cantidad de hechos y de materiales, cuyo número, género y certeza fueran en modo alguno suficiente y capaz para ilustrar y guiar al espíritu. Pero los hombres doctos, negligentes y fáciles a la vez, han recogido como rumores de la experiencia y recibido sus ecos y ruidos para establecer o confirmar su filosofía, y han dado no obstante a esos vanos testimonios todo el peso de una legítima autoridad; y a semejanza de un reino o de cualquier otro estado que gobernase sus consejos y sus asuntos, no con arreglo a las castas y a las relaciones de sus enviados o de mensajeros dignos de crédito, sino según los rumores públicos y las murmuraciones de las plazas, la filosofía ha sido gobernada, en lo que a experiencia respecta, con una negligencia reprensible. Nuestra historia natural nada investiga según las verdaderas reglas, ni comprueba ni cuenta, ni pesa, ni mide nada. Así, todo lo que es inestimado y vago en la observación, conviértese en inexacto y falso en la ley general. Si alguien se maravilla de lo que decimos, y si nuestras quejas parecen injustas a los que saben que Aristóteles, un hombre tan eminente y tan auxiliado por el tesoro de un rey tan grande, ha escrito con sumo cuidado una historia de los animales, y que otros muchos hombres, con mayor cuidado aún, aunque con menos estrépito, han añadido muchas cosas a esa historia, que también otros han escrito historias y numerosas descripciones de plantas, de metales y de fósiles, les diremos que no han entendido ni comprendido suficientemente de lo que aquí se trata. Una cosa es una historia natural hecha para ella misma, y otra una historia natural formada para dar luces al espíritu, con arreglo a las que la filosofía debe legítimamente constituirse. Estas dos historias naturales, que difieren bajo tantos otros aspectos, difieren sobre todo en que la primera contiene tan sólo la variedad de las especies naturales, y no las experiencias fundamentales de las artes mecánicas. En efecto, de igual suerte que en un Estado el alcance de cada inteligencia, y el genio particular de un carácter y de sus secretas inclinaciones se revela mejor en una época de agitación que en cualquier otra, los secretos de la naturaleza se manifiestan mejor bajo el hierro y el fuego de las artes, que en el curso tranquilo de sus ordinarias operaciones. Así, pues, podrá confiarse en el futuro de la filosofía natural, cuando la historia natural, que es su base y fundamento, siga mejor método; mientras no, será infundada toda esperanza.

[99] De otra parte, entre los experimentos relativos a las artes mecánicas, observamos una verdadera carencia de aquellos que más adecuados son para conducir al espíritu a las leyes generales. El mecánico que no se toma en absoluto la molestia de investigar la verdad, no presta atención ni pone la mano, más que en aquello que puede facilitar su trabajo. No se podrá concebir fundada esperanza en el progreso ulterior de las ciencias, hasta que se reciba y reúna en la historia natural una multitud de experiencias que en sí mismas no son de ninguna utilidad práctica, pero que tienen grandísima importancia para el descubrimiento de las causas y de las leyes generales; experiencias que nosotros llamamos luminosas para distinguirlas de las fructíferas, y que poseen la admirable virtud de no engañar ni alucinar jamás. Como su empleo no es producir una operación, sea la que fuese, sino revelar una causa natural, sea el que fuese el suceso, siempre responde bien a nuestros deseos, puesto que da una solución a la cuestión.

[100] No sólo es preciso investigar y recoger mayor número de experiencia y de distinto género de las que hoy poseemos, si que también emplear un método completamente diferente, y seguir orden y otra disposición en el encadenamiento y la gradación de las experiencias. Una experiencia vaga que no tiene otro objeto que ella misma, como ya hemos dicho, es un simple tanteo, más propio para oscurecer que para ilustrar el espíritu del hombre; pero cuando la experimentación siga reglas ciertas y avance gradualmente en un orden metódico, entonces se podrá esperar mayor resultado de las ciencias.

[101] Cuando los materiales de la historia natural, y de una experiencia tal como la reclama la obra verdadera de la inteligencia o la obra filosófica, sean recogidos y estén a nuestra disposición, es preciso no creer que baste entonces al espíritu operar sobre dichos materiales con sus solas fuerzas y la única ayuda de la memoria, como tampoco podría esperarse retener y poseer en la memoria la serie entera de alguna efeméride. Ahora bien, hasta aquí se ha meditado más que escrito para hacer descubrimientos, y nadie ha experimentado con la pluma en la mano; sin embargo, todo buen descubrimiento debe nacer de una preparación escrita. Cuando este uso se haya extendido, entonces podrá esperarse buenos resultados de la experiencia, grabada en fin por la pluma.

[102] A más, como el número, y he dicho casi el ejército de hechos, es inmenso y está disperso hasta el punto de confundir la inteligencia, nada hay que esperar de bueno de las escaramuzas, de los movimientos ligeros y de los reconocimientos hechos a derecha y a izquierda por el espíritu, a menos que no obedezcan a un plan y estén coordinados en tablas especiales de descubrimientos, bien dispuestas y en cierto modo vivas, en las que vayan a reunirse todas las experiencias relativas al objeto de investigación, y que el espíritu se apoye en esas tablas bien ordenadas que preparan su trabajo.

[103] Pero después de haber tenido a la vista un número suficiente de hechos metódicamente encadenados o agrupados, no conviene pasar en seguida a la investigación y descubrimiento de nuevos hechos o de operaciones del arte; cuando menos, si se pasa no conviene reposar el espíritu en ellos. No negamos que, cuando los conocimientos de todas las artes estén reunidos en un solo cuerpo, y ofrecidos así al pensamiento y al juicio de un solo hombre, se pueda, aplicando las experiencias de un arte a los otros, hacer muchos y nuevos descubrimientos, útiles a la condición y bienestar del hombre, con la ayuda únicamente de esa experiencia que llamamos escrita; pero de todos modos se debe esperar de esa experiencia mucho menos que de la nueva luz de las leyes generales, inducidas legítimamente de esos hechos según un método positivo, leyes que, a su vez

indican y designan una multitud de hechos nuevos. El verdadero camino no es llano, tiene bajadas y subidas: sube primero a las leyes generales y baja en seguida a la práctica.

[104] Sin embargo, no conviene permitir que la inteligencia salte y se remonte de los hechos a las leyes más elevadas y generales, tales como los principios de la naturaleza y de las artes, como se les llama, y dándole una incontestable autoridad, establezca según esas leyes generales, las secundarias, como siempre hasta ahora se ha hecho, a causa de estar inclinado el espíritu humano por tendencia natural, y además por estar formado y habituado a ello desde largo tiempo por el uso de demostraciones completamente silogísticas. Mucho habrá que esperar de las ciencias cuando el espíritu ascienda por la verdadera escala y por grados sucesivos, de los hechos a las leyes menos elevadas, después a las leyes medias, elevándose más y más hasta que alcance al fin las más generales de todas. Las leyes menos elevadas no difieren mucho de la simple experiencia; pero esos principios supremos y muy generales que la razón en la actualidad emplea, están fundados sobre nociones abstractas y carecen de solidez. Las leyes intermedias, al contrario, sobre los principios verdaderos, sólidos y vivientes en cierto modo, en los que descansan todos los negocios y las fortunas humanas; por encima de ellos, finalmente, están los principios supremos, pero constituidos de tal suerte, que no sean abstractos y que los principios intermedios los determinen.

No ya alas es lo que conviene añadir al espíritu humano, sino más bien plomo y peso para detenerle en su arranque y en su vuelo. Hasta hoy no se ha hecho, pero desde el punto en que se haga, podría esperarse algo mejor de las ciencias.

[105] Para establecer las leyes generales, es preciso buscar otra forma de inducción distinta de la empleada hasta hoy, y que sirva no sólo para descubrir y constituir los principios, como se dice, si que también las leyes menos generales, las intermedias, y todas, en una palabra. La inducción que procede por simple enumeración, es una cosa pueril que conduce sólo a una conclusión precaria, que una experiencia contradictoria puede destruir, y que dictamina muy a menudo acerca de un restringido número de hechos, y sólo sobre aquellos que por sí mismos se presentan a la observación. La inducción que ha de ser útil para el descubrimiento y demostración de las ciencias y de las artes, debe separar la naturaleza por exclusiones legítimas, y después de haber rechazado los hechos que convengan, deducir la conclusión en virtud de los que admita; cosa que nadie hasta el día ha hecho, como no sea Platón, que algunas veces se sirve de esta forma de inducción para sus definiciones y sus ideas. Mas para constituir completa y legítimamente esta inducción o demostración, es preciso aplicarle una multitud de reglas, que jamás ha imaginado hombre alguno; de suerte que es preciso ocuparse en ella mucho más de lo que jamás se hizo en el silogismo. De esta inducción debemos servirnos no sólo para descubrir las leyes en la naturaleza, si que también para determinar sus nociones. Sobre esta inducción, puede ciertamente fundarse legítimas esperanzas.

[106] Al establecer leyes generales por medio de esta inducción, es preciso observar atentamente si la ley general que se establece, comprende sólo a los hechos de los que se la ha derivado y no excede de sus límites, o si los excede y tiene mayor alcance; que si tiene mayor alcance, es preciso examinar si confirma su extensión por la indicación de hechos nuevos que puedan servirle de garantía, para evitar a la vez el inmovilizarnos en los conocimientos ya adquiridos, y estrechar sombras y formas abstractas y no objetos sólidos que tengan una realidad material. Cuando se sigan éstas, en fin, podrá brillar una legítima esperanza.

[107] Debemos recordar aquí lo que antes hemos dicho referente a la extensión que es preciso dar a la filosofía natural y a la necesidad de referir a ella todas las ciencias particulares, para que no haya aislamiento y escisión en las ciencias, pues sin esto no se puede esperar grandes progresos.

[108] Hasta aquí hemos demostrado cómo rechazando o corrigiendo los errores del pasado, se quita al espíritu todo motivo de desesperación y se hace nacer en él la esperanza. Es preciso ver ahora si la esperanza puede venirnos de otras partes además. Ante todo se nos presenta esta idea: que si se han hecho tantos descubrimientos útiles por casualidad, cuando los hombres lejos de buscarlos pensaban en muy distinta cosa, nadie puede dudar de que necesariamente deben hacerse muchos más descubrimientos, cuando los hombres los busquen intencionadamente, con orden y con método, no corriendo y revoloteando. Pues aunque pueda ocurrir una o dos veces que un hombre encuentre por casualidad lo que otro, a pesar de su arte y de sus esfuerzos, no ha podido descubrir, sin embargo, sin duda alguna, lo contrario debe constituir la regla general. Así, pues, debe esperarse invenciones más numerosas, mejores y más frecuentes de la razón, de los esfuerzos del arte y de espíritus bien dirigidos que los persigan, que de la casualidad, del instinto de los animales, y de fuentes semejantes de las que hasta hoy han nacido todos los descubrimientos.

[109] Debe también infundirnos esperanza, el que la mayor parte de los descubrimientos hasta hoy hechos sea de tal suerte, que antes de su invención a nadie se le hubiera ocurrido la idea de que pudiera pensarse seriamente en ellos, sino que, al contrario, se les hubiera despreciado como absolutamente imposibles. Acostumbran los hombres a hacer el papel de adivinos respecto de las cosas nuevas, a semejanza de los antiguos, y con arreglo a los caprichos de una imaginación formada y corrompida por ellos; pero nada tan falso como en género de adivinación, porque gran número de cosas que se va a buscar en las fuentes de la naturaleza, brotan por conductos hasta entonces ignorados.

Si alguien, por ejemplo, antes de la invención de los cañones, les hubiere descrito por sus efectos diciendo: se acaba de inventar una máquina capaz de conmover y derribar desde lejos los muros de las fortificaciones más formidables, los hombres habrían pensado al momento en multiplicar y en combinar de mil maneras en su inteligencia las fuerzas de las máquinas de guerra, por medio de pesos, ruedas, impulsiones y choques; ¿pero quién de, entre ellos hubiera pensado en el aire de fuego que se extiende y sopla con tanta violencia, ni qué imaginación se hubiera en ello fijado? No se tenía a la vista ejemplo alguno, como no fuese tal vez en los temblores de tierra y en el rayo, de los que los espíritus se habrían al punto separado, considerándolos como grandes acciones de la naturaleza que no es dado al hombre imitar. Del mismo modo, si antes del descubrimiento de la seda, alguien hubiese hablado de un hilo para la fabricación de vestidos y objetos, que aventaja en mucho al lino y a la lana en finura y en solidez a la vez, y a más en brillo y suavidad, hubieran creído los hombres que se hablaba de alguna planta oriental, o del pelo más delicado de algún animal, o de las plumas y del plumón de ciertos pájaros; pero seguramente que a ninguno se le hubiera ocurrido que se trataba de la obra de un gusanillo, y de una obra tan abundante que se renueva y reproduce todos los años. Si por ventura alguno hubiese hablado de un gusano, habríanse burlado de él como de un visionario, defensor de las telas de araña de un nuevo género.

Igualmente, si antes de la invención de la brújula, hubiese dicho alguien que había inventado un instrumento con el cual podía uno fácilmente orientarse y marcar exactamente los puntos del cielo, al punto los hombres hubieran puesto en juego la imaginación para figurarse de cien diversas maneras un perfeccionamiento introducido en los instrumentos astronómicos; pero que se hubiera podido descubrir un indicador móvil que correspondiera tan perfectamente a los puntos celestes, y que, lejos de estar en el cielo, se componía de una piedra o de un metal, esto todo el mundo lo hubiera declarado increíble. He aquí descubrimientos, y tantos otros del mismo género, que durante tantos siglos se han ocultado al humano espíritu y que no provienen de la filosofía, como las artes lógicas, sino de la ocasión y del acaso; y estos descubrimientos son de tal especie, como ya dijimos, que no ofrecen absolutamente relación alguna con nada de lo que anteriormente se conocía, y en cuyas huellas no podía ponerse la inteligencia por ningún signo precursor.

Hay, pues, motivo fundado para creer que la naturaleza nos oculta aún una multitud de secretos de gran utilidad, que no tienen parentesco alguno ni similitud con los que nos ha revelado y que están fuera de todos los caminos recorridos por nuestra imaginación, los cuales no han sido todavía descubiertos; pero que sin duda se revelarán un día por sí mismos en el curso de los tiempos, como se revelaron los primeros secretos que se pueden descubrir inmediatamente por el método que proponemos.

[110] Hay invenciones de otra suerte que prueban que el género humano puede tener a su alcance descubrimientos de gran importancia en que no se fijará y en que no soñará siquiera. Los descubrimientos de la pólvora para cañón, de la seda, de la brújula, del azúcar, del papel y otros semejantes, parecen apoyarse en el conocimiento de algunas cualidades secretas de la naturaleza; pero el arte de imprimir no tiene por cierto nada de misterioso y que no pueda ocurrirse a la inteligencia de cualquiera. Y no obstante, los hombres, no observando que los moldes de las letras, se disponen, es cierto, con más dificultad que se harán las letras mismas con la mano, sino que una vez dispuestos los moldes pueden servir para un infinito número de impresiones, mientras que las letras trazadas a mano sirven únicamente para un solo manuscrito; o tal vez no pensando en que se puede espesar la tinta de modo que tiña y no corre, sobre todo cuando las letras están invertidas y que la impresión se hace de abajo a arriba, los hombres, repetimos, han estado privados durante tantos siglos de esa magnífica invención que tan grandes servicios presta a la propagación de las ciencias.

Es propio de la inteligencia humana en descubrimientos ser tan ligera y mal regulada, que, al principio desconfía de sí misma y no tarda mucho en despreciarse. Le parece primero que es increíble se pueda hacer tal descubrimiento; luego, cuando está realizado, al contrario, le parece que es increíble haya permanecido ignorado tanto tiempo. Infunde por cierto grandes esperanzas pensar que queda aún gran número de descubrimientos que hacer, que se pueden esperar no sólo de los procedimientos desconocidos para revelarlos, si que también del transporte, de la combinación y de la aplicación de los procedimientos conocidos por medio de la experiencia escrita de que hemos hablado.

[111] He aquí otro motivo de esperanza: calcúlense infinitos gastos de inteligencia, de tiempo y de dinero que hacen los hombres para asuntos y estudios de una utilidad y de un valor inferior, y se comprenderá que si aplicasen sólo una parte de dicho esfuerzo intelectual, de dicho tiempo y de dicho dinero, a una obra sólida y sensata, no habría dificultad que no venciesen. Presentamos esta observación, porque categóricamente declaramos que una serie de experimentos de historia natural, como nosotros la entendemos y tal como debe ser, es una gran obra, obra en cierto modo real, que exige mucho trabajo y muchos dispendios.

[112] Nadie se asombre del gran número de hechos que ante todo debe nutrir nuestra esperanza. Los fenómenos particulares de las artes y de la naturaleza, son como batallones, respecto de las concepciones de la inteligencia, alejados y privados de la luz de los hechos. Por otra parte, el camino tiene una salida cierta y a la que casi llegamos; el otro, por el contrario, no tiene salida alguna y se repliega infinitamente sobre ella misma. Hasta aquí los hombres han hecho muy cortas paradas en la experiencia; apenas si la han desflorado; pero en cambio, han perdido infinito tiempo en meditaciones y en ficciones intelectuales. Pero si tuviéramos a nuestro lado alguien que pudiera responder a todas las cuestiones sobre los fenómenos naturales, antes de pocos años estarían descubiertas todas las causas y completas las ciencias.

[113] Creemos también que nuestro propio ejemplo puede constituir para los hombres una causa de legítima esperanza; y no lo decimos para alabamos, sino porque es útil decirlo. Que aquellos a quienes falta la confianza vuelvan los ojos a mí, que más que ningún hombre de mi época estoy engolfado en los negocios, que no tengo salud muy buena, lo cual me hace perder mucho tiempo; que por otra parte, habiendo entrado el primero en esta nueva carrera, no voy siguiendo las huellas de nadie, y carezco en absoluto de compañero en mi empresa y que, sin embargo, habiendo abordado resueltamente el verdadero método y sometido mi espíritu, he prestado, según creo, ciertos servicios efectivos, y que juzguen cuánto puede esperarse de los hombres desocupados, de la asociación de los trabajos, de la sucesión del tiempo, considerando los frutos que nosotros mismos hemos producido, sobre todo en una senda que no sólo es accesible a las inteligencias aisladas, como el método racional, sino en la que los trabajos y la labor de los hombres, principalmente en lo que concierne a la recolección de las experiencias, pueden perfectamente ser divididos y reunidos luego. Los hombres reconocerán finalmente sus fuerzas, cuando no recomiencen todos la misma obra, sino cuando se repartan entre sí la tarea común.

[114] En fin, aun cuando de este nuevo continente, no soplara más que débil y casi imperceptible viento de esperanza, afirmamos sin embargo, que es preciso a toda costa intentar la prueba, a menos que nos reconozcamos bien miserables de corazón. No intentando la empresa, se corre otro peligro distinto al de fracasar; en el primer caso, aventuramos un bien inmenso; en el segundo sólo nos exponemos a algunas penas. Pero de lo que, llevamos dicho, y aun de lo que hemos callado, resulta claramente que tenemos sobradas esperanzas legítimas para decidir, no sólo a un hombre de corazón a intentar la empresa, si que también para hacer creer en ella a un hombre prudente y cuerdo.

[115] Hemos dicho lo suficiente para poner término a la desesperación, uno de los obstáculos más poderosos que se oponen y detienen el progreso de las ciencias. Hemos hablado también claramente de los signos y de las causas, de los errores, de la inercia y de la ignorancia, generalmente extendida; conviene ahora hacer observar que las más sutiles de esas causas, las que el vulgo no puede observar ni juzgar, deben ser atribuidas a lo que dijimos de los ídolos del espíritu humano.

Y aquí debe terminar la parte destructiva de nuestra instauración, que comprende tres críticas: crítica de la razón humana pura y abandonada a sí misma; crítica de las demostraciones, y crítica de las teorías o de las filosofías y doctrinas admitidas hasta hoy. Nuestra crítica ha sido lo que podía ser: fundada sobre los signos y la evidencia de las causas, pues toda otra crítica nos estaba vedada, ya que pensamos de distinta suerte que nuestros adversarios acerca del valor de los principios y del método de demostración. Ya es, pues, tiempo de llegar al arte y a las reglas de la interpretación de la naturaleza; mas antes nos resta alguna cosa que decir. Como nos hemos propuesto en este primer libro de los Aforismos preparar las inteligencias a comprender y recibir lo que seguirá, ahora que el terreno está desbrozado y completamente limpio, réstanos poner al espíritu en buena disposición y hacerle favorable a los principios que queramos proponerle. Toda empresa nueva encuentra obstáculos, no sólo en el sólido establecimiento de las antiguas doctrinas, si que también en la opinión previa y la idea falsa que de ella se ha formado uno. Debemos, pues, esforzarnos en dar de la doctrina que proponemos una opinión exacta y buena, aunque provisional, y que dure hasta el momento en que la misma realidad aparezca ante los ojos.

[116] Debemos, ante todo, rogar a los hombres que no crean que sea nuestra intención fundar una secta filosófica, a la manera de los antiguos griegos o de algunos modernos, como Selenio, Patricio, Severino; no es ese nuestro objeto, y creemos que no importa gran cosa a los asuntos humanos saber cuáles son las opiniones abstractas de una inteligencia sobre la naturaleza y los principios de las cosas; y no hay duda alguna en cuanto a los sistemas de este género, que se podría resucitar muchos antiguos y crear otros muchos nuevos, del mismo modo que se puede imaginar muchos temas celestes que se ajusten bien a los fenómenos y difieran todos entre sí.

A nosotros nos importan poco esas cosas sometidas a la opinión, y al mismo tiempo muy inútiles. Nuestro objeto, antes al contrario, es ver si podemos dar al poderío y a la grandeza del hombre fundamentos más sólidos, a la que extender su dominio. Y aunque por varias partes y en asuntos especiales, hayamos llegado a resultados más verdaderos, más ciertos (a lo menos en nuestro sentir) y al mismo tiempo más útiles que los que actualmente circulan entre los hombres, y debamos reunir estos resultados en la quinta parte de nuestra instauración, no proponemos sin embargo, ninguna teoría universal y completa. Es más, creemos que no ha llegado aún el tiempo de tal teoría. Todavía más, no creemos que nuestra vida se prolongue lo suficiente para dar la última mano a la sexta parte de la instauración, consagrada a la filosofía fundada sobre la legítima interpretación de la naturaleza; pero bastante será para nosotros llegar a resultados prudentes y útiles en la esfera intermedia, esparcir en la posteridad algunas semillas puras de verdad, y no hacer falta a la entrada de esa era de grandes cosas.

[117] Pero así como no queremos fundar secta, tampoco prometemos beneficiar al hombre con nuevas invenciones. Podría, sin embargo, decírsenos, que hablamos tan a menudo de obras y a ellas lo referimos todo, que deberíamos presentar algunas como prenda. Pero nuestro método y nuestro espíritu (lo hemos con frecuencia declarado categóricamente y lo repetimos todavía), no estriba en deducir obras de las obras o experiencias de las experiencias, como hacen los empíricos, sino en deducir de las obras y de las experiencias las causas y las leyes generales, y recíprocamente de las causas y de las leyes generales, obras y experiencias nuevas. Y aunque en nuestras tablas de descubrimientos, que constituyen la cuarta parte de la instauración, y en los hechos particulares escogidos para ejemplos y presentados en la segunda, y también en nuestras observaciones sobre la historia, en la tercera parte de esta obra descritos, todo hombre de una perspicacia y de una habilidad mediana, puede encontrar por doquier importantes invenciones indicadas y designadas, confesamos ingenuamente que la historia natural, que los libros y nuestras experiencias propias hasta el día nos han facilitado, no es ni sobrado abundante ni bastante cierta para servir y satisfacer a una legítima interpretación de la naturaleza.

He aquí por qué, si alguno se siente más inclinado y más apto para las artes mecánicas, y se reconoce sagacidad bastante para indagar las invenciones a simple vista de la experiencia, le permitimos y le abandonamos la tarea de recoger, como de paso, en nuestra historia natural y en nuestras tablas, una multitud de hechos y darles una aplicación práctica, pues el verdadero método da de esta suerte, antes de término, intereses provisionales. Para nosotros, que miramos más alto, es de deplorar el tiempo que pierde la inteligencia en recoger de esa suerte frutos anticipados, como los dorados globos de Atalante. Nosotros no tenemos el deseo de poner de manifiesto, con pueril alegría, manzanas de oro; todo para nosotros estriba en el tributo del arte sobre la naturaleza; ni nos apresuramos a recoger simple fruto o cosecha no sazonada, sino que la dejamos madurar para recolectarla.

[118] Se podrá también sin duda alguna observar, recorriendo nuestra historia natural y nuestras

tablas de descubrimientos, algunas experiencias poco ciertas o aun completamente falsas; y en su consecuencia, acaso se crea que nuestros descubrimientos reposan sobre fundamentos falsos o dudosos. Pero no hay nada de eso; semejantes imperfecciones son inevitables al principio. Es como cuando en la escritura o en la impresión hay una letra o dos mal formadas o mal colocadas, que el lector de ordinario sin dificultad las corrige a simple vista. Que la inteligencia tenga presente, pues, que puede haberse deslizado alguna experiencia falsa en la historia natural, de la que pronto la arrojará con facilidad el descubrimiento de las causas y de los principios.

Es, sin embargo, cierto, que si la historia natural y las experiencias estuviesen llenas de errores que

con frecuencia se repitiesen, no habría esfuerzo de inteligencia sin recurso de arte capaz de corregirlo y restituir la verdad. Así, pues, si en nuestra historia natural que ha sido formada y examinada con tanto cuidado, severidad y casi religiosidad, aparecen algunos hechos erróneos o inventados, ¿qué no deberemos decir de la historia natural vulgar que, a costa de la nuestra, se ha mostrado tan negligente y tan fácil, o de la filosofía y de las ciencias fundadas sobre tales montones de arena, o mejor dicho, sobre tales artes? No, se alarme, pues, nadie por lo que hemos dicho.

[119] Se encontrará también en nuestra historia natural muchas cosas de escasa importancia y vulgares o viles y bajas, o muy sutiles, y de pura especulación y casi de aplicación nula; cosas todas que podrían desanimarnos.

En cuanto a los asuntos que parezcan vulgares, debemos hacer observar que, ordinariamente no se hace otra cosa sino referir y acomodar las causas de los fenómenos raros a los hechos que se producen frecuentemente, y que jamás se buscan las causas de los sucesos frecuentes que se admiten como hechos acordados y comprobados.

Así, por ejemplo, no se investiga las causas de la gravedad, de la rotación de los astros, del calor, del frío, de la luz, de la dureza, de la blandura, de la raridad, de la densidad, de la licuación de la consistencia, de la desemejanza y, en fin, de la organización; sino que admitiendo todos estos hechos como manifiestos y evidentes por sí mismos, se razona y se discute sobre los otros fenómenos que no son tan familiares ni frecuentes.

Como nosotros estamos ciertos de que no se puede formular juicio alguno sobre los fenómenos raros y extraordinarios, y menos aún sacar a luz hechos nuevos, si no se reconoce las causas de los fenómenos vulgares, y si no se ha descubierto legítimamente, y profundizándolos, las causas de las causas, hemos necesariamente incluido en nuestra historia los hechos más vulgares. Por otra parte, no conocemos obstáculo mayor al progreso de la filosofía, que esa costumbre de no observar y estudiar atentamente las cosas que son familiares y frecuentes, fijándose en ellos de paso sin investigar las causas, el verdadero método exige tanta atención para profundizar los hechos conocidos corno para investigar los desconocidos.

[120] En cuanto a la utilidad y a la bajeza de las cosas, para las que es preciso pedir gracia anticipadamente, declararnos que su lugar está tan bien marcado en la historia natural, como el de las cosas más magníficas y más preciosas. La historia natural no se mancha por ello en modo alguno; la luz del sol penetra lo mismo en los palacios que en las cloacas, sin mancharse jamás. No elevamos un capitolio ni dedicamos ninguna pirámide al orgullo humano, sino que fundamos en la inteligencia humana un templo santo a imagen del mundo. Imitamos a nuestro modelo. Todo lo que es digno de la existencia, es digno de la ciencia, que es la imagen de aquélla. Lo mismo existen las cosas viles, que las magníficas. Aún más; así como a las veces aromas exquisitos emanan de ciertas sustancias pútridas, como el almizcle y la algalia, del mismo modo de hechos viles y repulsivos salen algunas veces la luz más pura y el más hermoso conocimiento. Pero hemos insistido ya demasiado. en este asunto, pues ese género de desdén sólo es propio de los niños y de las mujeres.

[121] Pero hay una prevención que es preciso examinar con mayor cuidado. El espíritu vulgar, y

aun inteligencias más elevadas, que no salen del círculo habitual de la experiencia, acaso encuentren en nuestra historia muchas cosas con afán buscadas y que les parecerá satisfacen sólo una vana curiosidad. Por esto hemos dicho, y repetimos ante todo, acerca de este asunto, que al comienzo de nuestra empresa y durante algún tiempo, buscaremos sólo las experiencias luminosas y no las fructíferas, a ejemplo de la creación divina, que, como antes dijimos, el primer día sólo produjo la luz y le consagró un día entero, en el que no mezcló a esta obra pura absolutamente ninguna obra material.

Si alguien, pues, se imagina que experiencias de esta suerte no son de utilidad alguna, es corno si dijera de la luz que de nada sirve porque nada tiene sólido ni material. En verdad conviene decir que el conocimiento de las naturalezas simples, bien profundo y definido, es como la luz que da acceso al secreto santuario de las obras; encierra en su potencia y arrastra tras sí todos los ejércitos y batallones de los nuevos descubrimientos, y los orígenes y principios más elevados, y con todo, por sí misma, no es de gran aplicación. Las letras del abecedario, tomadas aisladamente, nada significan ni son de uso alguno y, sin embargo, entran corno materia prima en la composición y arreglo de todo discurso. Las semillas, que tanto valor en germen encierran, no tienen uso por sí mismas, sino cuando se desarrollan. Y los rayos dispersos de la luz, si no se reúnen, no pueden producir sus beneficios.

Si nos ofendemos de ciertas sutilidades especulativas. ¿qué diremos de los escolásticos que parte tan inmensa han atribuido a las sutilidades? Pero sus sutilidades estribaban todas en las palabras o a lo menos en las nociones vulgares, lo que viene a ser lo mismo, y no en las cosas y en la naturaleza; no tenían utilidad alguna en su origen ni en sus consecuencias; o eran sutilidades de momento inútiles, pero que debieran dar frutos infinitos algún día, como las de que nosotros hablamos. Téngase la seguridad de que toda la utilidad de las discusiones y de las concepciones del espíritu, es tardía y viene a destiempo y que el verdadero tiempo de la sutilidad es aquel en que se examina los títulos de la experiencia, y en que se deduce de ellos las leyes generales; la otra sutilidad envuelve y estrecha la naturaleza, pero no la abarca ni subraya, y nada tan exacto como aplicar a la naturaleza lo que de ordinario se dice de la ocasión o de la fortuna: tiene larga cabellera por delante y es calva por detrás. Finalmente, debemos decir del desprecio en historia natural por las cosas vulgares o viles, o muy sutiles, e inútiles al principio, lo que decía una mujer, y debemos considerar sus palabras como un oráculo, a un príncipe envanecido por su grandeza, que rechazaba su petición como indigna de la majestad de un monarca y muy por bajo de él; deja, pues, de ser rey; tan cierto es que no se puede obtener y ejercer imperio sobre la naturaleza, si se desprecia ciertas cosas como insignificantes o bajas.

[122] Aún otra prevención. Se dirá que es bien extraordinario y duro que derribemos así a la vez todas las ciencias y todos los autores, y esto sin llamar en nuestra ayuda a ninguno de los antiguos que nos sirva de amparo, sino por nuestras solas y exclusivas fuerzas.

No desconocemos que si hubiéramos querido obrar con menos buena fe, hubiéramos podido hallar lo que hoy nos proponemos en los siglos antiguos antes de la época de los griegos, cuando florecían, pero sin ruido, sobre todo las ciencias naturales no invadidas aún por las flautas y trompetas de los griegos, o bien, en parte al menos, en algunos griegos, y sacar de ello autoridad y honor, como hacen los hombres nuevos que se forjan una nobleza a favor de una genealogía que les hace descender de alguna raza antigua. Pero nosotros, convencidos de la evidencia de nuestros principios, rechazamos toda ficción, toda impostura, y no creemos que nuestra empresa esté más interesada en saber si los descubrimientos nuevos fueron en otro tiempo conocidos de los antiguos, y se han extinguido y renovado a través de los acontecimientos y las edades del mundo, que lo están los hombres en saber si el nuevo mundo es la antigua isla Atlántida y fue conocido de los antiguos, o si ha sido recientemente descubierto por primera vez. Los descubrimientos deben solicitarse de la luz de la naturaleza, y no de las tinieblas de la antigüedad.

En cuanto al conjunto de la crítica, es muy cierto que para el que maduramente examina la cosa, hay en su abono más razón y modestia obrando así de un sólo golpe, que si fuese destruyendo parcialmente las autoridades antiguas. Si los errores no hubieran tenido su origen en las primeras nociones, hubiera sido imposible qué ciertos descubrimientos felices no hubiesen puesto remedio al mal. Pero como todo descansa sobre errores fundamentales y los hombres descuidaron y pasaron en silencio la naturaleza y la realidad, antes que formar un juicio erróneo de ella, no es extraño que no llegaran a término de lo que no les preocupaba en modo alguno, ni llegaran a un fin que no se habían propuesto, ni al cabo de un camino en que no habían entrado y del qué apartado se habían.

¿Se nos acusa de presunción? Ciertamente, que si alguien se alaba de poder por la firmeza de su pulso y la seguridad de su golpe de vista, trazar mejor que otro alguno en el mundo una línea recta y un círculo perfecto, se establece en ese caso comparación entre el talento; pero si alguien afirma que puede, con ayuda de la regla y del compás, trazar una línea más recta y un círculo más perfecto que lo podría hacer otro alguno, con la sola habilidad de su ojo y de su mano, ciertamente en este caso sólo se le acusará de fanfarronería. Esto que decimos aquí no se aplica sólo a este primer esfuerzo por el que abrimos la carrera, si que también a los trabajos de cuantos en ellos nos sigan. Nuestro método de descubrimientos iguala, o poco menos, todas las inteligencias, y no deja gran cosa a su natural excelencia, pues quiere que todo se realice mediante reglas y demostraciones fijas. He aquí por qué, como más de una vez hemos dicho, hay en nuestra obra más dicha que talento; es más bien fruto de tiempo que de nuestra inteligencia. El azar entra lo mismo en los pensamientos del hombre que en sus acciones y en sus obras.

[123] De nosotros podemos decir lo que un tal decía en chanza: «No es posible tener la misma manera de ver, cuando unos beben vino y otros agua.» Esta frase resuelve perfectamente la dificultad. Los otros hombres, tanto los antiguos como los modernos, han bebido en las ciencias un licor indigesto, como el agua, que corría espontáneamente de la inteligencia, o sacado a bomba por las ruedas de la dialéctica de una especie de pozos; nosotros, bebemos y vertemos un licor extraído de infinidad de uvas, todas maduras y en punto, recogidas en racimos de todo género, exprimidas en la prensa, sosegado y clarificado luego en las cubas. No hay, pues, que maravillarse de que no podamos entendernos unos con otros.

[124] Se podrá pretender también que no hemos fijado a las ciencias su mejor y más verdadero objeto, devolviéndonos así una crítica que hemos dirigido a las otras doctrinas. Se dirá que la contemplación de la verdad tiene más seguridad y nobleza que toda la utilidad y grandeza de las operaciones de la industria; que esa larga y cuidadosa permanencia en la experiencia y la materia, y el tropel de fenómenos que se acosan, clava, en cierto modo el espíritu a la tierra, o más bien le sumerge en un tártaro de confusiones y perturbación, le priva de la severidad y de la tranquilidad de la sabiduría abstracta, que es un estado mucho más divino.

Coadyuvamos a esta manera de pensar y perseguimos ante todo y sobre todo el hermoso fruto que se alaba. Nosotros queremos grabar en la inteligencia humana una fiel imagen del mundo, cual es en realidad, y no tal cual puede fingírsele la imaginación de cada uno. Ahora bien, para llegar ahí no hay otro medio que hacer del mundo una disección y una anatomía muy exactas. Es preciso soplar sin piedad sobre esas especies de mundos y esos signos de creaciones que ineptamente ha edificado la imaginación humana en las filosofías. Que conozcan los hombres, como antes hemos dicho, la diferencia que existe entre los ídolos del espíritu humano y los ídolos del entendimiento divino. Los unos sólo son abstracciones arbitrarias, los otros son los verdaderos sellos del Creador sobre sus criaturas, impresos, grabados y perfectos en la materia por líneas verdaderas y exquisitas. Por esto, es por lo que las cosas están aquí en su realidad desnuda, hasta la verdad y la misma utilidad, y las invenciones deben ser más estimadas como prendas de la verdad, que como bienhechoras de la vida.

[125] Tal vez se nos objete también, que hacemos pocos más o menos lo que otros ya hicieron y que los antiguos han seguido el mismo método. Y ciertas inteligencias podrán imaginar que es verosímil que después de tantos movimientos y esfuerzos, acabaremos, finalmente, en alguno de los sistemas que vio florecer la Grecia, pues se dirá: los antiguos, en el comienzo de sus meditaciones, reunían gran número de hechos y de ejemplos, formaban las tablas de los mismos, y los clasificaban por orden y por capítulos; después deducían de ahí sus filosofías y sus artes, no decidiéndose sino previa información, y sembrando los ejemplos en sus escritos para probar sus aserciones y aclarar sus ideas; pero creían que hubiera sido inútil y fatigoso producir todos los hechos observados y dar a luz las complicaciones completas que de ellos habían compuesto; hicieron lo que de ordinario se hace cuando se levanta un edificio: después de haberlo terminado, se retira el andamiaje y las escalas. Y ciertamente no es necesario creer que hayan seguido otro procedimiento. Pero a menos que se haya olvidado lo que anteriormente hemos dicho, se contestará fácilmente a esta objeción, o mejor dicho, escrúpulo. Reconocemos también nosotros entre los antiguos, y se encuentra en sus libros un método de investigaciones y de invención. Pero este método, consistía en remontarse de ciertos ejemplos y de algunos hechos (a los cuales se agregaba las nociones comunes, y probablemente algunas de las opiniones admitidas y más en favor) a las conclusiones más generales y a los principios fundamentales de las ciencias, Y en deducir de esos principios, elevados a la categoría de axiomas incontestables, las verdades secundarias y las inferiores, por una serie de deducciones; y estas nociones así adquiridas, constituían sus artes. Si se les proponían hechos nuevos o ejemplos en contradicción con sus dogmas, los reducían con habilidad a la ley general mediante distinciones o interpretaciones, o bien los rechazaban sencillamente con excepciones; por otra parte, acomodaban laboriosa y tenazmente a sus propios principios las causas de los hechos que no les ofrecían los mismos obstáculos. Pero esta historia natural y esta experiencia, no eran ciertamente, lo que debían ser, y remontarse así súbitamente a los principios generales, lo perdía todo.

[126] Se nos dirá también que prohibiendo a la inteligencia juzgar y establecer principios ciertos, antes de haber llegado legítimamente por los grados intermedios a las leyes generales, inducimos a la inteligencia a suspender todo juicio y vamos directamente a la acatalepsia. Ni tendemos a la acatalepsia, ni es esto lo que nos proponemos sino a la eucatalepsia; nosotros no arrebatamos su autoridad a los sentidos, les ofrecemos ayuda, no menosprecia os la inteligencia, la regimentamos. Conviene saber más lo que hace falta y creer que no tenemos la omnisciencia, que imaginarnos que la poseemos e ignorar aquello de que carecemos.

[127] Véase ahora una duda más bien que una objeción; se nos preguntará si sólo hablamos de la filosofía natural, o si queremos también aplicar nuestro método a las otras ciencias lógicas, morales y políticas. Es cierto que tenemos puestas nuestras miras en todas esas ciencias a la vez, y lo mismo que la lógica vulgar, en la que reina el silogismo, no se dirige tan sólo a las ciencias naturales, sino a todas sin excepción, nuestro método, que procede por inducción, tiene también un alcance universal. Lo mismo componemos una historia y formamos tablas de descubrimientos de la cólera, del temor, del respeto y de otros sentimientos, o ejemplos de asuntos civiles, o de operaciones mentales de la memoria, de la composición y de la división, del juicio y otros semejantes, que de lo cálido y de lo frío, de la luz, de la vegetación y otros fenómenos del mismo orden. Sin embargo, como nuestro método de interpretación, luego que los materiales han sido reunidos y ordenados en la historia, no se refiere únicamente a las operaciones y al ejercicio de la inteligencia (como la lógica vulgar), si que también a la naturaleza de las cosas, reglamentamos el espíritu de manera que pueda abordar el estudio de esta naturaleza con procedimientos perfectos de todo punto. He aquí por qué en nuestra doctrina de la interpretación, hacemos entrar un gran número de preceptos que acomodan el método de descubrimiento, a la manera de ser y a las condiciones del sujeto objeto de nuestras investigaciones.

[128] Pero no se podía siquiera poner en duda si nuestra intención es destruir o anonadar la filosofía, las artes y las ciencias actualmente en usó; pues al contrario, suscribimos voluntariamente a su uso, a su cultivo y a sus beneficios; no nos oponemos en modo alguno a que alimenten las discusiones, sirvan de adorno a los discursos, y sean propuestas en las cátedras, presten a la vida civil la comodidad y la brevedad a ellas propia, y, en una palabra, tengan curso entre los hombres como moneda por consentimiento general admitida. Aún más, declaramos categóricamente, que las que nosotros queremos introducir no serán muy propias para esos diversos usos, pues no podrán de ningún modo ser puestas al alcance del vulgo como no sea por sus efectos y por sus prácticas consecuencias. En cuanto a la sinceridad de nuestro cariño y de nuestra buena voluntad por las ciencias, hoy admitidas, hacen fe los escritos que ya tenemos publicados, sobre todo nuestro libro sobre Adelantos de las ciencias. No insistiremos, pues, en dar la prueba de ello; pero repetiremos que, con los actuales métodos, no hay progresos posibles en la teoría de las ciencias y que no se puede obtener abundante cosecha de consecuencias prácticas.

[129] Sólo nos resta decir algunas palabras acerca de la excelencia del objeto que nos proponemos. Colocado antes este elogio, hubiera parecido un sueño; pero ahora que se conoce el fundamento de nuestra esperanza y que hemos desterrado todos los principios contrarios, tal vez tenga autoridad. Si hubiésemos llevado a término nuestra empresa, y realizando la obra hasta el término, sin invitar a los otros hombres a compartir nuestra tarea, prestándonos su ayuda, tal vez no hubiésemos intentado tal elogio por temor de que no se viese en él un panegírico de nuestro propio mérito; mas ya que es preciso provocar los esfuerzos de los semejantes, excitar su ardor e inflamar su celo, es conveniente poner ante sus ojos el gran precio ofrecido a sus esfuerzos.

En primer lugar, nos parece que entre las acciones humanas, la más bella sin duda, es la de dotar al mundo de grandes descubrimientos, y así es como lo juzgaron los siglos pasados. Concedíase honores divinos a los inventores; a los que, por el contrario, se habían distinguido en el servicio del Estado, como los fundadores de ciudades y de imperios, legisladores, libertadores de la patria afligida por crueles azotes, vencedores de los tiranos, y otros por el estilo, no se les concedía más que el título y las prerrogativas de héroes. Y si se hace una justa comparación de estas dos especies de méritos, se aplaudirá sin duda el criterio de las edades antiguas, pues el beneficio de los descubrimientos se extiende a todo el género humano, y los servicios civiles sólo a un país; éstos no duran más que tiempo limitado y los otros son eternos. Con frecuencia los Estados no adelantan sino en medio de turbulencias y por violentas sacudidas; pero los descubrimientos derraman sus beneficios sin hacer derramar lágrimas.

Los descubrimientos son como nuevas creaciones que imitan las obras divinas; de ellas dijo con razón el poeta: «La primera en los tiempos antiguos, Atenas la célebre, dio a los infelices mortales los frutos que se multiplican, creó de nuevo la vida, y sancionó las leyes.»2 Y es digno de observar que Salomón, colmado de todos los beneficios, poder, riqueza, magnificencia de las obras, ejército, servidores, armada, nombradía, admiración sin límites, no haya escogido ninguno para glorificarse, sino que al contrario, haya declarado que la gloria de Dios es ocultar sus secretos, y la del rey descubrirlos.

Reflexiónese por otra parte en la diferencia que existe entre la condición del hombre en un reino de los más civilizados de Europa y la condición de ese hombre en una de las regiones más incultas y bárbaras del nuevo mundo; tal es esta diferencia que puede decirse con razón que el hombre es un Dios para el hombre, no sólo a causa de los servicios y beneficios que puede prestarle, sí que también por la comparación de sus diversas condiciones. Y esta diversidad no es el suelo, no es el cielo quien las establece; son las artes. Preciso es también hacer observar la potencia, la virtud y las consecuencias de los descubrimientos: en parte alguna aparecen más manifiestamente que en estas tres invenciones desconocidas a los antiguos, y cuyos orígenes, son oscuras y sin gloria: la imprenta, la pólvora para cañón y la brújula, que han cambiado la faz del mundo, la primera en las letras, la segunda en el arte de la guerra, la tercera en el de la navegación, de las que se han originado tales cambios, que jamás imperio, secta ni estrella alguna, podrá vanagloriarse de haber ejercido sobre las cosas humanas tanta influencia como esas invenciones mecánicas.

Distinguiremos seguidamente tres especies y como tres grados de ambición; la primera especie, es la de los hombres que quieren acrecentar su poderío en su país; ésta es la más vulgar y la más baja de todas; la segunda, la de los hombres que se esfuerzan en acrecentar la potencia y el imperio de su país sobre el género humano; ésta tiene más dignidad, pero aquellos que se esfuerzan por fundar y extender el imperio del género humano sobre la naturaleza, tienen una ambición (si es que este nombre puede aplicársele) incomparablemente más sabia y elevada que los otros. Pero el imperio del hombre sobre las cosas, tiene su único fundamento en las artes y en las ciencias, pues sólo se ejerce imperio en la naturaleza obedeciéndola.

Diremos también, que si la utilidad de un descubrimiento particular ha conmovido de tal modo a los hombres que hayan visto algo más que un hombre en aquel que podía de tal suerte extender un beneficio a todo el género humano, ¿cuánto más elevado no parecerá a sus ojos un descubrimiento que por sí solo da la clave de todos los otros? Y sin embargo, a decir verdad, lo mismo que tenemos grandes motivos de agradecimiento hacia la luz que nos permite trasladarnos de uno a otro lado, practicar las artes, leer, reconocernos mutuamente, no obstante lo que la simple contemplación de la luz tiene más excelencia y bellezas que sus usos tan variados, así bien la pura contemplación de las cosas en su realidad, separada de toda superstición, impostura, error o confusión, contiene más dignidad que todo el fruto de los descubrimientos.

En último lugar, si se objeta que las ciencias y las artes dan frecuentemente armas a los malos intentos y a las pasiones perversas, nadie se preocupará gran cosa de ello. Otro tanto puede decirse de los bienes del mundo, el talento, el valor, las fuerzas, la belleza, las riquezas, la misma luz y otras. Que el género humano recobre su imperio sobre la naturaleza, que por don divino le pertenece; la recta razón y una sana religión sabrán regular su uso.

[130] Ya es tiempo de que expliquemos el arte de interpretar la naturaleza. Aunque creamos haber encerrado en este método preceptos muy útiles y muy verdaderos, estamos no obstante bien lejos de atribuirle una necesidad absoluta (hasta el punto de que nada se pueda sin ella) ni siquiera una entera perfección. Opinamos que si los hombres tuviesen en su mano una historia exacta de la naturaleza y de la experiencia, y alimentasen con ella su pensamiento, y si por otra parte, pudiesen imponerse la doble obligación de despojar las opiniones recibidas y las nociones vulgares, y abstenerse de elevar su espíritu a los primeros principios y a las leyes que más a ellos se acercan, pudiera ocurrir que por la propia potencia de su inteligencia, y sin otro arte, encontrasen lo verdadero procedente de la interpretación. La interpretación es la obra verdadera y natural de la inteligencia, después de haber separado todos los obstáculos que entorpecen su marcha; pero, sin embargo, mediante nuestros preceptos, el trabajo del espíritu tendrá mayor facilidad y solidez.

Estamos también muy distantes de afirmar que nada se pueda añadir a nuestros preceptos; antes al contrario, nosotros, que ponemos la fuerza de la inteligencia no en su propia virtud, pero sí en el comercio con la realidad, debemos declarar que el arte de los descubrimientos puede desenvolverse con los descubrimientos mismos.

FIN DEL LIBRO PRIMERO

BOOK ONE (CONTINUED)

[76] Neither is this other sign to be omitted: that formerly there existed among philosophers such great disagreement, and such diversities in the schools themselves, a fact which sufficiently shows that the road from the senses to the understanding was not skillfully laid out, when the same groundwork of philosophy (the nature of things to wit) was torn and split up into such vague and multifarious errors. And although in these times disagreements and diversities of opinion on first principles and entire systems are for the most part extinguished, still on parts of philosophy there remain innumerable questions and disputes, so that it plainly appears that neither in the systems themselves nor in the modes of demonstration is there anything certain or sound.

[77] And as for the general opinion that in the philosophy of Aristotle, at any rate, there is great agreement, since after its publication the systems of older philosophers died away, while in the times which followed nothing better was found, so that it seems to have been so well laid and established as to have drawn both ages in its train — I answer in the first place, that the common notion of the falling off of the old systems upon the publication of Aristotle's works is a false one; for long afterwards, down even to the times of Cicero and subsequent ages, the works of the old philosophers still remained. But in the times which followed, when on the inundation of barbarians into the Roman empire human learning had suffered shipwreck, then the systems of Aristotle and Plato, like planks of lighter and less solid material, floated on the waves of time and were preserved. Upon the point of consent also men are deceived, if the matter be looked into more keenly. For true consent is that which consists in the coincidence of free judgments, after due examination. But far the greater number of those who have assented to the philosophy of Aristotle have addicted themselves thereto from prejudgment and upon the authority of others; so that it is a following and going along together, rather than consent. But even if it had been a real and widespread consent, still so little ought consent to be deemed a sure and solid confirmation, that it is in fact a strong presumption the other way. For the worst of all auguries is from consent in matters intellectual (divinity excepted, and politics where there is right of vote). For nothing pleases the many unless it strikes the imagination, or binds the understanding with the bands of common notions, as I have already said. We may very well transfer, therefore, from moral to intellectual matters the saying of Phocion, that if the multitude assent and applaud, men ought immediately to examine themselves as to what blunder or fault they may have committed. This sign, therefore, is one of the most unfavorable. And so much for this point; namely, that the signs of truth and soundness in the received systems and sciences are not good, whether they be drawn from their origin, or from their fruits, or from their progress, or from the confessions of their founders, or from general consent.

[78] I now come to the causes of these errors, and of so long a continuance in them through so many ages, which are very many and very potent; that all wonder how these considerations which I bring forward should have escaped men's notice till now may cease, and the only wonder be how now at last they should have entered into any man's head and become the subject of his thoughts — which truly I myself esteem as the result of some happy accident, rather than of any excellence of faculty in me — a birth of Time rather than a birth of Wit. Now, in the first place, those so many ages, if you weigh the case truly, shrink into a very small compass. For out of the five and twenty centuries over which the memory and learning of men extends, you can hardly pick out six that were fertile in sciences or favorable to their development. In times no less than in regions there are wastes and deserts. For only three revolutions and periods of learning can properly be reckoned: one among the Greeks, the second among the Romans, and the last among us, that is to say, the nations of Western Europe. And to each of these hardly two centuries can justly be assigned. The intervening ages of the world, in respect of any rich or flourishing growth of the sciences, were unprosperous. For neither the Arabians nor the Schoolmen need be mentioned, who in the intermediate times rather crushed the sciences with a multitude of treatises, than increased their weight. And therefore the first cause of so meager a progress in the sciences is duly and orderly referred to the narrow limits of the time that has been favorable to them.

[79] In the second place there presents itself a cause of great weight in all ways, namely, that during those very ages in which the wits and learning of men have flourished most, or indeed flourished at all, the least part of their diligence was given to natural philosophy. Yet this very philosophy it is that ought to be esteemed the great mother of the sciences. For all arts and all sciences, if torn from this root, though they may be polished and shaped and made fit for use, yet they will hardly grow. Now it is well known that after the Christian religion was received and grew strong, by far the greater number of the best wits applied themselves to theology; that to this both the highest rewards were offered, and helps of all kinds most abundantly supplied; and that this devotion to theology chiefly occupied that third portion or epoch of time among us Europeans of the West, and the more so because about the same time both literature began to flourish and religious controversies to spring up. In the age before, on the other hand, during the continuance of the second period among the Romans, the meditations and labors of philosophers were principally employed and consumed on moral philosophy, which to the heathen was as theology to us. Moreover, in those times the greatest wits applied themselves very generally to public affairs, the magnitude of the Roman empire requiring the services of a great number of persons. Again, the age in which natural philosophy was seen to flourish most among the Greeks was but a brief particle of time; for in early ages the Seven Wise Men, as they were called (all except Thales), applied themselves to morals and politics; and in later times, when Socrates had drawn down philosophy from heaven to earth, moral philosophy became more fashionable than ever, and diverted the minds of men from the philosophy of nature.

Nay, the very period itself in which inquiries concerning nature flourished, was by controversies and the ambitious display of new opinions corrupted and made useless. Seeing therefore that during those three periods natural philosophy was in a great degree either neglected or hindered, it is no wonder if men made but small advance in that to which they were not attending.

[80] To this it may be added that natural philosophy, even among those who have attended to it, has scarcely ever possessed, especially in these later times, a disengaged and whole man (unless it were some monk studying in his cell, or some gentleman in his country house), but that it has been made merely a passage and bridge to something else. And so this great mother of the sciences has with strange indignity been degraded to the offices of a servant, having to attend on the business of medicine or mathematics, and likewise to wash and imbue youthful and unripe wits with a sort of first dye, in order that they may be the fitter to receive another afterwards. Meanwhile let no man look for much progress in the sciences — especially in the practical part of them — unless natural philosophy be carried on and applied to particular sciences, and particular sciences be carried back again to natural philosophy. For want of this, astronomy, optics, music, a number of mechanical arts, medicine itself — nay, what one might more wonder at, moral and political philosophy, and the logical sciences — altogether lack profoundness, and merely glide along the surface and variety of things. Because after these particular sciences have been once distributed and established, they are no more nourished by natural philosophy, which might have drawn out of the true contemplation of motions, rays, sounds, texture and configuration of bodies, affections, and intellectual perceptions, the means of imparting to them fresh strength and growth. And therefore it is nothing strange if the sciences grow not, seeing they are parted from their roots.

[81] Again there is another great and powerful cause why the sciences have made but little progress, which is this. It is not possible to run a course aright when the goal itself has not been rightly placed. Now the true and lawful goal of the sciences is none other than this: that human life be endowed with new discoveries and powers. But of this the great majority have no feeling, but are merely hireling and professorial; except when it occasionally happens that some workman of acuter wit and covetous of honor applies himself to a new invention, which he mostly does at the expense of his fortunes. But in general, so far are men from proposing to themselves to augment the mass of arts and sciences, that from the mass already at hand they neither take nor look for anything more than what they may turn to use in their lectures, or to gain, or to reputation, or to some similar advantage. And if any one out of all the multitude court science with honest affection and for her own sake, yet even with him the object will be found to be rather the variety of contemplations and doctrines than the severe and rigid search after truth. And if by chance there be one who seeks after truth in earnest, yet even he will propose to himself such a kind of truth as shall yield satisfaction to the mind and understanding in rendering causes for things long since discovered, and not the truth which shall lead to new assurance of works and new light of axioms. If then the end of the sciences has not as yet been well placed, it is not strange that men have erred as to the means.

[82] And as men have misplaced the end and goal of the sciences, so again, even if they had placed it right, yet they have chosen a way to it which is altogether erroneous and impassable. And an astonishing thing it is to one who rightly considers the matter, that no mortal should have seriously applied himself to the opening and laying out of a road for the human understanding direct from the sense, by a course of experiment orderly conducted and well built up, but that all has been left either to the mist of tradition, or the whirl and eddy of argument, or the fluctuations and mazes of chance and of vague and ill-digested experience. Now let any man soberly and diligently consider what the way is by which men have been accustomed to proceed in the investigation and discovery of things, and in the first place he will no doubt remark a method of discovery very simple and inartificial, which is the most ordinary method, and is no more than this. When a man addresses himself to discover something, he first seeks out and sets before him all that has been said about it by others; then he begins to meditate for himself; and so by much agitation and working of the wit solicits and as it were evokes his own spirit to give him oracles; which method has no foundation at all, but rests only upon opinions and is carried about with them.

Another may perhaps call in logic to discover it for him, but that has no relation to the matter except in name. For logical invention does not discover principles and chief axioms, of which arts are composed, but only such things as appear to be consistent with them. For if you grow more curious and importunate and busy, and question her of probations and invention of principles or primary axioms, her answer is well known; she refers you to the faith you are bound to give to the principles of each separate art.

There remains simple experience which, if taken as it comes, is called accident; if sought for, experiment. But this kind of experience is no better than a broom without its band, as the saying is — a mere groping, as of men in the dark, that feel all round them for the chance of finding their way, when they had much better wait for daylight, or light a candle, and then go. But the true method of experience, on the contrary, first lights the candle, and then by means of the candle shows the way; commencing as it does with experience duly ordered and digested, not bungling or erratic, and from it educing axioms, and from established axioms again new experiments; even as it was not without order and method that the divine word operated on the created mass. Let men therefore cease to wonder that the course of science is not yet wholly run, seeing that they have gone altogether astray, either leaving and abandoning experience entirely, or losing their way in it and wandering round and round as in a labyrinth. Whereas a method rightly ordered leads by an unbroken route through the woods of experience to the open ground of axioms.

[83] This evil, however, has been strangely increased by an opinion or conceit, which though of long standing is vain and hurtful, namely, that the dignity of the human mind is impaired by long and close intercourse with experiments and particulars, subject to sense and bound in matter; especially as they are laborious to search, ignoble to meditate, harsh to deliver, illiberal to practice, infinite in number, and minute in subtlety. So that it has come at length to this, that the true way is not merely deserted, but shut out and stopped up; experience being, I do not say abandoned or badly managed, but rejected with disdain.

[84] Again, men have been kept back as by a kind of enchantment from progress in the sciences by reverence for antiquity, by the authority of men accounted great in philosophy, and then by general consent. Of the last I have spoken above.

As for antiquity, the opinion touching it which men entertain is quite a negligent one and scarcely consonant with the word itself. For the old age of the world is to be accounted the true antiquity; and this is the attribute of our own times, not of that earlier age of the world in which the ancients lived, and which, though in respect of us it was the elder, yet in respect of the world it was the younger. And truly as we look for greater knowledge of human things and a riper judgment in the old man than in the young, because of his experience and of the number and variety of the things which he has seen and heard and thought of, so in like manner from our age, if it but knew its own strength and chose to essay and exert it, much more might fairly be expected than from the ancient times, inasmuch as it is a more advanced age of the world, and stored and stocked with infinite experiments and observations.

Nor must it go for nothing that by the distant voyages and travels which have become frequent in our times many things in nature have been laid open and discovered which may let in new light upon philosophy. And surely it would be disgraceful if, while the regions of the material globe — that is, of the earth, of the sea, and of the stars — have been in our times laid widely open and revealed, the intellectual globe should remain shut up within the narrow limits of old discoveries.

And with regard to authority, it shows a feeble mind to grant so much to authors and yet deny time his rights, who is the author of authors, nay, rather of all authority. For rightly is truth called the daughter of time, not of authority. It is no wonder therefore if those enchantments of antiquity and authority and consent have so bound up men's powers that they have been made impotent (like persons bewitched) to accompany with the nature of things.

[85] Nor is it only the admiration of antiquity, authority, and consent, that has forced the industry of man to rest satisfied with the discoveries already made, but also an admiration for the works themselves of which the human race has long been in possession. For when a man looks at the variety and the beauty of the provision which the mechanical arts have brought together for men's use, he will certainly be more inclined to admire the wealth of man than to feel his wants; not considering that the original observations and operations of nature (which are the life and moving principle of all that variety) are not many nor deeply fetched, and that the rest is but patience, and the subtle and ruled motion of the hand and instruments — as the making of clocks (for instance) is certainly a subtle and exact work: their wheels seem to imitate the celestial orbs, and their alternating and orderly motion, the pulse of animals; and yet all this depends on one or two axioms of nature.

Again, if you observe the refinement of the liberal arts, or even that which relates to the mechanical preparation of natural substances, and take notice of such things as the discovery in astronomy of the motions of the heavens, of harmony in music, of the letters of the alphabet (to this day not in use among the Chinese) in grammar; or again in things mechanical, the discovery of the works of Bacchus and Ceres — that is, of the arts of preparing wine and beer, and of making bread; the discovery once more of the delicacies of the table, of distillations and the like; and if you likewise bear in mind the long periods which it has taken to bring these things to their present degree of perfection (for they are all ancient except distillation), and again (as has been said of clocks) how little they owe to observations and axioms of nature, and how easily and obviously and as it were by casual suggestion they may have been discovered; you will easily cease from wondering, and on the contrary will pity the condition of mankind, seeing that in a course of so many ages there has been so great a dearth and barrenness of arts and inventions. And yet these very discoveries which we have just mentioned are older than philosophy and intellectual arts. So that, if the truth must be spoken, when the rational and dogmatical sciences began, the discovery of useful works came to an end.

And again, if a man turn from the workshop to the library, and wonder at the immense variety of books he sees there, let him but examine and diligently inspect their matter and contents, and his wonder will assuredly be turned the other way. For after observing their endless repetitions, and how men are ever saying and doing what has been said and done before, he will pass from admiration of the variety to astonishment at the poverty and scantiness of the subjects which till now have occupied and possessed the minds of men.

And if again he descend to the consideration of those arts which are deemed curious rather than safe, and look more closely into the works of the alchemists or the magicians, he will be in doubt perhaps whether he ought rather to laugh over them or to weep. For the alchemist nurses eternal hope and when the thing fails, lays the blame upon some error of his own; fearing either that he has not sufficiently understood the words of his art or of his authors (whereupon he turns to tradition and auricular whispers), or else that in his manipulations he has made some slip of a scruple in weight or a moment in time (whereupon he repeats his trials to infinity). And when, meanwhile, among the chances of experiment he lights upon some conclusions either in aspect new or for utility not contemptible, he takes these for earnest of what is to come, and feeds his mind upon them, and magnifies them to the most, and supplies the rest in hope. Not but that the alchemists have made a good many discoveries and presented men with useful inventions. But their case may be well compared to the fable of the old man who bequeathed to his sons gold buried in a vineyard, pretending not to know the exact spot; whereupon the sons applied themselves diligently to the digging of the vineyard, and though no gold was found there, yet the vintage by that digging was made more plentiful.

Again the students of natural magic, who explain everything by sympathies and antipathies, have in their idle and most slothful conjectures ascribed to substances wonderful virtues and operations; and if ever they have produced works, they have been such as aim rather at admiration and novelty than at utility and fruit.

In superstitious magic on the other hand (if of this also we must speak), it is especially to be observed that they are but subjects of a certain and definite kind wherein the curious and superstitious arts, in all nations and ages, and religions also, have worked or played. These therefore we may pass. Meanwhile if is nowise strange if opinion of plenty has been the cause of want.

[86] Further, this admiration of men for knowledges and arts — an admiration in itself weak enough, and well-nigh childish — has been increased by the craft and artifices of those who have handled and transmitted sciences. For they set them forth with such ambition and parade, and bring them into the view of the world so fashioned and masked as if they were complete in all parts and finished. For if you look at the method of them and the divisions, they seem to embrace and comprise everything which can belong to the subject. And although these divisions are ill filled out and are but as empty cases, still to the common mind they present the form and plan of a perfect science. But the first and most ancient seekers after truth were wont, with better faith and better fortune, too, to throw the knowledge which they gathered from the contemplation of things, and which they meant to store up for use, into aphorisms; that is, into short and scattered sentences, not linked together by an artificial method; and did not pretend or profess to embrace the entire art. But as the matter now is, it is nothing strange if men do not seek to advance in things delivered to them as long since perfect and complete.

[87] Moreover, the ancient systems have received no slight accession of reputation and credit from the vanity and levity of those who have propounded new ones, especially in the active and practical department of natural philosophy. For there have not been wanting talkers and dreamers who, partly from credulity, partly in imposture, have loaded mankind with promises, offering and announcing the prolongation of life, the retardation of age, the alleviation of pain, the repairing of natural defects, the deceiving of the senses; arts of binding and inciting the affections, of illuminating and exalting the intellectual faculties, of transmuting substances, of strengthening and multiplying motions at will, of making impressions and alterations in the air, of bringing down and procuring celestial influences; arts of divining things future, and bringing things distant near, and revealing things secret; and many more. But with regard to these lavish promisers, this judgment would not be far amiss: that there is as much difference in philosophy between their vanities and true arts as there is in history between the exploits of Julius Caesar or Alexander the Great, and the exploits of Amadis of Gaul or Arthur of Britain. For it is true that those illustrious generals really did greater things than these shadowy heroes are even feigned to have done; but they did them by means and ways of action not fabulous or monstrous. Yet surely it is not fair that the credit of true history should be lessened because it has sometimes been injured and wronged by fables. Meanwhile it is not to be wondered at if a great prejudice is raised against new propositions, especially when works are also mentioned, because of those impostors who have attempted the like; since their excess of vanity, and the disgust it has bred, have their effect still in the destruction of all greatness of mind in enterprises of this kind.

[88] Far more, however, has knowledge suffered from littleness of spirit and the smallness and slightness of the tasks which human industry has proposed to itself. And what is worst of all, this very littleness of spirit comes with a certain air of arrogance and superiority.

For in the first place there is found in all arts one general device, which has now become familiar — that the author lays the weakness of his art to the charge of nature: whatever his art cannot attain he sets down on the authority of the same art to be in nature impossible. And truly no art can be condemned if it be judge itself. Moreover, the philosophy which is now in vogue embraces and cherishes certain tenets, the purpose of which (if it be diligently examined) is to persuade men that nothing difficult, nothing by which nature may be commanded and subdued, can be expected from art or human labor; as with respect to the doctrine that the heat of the sun and of fire differ in kind, and to that other concerning mixture, has been already observed. Which things, if they be noted accurately, tend wholly to the unfair circumscription of human power, and to a deliberate and factitious despair, which not only disturbs the auguries of hope, but also cuts the sinews and spur of industry, and throws away the chances of experience itself. And all for the sake of having their art thought perfect, and for the miserable vainglory of making it believed that whatever has not yet been discovered and comprehended can never be discovered or comprehended hereafter.

And even if a man apply himself fairly to facts, and endeavor to find out something new, yet he will confine his aim and intention to the investigation and working out of some one discovery and no more; such as the nature of the magnet, the ebb and flow of the sea, the system of the heavens, and things of this kind, which seem to be in some measure secret, and have hitherto been handled without much success. Whereas it is most unskillful to investigate the nature of anything in the thing itself, seeing that the same nature which appears in some things to be latent and hidden is in others manifest and palpable; wherefore in the former it produces wonder, in the latter excites no attention; as we find it in the nature of consistency, which in wood or stone is not observed, but is passed over under the appellation of solidity without further inquiry as to why separation or solution of continuity is avoided; while in the case of bubbles, which form themselves into certain pellicles, curiously shaped into hemispheres, so that the solution of continuity is avoided for a moment, it is thought a subtle matter. In fact, what in some things is accounted a secret has in others a manifest and well-known nature, which will never be recognized as long as the experiments and thoughts of men are engaged on the former only.

But generally speaking, in mechanics old discoveries pass for new if a man does but refine or embellish them, or unite several in one, or couple them better with their use, or make the work in greater or less volume than it was before, or the like.

Thus, then, it is no wonder if inventions noble and worthy of mankind have not been brought to light, when men have been contented and delighted with such trifling and puerile tasks, and have even fancied that in them they have been endeavoring after, if not accomplishing, some great matter.

[89] Neither is it to be forgotten that in every age natural philosophy has had a troublesome and hard to deal with adversary — namely, superstition, and the blind and immoderate zeal of religion. For we see among the Greeks that those who first proposed to men's then uninitiated ears the natural causes for thunder and for storms were thereupon found guilty of impiety. Nor was much more forbearance shown by some of the ancient fathers of the Christian church to those who on most convincing grounds (such as no one in his senses would now think of contradicting) maintained that the earth was round, and of consequence asserted the existence of the antipodes.

Moreover, as things now are, to discourse of nature is made harder and more perilous by the summaries and systems of the schoolmen who, having reduced theology into regular order as well as they were able, and fashioned it into the shape of an art, ended in incorporating the contentious and thorny philosophy of Aristotle, more than was fit, with the body of religion.

To the same result, though in a different way, tend the speculations of those who have taken upon them to deduce the truth of the Christian religion from the principles of philosophers, and to confirm it by their authority, pompously solemnizing this union of the sense and faith as a lawful marriage, and entertaining men's minds with a pleasing variety of matter, but all the while disparaging things divine by mingling them with things human. Now in such mixtures of theology with philosophy only the received doctrines of philosophy are included; while new ones, albeit changes for the better, are all but expelled and exterminated.

Lastly, you will find that by the simpleness of certain divines, access to any philosophy, however pure, is well-nigh closed. Some are weakly afraid lest a deeper search into nature should transgress the permitted limits of sober-mindedness, wrongfully wresting and transferring what is said in Holy Writ against those who pry into sacred mysteries, to the hidden things of nature, which are barred by no prohibition. Others with more subtlety surmise and reflect that if second causes are unknown everything can more readily be referred to the divine hand and rod, a point in which they think religion greatly concerned — which is in fact nothing else but to seek to gratify God with a lie. Others fear from past example that movements and changes in philosophy will end in assaults on religion. And others again appear apprehensive that in the investigation of nature something may be found to subvert or at least shake the authority of religion, especially with the unlearned. But these two last fears seem to me to savor utterly of carnal wisdom; as if men in the recesses and secret thought of their hearts doubted and distrusted the strength of religion and the empire of faith over the sense, and therefore feared that the investigation of truth in nature might be dangerous to them. But if the matter be truly considered, natural philosophy is, after the word of God, at once the surest medicine against superstition and the most approved nourishment for faith, and therefore she is rightly given to religion as her most faithful handmaid, since the one displays the will of God, the other his power. For he did not err who said, "Ye err in that ye know not the Scriptures and the power of God," thus coupling and blending in an indissoluble bond information concerning his will and meditation concerning his power. Meanwhile it is not surprising if the growth of natural philosophy is checked when religion, the thing which has most power over men's minds, has by the simpleness and incautious zeal of certain persons been drawn to take part against her.

[90] Again, in the customs and institutions of schools, academies, colleges, and similar bodies destined for the abode of learned men and the cultivation of learning, everything is found adverse to the progress of science. For the lectures and exercises there are so ordered that to think or speculate on anything out of the common way can hardly occur to any man. And if one or two have the boldness to use any liberty of judgment, they must undertake the task all by themselves; they can have no advantage from the company of others. And if they can endure this also, they will find their industry and largeness of mind no slight hindrance to their fortune. For the studies of men in these places are confined and as it were imprisoned in the writings of certain authors, from whom if any man dissent he is straightway arraigned as a turbulent person and an innovator. But surely there is a great distinction between matters of state and the arts; for the danger from new motion and from new light is not the same. In matters of state a change even for the better is distrusted, because it unsettles what is established; these things resting on authority, consent, fame and opinion, not on demonstration. But arts and sciences should be like mines, where the noise of new works and further advances is heard on every side. But though the matter be so according to right reason, it is not so acted on in practice; and the points above mentioned in the administration and government of learning put a severe restraint upon the advancement of the sciences.

[91] Nay, even if that jealousy were to cease, still it is enough to check the growth of science that efforts and labors in this field go unrewarded. For it does not rest with the same persons to cultivate sciences and to reward them. The growth of them comes from great wits; the prizes and rewards of them are in the hands of the people, or of great persons, who are but in very few cases even moderately learned. Moreover, this kind of progress is not only unrewarded with prizes and substantial benefits; it has not even the advantage of popular applause. For it is a greater matter than the generality of men can take in, and is apt to be overwhelmed and extinguished by the gales of popular opinions. And it is nothing strange if a thing not held in honor does not prosper.

[92] But by far the greatest obstacle to the progress of science and to the undertaking of new tasks and provinces therein is found in this — that men despair and think things impossible. For wise and serious men are wont in these matters to be altogether distrustful, considering with themselves the obscurity of nature, the shortness of life, the deceitfulness of the senses, the weakness of the judgment, the difficulty of experiment, and the like; and so supposing that in the revolution of time and of the ages of the world the sciences have their ebbs and flows; that at one season they grow and flourish, at another wither and decay, yet in such sort that when they have reached a certain point and condition they can advance no further. If therefore anyone believes or promises more, they think this comes of an ungoverned and unripened mind, and that such attempts have prosperous beginnings, become difficult as they go on, and end in confusion. Now since these are thoughts which naturally present themselves to men grave and of great judgment, we must take good heed that we be not led away by our love for a most fair and excellent object to relax or diminish the severity of our judgment. We must observe diligently what encouragement dawns upon us and from what quarter, and, putting aside the lighter breezes of hope, we must thoroughly sift and examine those which promise greater steadiness and constancy. Nay, and we must take state prudence too into our counsels, whose rule is to distrust, and to take the less favorable view of human affairs. I am now therefore to speak touching hope, especially as I am not a dealer in promises, and wish neither to force nor to ensnare men's judgments, but to lead them by the hand with their good will. And though the strongest means of inspiring hope will be to bring men to particulars, especially to particulars digested and arranged in my Tables of Discovery (the subject partly of the second, but much more of the fourth part of my Instauration), since this is not merely the promise of the thing but the thing itself; nevertheless, that everything may be done with gentleness, I will proceed with my plan of preparing men's minds, of which preparation to give hope is no unimportant part. For without it the rest tends rather to make men sad (by giving them a worse and meaner opinion of things as they are than they now have, and making them more fully to feel and know the unhappiness of their own condition) than to induce any alacrity or to whet their industry in making trial. And therefore it is fit that I publish and set forth those conjectures of mine which make hope in this matter reasonable, just as Columbus did, before that wonderful voyage of his across the Atlantic, when he gave the reasons for his conviction that new lands and continents might be discovered besides those which were known before; which reasons, though rejected at first, were afterwards made good by experience, and were the causes and beginnings of great events.

[93] The beginning is from God: for the business which is in hand, having the character of good so strongly impressed upon it, appears manifestly to proceed from God, who is the author of good, and the Father of Lights. Now in divine operations even the smallest beginnings lead of a certainty to their end. And as it was said of spiritual things, "The kingdom of God cometh not with observation," so is it in all the greater works of Divine Providence; everything glides on smoothly and noiselessly, and the work is fairly going on before men are aware that it has begun. Nor should the prophecy of Daniel be forgotten touching the last ages of the world: "Many shall go to and fro, and knowledge shall be increased"; clearly intimating that the thorough passage of the world (which now by so many distant voyages seems to be accomplished, or in course of accomplishment), and the advancement of the sciences, are destined by fate, that is, by Divine Providence, to meet in the same age.

[94] Next comes a consideration of the greatest importance as an argument of hope; I mean that drawn from the errors of past time, and of the ways hitherto trodden. For most excellent was the censure once passed upon a government that had been unwisely administered. "That which is the worst thing in reference to the past, ought to be regarded as best for the future. For if you had done all that your duty demanded, and yet your affairs were no better, you would not have even a hope left you that further improvement is possible. But now, when your misfortunes are owing, not to the force of circumstances, but to your own errors, you may hope that by dismissing or correcting these errors, a great change may be made for the better." In like manner, if during so long a course of years men had kept the true road for discovering and cultivating sciences, and had yet been unable to make further progress therein, bold doubtless and rash would be the opinion that further progress is possible. But if the road itself has been mistaken, and men's labor spent on unfit objects, it follows that the difficulty has its rise not in things themselves, which are not in our power, but in the human understanding, and the use and application thereof, which admits of remedy and medicine. It will be of great use therefore to set forth what these errors are. For as many impediments as there have been in times past from this cause, so many arguments are there of hope for the time to come. And although they have been partly touched before, I think fit here also, in plain and simple words, to represent them.

[95] Those who have handled sciences have been either men of experiment or men of dogmas. The men of experiment are like the ant, they only collect and use; the reasoners resemble spiders, who make cobwebs out of their own substance. But the bee takes a middle course: it gathers its material from the flowers of the garden and of the field, but transforms and digests it by a power of its own. Not unlike this is the true business of philosophy; for it neither relies solely or chiefly on the powers of the mind, nor does it take the matter which it gathers from natural history and mechanical experiments and lay it up in the memory whole, as it finds it, but lays it up in the understanding altered and digested. Therefore from a closer and purer league between these two faculties, the experimental and the rational (such as has never yet been made), much may be hoped.

[96] We have as yet no natural philosophy that is pure; all is tainted and corrupted: in Aristotle's school by logic; in Plato's by natural theology; in the second school of Platonists, such as Proclus and others, by mathematics, which ought only to give definiteness to natural philosophy, not to generate or give it birth. From a natural philosophy pure and unmixed, better things are to be expected.

[97] No one has yet been found so firm of mind and purpose as resolutely to compel himself to sweep away all theories and common notions, and to apply the understanding, thus made fair and even, to a fresh examination of particulars. Thus it happens that human knowledge, as we have it, is a mere medley and ill-digested mass, made up of much credulity and much accident, and also of the childish notions which we at first imbibed.

Now if anyone of ripe age, unimpaired senses, and well-purged mind, apply himself anew to experience and particulars, better hopes may be entertained of that man. In which point I promise to myself a like fortune to that of Alexander the Great, and let no man tax me with vanity till he have heard the end; for the thing which I mean tends to the putting off of all vanity. For of Alexander and his deeds Aeschines spoke thus: "Assuredly we do not live the life of mortal men; but to this end were we born, that in after ages wonders might be told of us," as if what Alexander had done seemed to him miraculous. But in the next age Titus Livius took a better and a deeper view of the matter, saying in effect that Alexander "had done no more than take courage to despise vain apprehensions." And a like judgment I suppose may be passed on myself in future ages: that I did no great things, but simply made less account of things that were accounted great. In the meanwhile, as I have already said, there is no hope except in a new birth of science; that is, in raising it regularly up from experience and building it afresh, which no one (I think) will say has yet been done or thought of.

[98] Now for grounds of experience — since to experience we must come — we have as yet had either none or very weak ones; no search has been made to collect a store of particular observations sufficient either in number, or in kind, or in certainty, to inform the understanding, or in any way adequate. On the contrary, men of learning, but easy withal and idle, have taken for the construction or for the confirmation of their philosophy certain rumors and vague fames or airs of experience, and allowed to these the weight of lawful evidence. And just as if some kingdom or state were to direct its counsels and affairs not by letters and reports from ambassadors and trustworthy messengers, but by the gossip of the streets; such exactly is the system of management introduced into philosophy with relation to experience. Nothing duly investigated, nothing verified, nothing counted, weighed, or measured, is to be found in natural history; and what in observation is loose and vague, is in information deceptive and treacherous. And if anyone thinks that this is a strange thing to say, and something like an unjust complaint, seeing that Aristotle, himself so great a man, and supported by the wealth of so great a king, has composed so accurate a history of animals; and that others with greater diligence, though less pretense, have made many additions; while others, again, have compiled copious histories and descriptions of metals, plants, and fossils; it seems that he does not rightly apprehend what it is that we are now about. For a natural history which is composed for its own sake is not like one that is collected to supply the understanding with information for the building up of philosophy. They differ in many ways, but especially in this: that the former contains the variety of natural species only, and not experiments of the mechanical arts. For even as in the business of life a man's disposition and the secret workings of his mind and affections are better discovered when he is in trouble than at other times, so likewise the secrets of nature reveal themselves more readily under the vexations of art than when they go their own way. Good hopes may therefore be conceived of natural philosophy, when natural history, which is the basis and foundation of it, has been drawn up on a better plan; but not till then.

[99] Again, even in the great plenty of mechanical experiments, there is yet a great scarcity of those which are of most use for the information of the understanding. For the mechanic, not troubling himself with the investigation of truth, confines his attention to those things which bear upon his particular work, and will not either raise his mind or stretch out his hand for anything else. But then only will there be good ground of hope for the further advance of knowledge when there shall be received and gathered together into natural history a variety of experiments which are of no use in themselves but simply serve to discover causes and axioms, which I call Experimenta lucifera, experiments of light, to distinguish them from those which I call fructifera, experiments of fruit.

Now experiments of this kind have one admirable property and condition: they never miss or fail. For since they are applied, not for the purpose of producing any particular effect, but only of discovering the natural cause of some effect, they answer the end equally well whichever way they turn out; for they settle the question.

[100] But not only is a greater abundance of experiments to be sought for and procured, and that too of a different kind from those hitherto tried; an entirely different method, order, and process for carrying on and advancing experience must also be introduced. For experience, when it wanders in its own track, is, as I have already remarked, mere groping in the dark, and confounds men rather than instructs them. But when it shall proceed in accordance with a fixed law, in regular order, and without interruption, then may better things be hoped of knowledge.

[101] But even after such a store of natural history and experience as is required for the work of the understanding, or of philosophy, shall be ready at hand, still the understanding is by no means competent to deal with it offhand and by memory alone; no more than if a man should hope by force of memory to retain and make himself master of the computation of an ephemeris. And yet hitherto more has been done in matter of invention by thinking than by writing; and experience has not yet learned her letters. Now no course of invention can be satisfactory unless it be carried on in writing. But when this is brought into use, and experience has been taught to read and write, better things may be hoped.

[102] Moreover, since there is so great a number and army of particulars, and that army so scattered and dispersed as to distract and confound the understanding, little is to be hoped for from the skirmishings and slight attacks and desultory movements of the intellect, unless all the particulars which pertain to the subject of inquiry shall, by means of Tables of Discovery, apt, well arranged, and, as it were, animate, be drawn up and marshaled; and the mind be set to work upon the helps duly prepared and digested which these tables supply.

[103] But after this store of particulars has been set out duly and in order before our eyes, we are not to pass at once to the investigation and discovery of new particulars or works; or at any rate if we do so we must not stop there. For although I do not deny that when all the experiments of all the arts shall have been collected and digested, and brought within one man's knowledge and judgment, the mere transferring of the experiments of one art to others may lead, by means of that experience which I term literate, to the discovery of many new things of service to the life and state of man, yet it is no great matter that can be hoped from that; but from the new light of axioms, which having been educed from those particulars by a certain method and rule, shall in their turn point out the way again to new particulars, greater things may be looked for. For our road does not lie on a level, but ascends and descends; first ascending to axioms, then descending to works.

[104] The understanding must not, however, be allowed to jump and fly from particulars to axioms remote and of almost the highest generality (such as the first principles, as they are called, of arts and things), and taking stand upon them as truths that cannot be shaken, proceed to prove and frame the middle axioms by reference to them; which has been the practice hitherto, the understanding being not only carried that way by a natural impulse, but also by the use of syllogistic demonstration trained and inured to it. But then, and then only, may we hope well of the sciences when in a just scale of ascent, and by successive steps not interrupted or broken, we rise from particulars to lesser axioms; and then to middle axioms, one above the other; and last of all to the most general. For the lowest axioms differ but slightly from bare experience, while the highest and most general (which we now have) are notional and abstract and without solidity. But the middle are the true and solid and living axioms, on which depend the affairs and fortunes of men; and above them again, last of all, those which are indeed the most general; such, I mean, as are not abstract, but of which those intermediate axioms are really limitations.

The understanding must not therefore be supplied with wings, but rather hung with weights, to keep it from leaping and flying. Now this has never yet been done; when it is done, we may entertain better hopes of the sciences.

[105] In establishing axioms, another form of induction must be devised than has hitherto been employed, and it must be used for proving and discovering not first principles (as they are called) only, but also the lesser axioms, and the middle, and indeed all. For the induction which proceeds by simple enumeration is childish; its conclusions are precarious and exposed to peril from a contradictory instance; and it generally decides on too small a number of facts, and on those only which are at hand. But the induction which is to be available for the discovery and demonstration of sciences and arts, must analyze nature by proper rejections and exclusions; and then, after a sufficient number of negatives, come to a conclusion on the affirmative instances — which has not yet been done or even attempted, save only by Plato, who does indeed employ this form of induction to a certain extent for the purpose of discussing definitions and ideas. But in order to furnish this induction or demonstration well and duly for its work, very many things are to be provided which no mortal has yet thought of; insomuch that greater labor will have to be spent in it than has hitherto been spent on the syllogism. And this induction must be used not only to discover axioms, but also in the formation of notions. And it is in this induction that our chief hope lies.

[106] But in establishing axioms by this kind of induction, we must also examine and try whether the axiom so established be framed to the measure of those particulars only from which it is derived, or whether it be larger and wider. And if it be larger and wider, we must observe whether by indicating to us new particulars it confirm that wideness and largeness as by a collateral security, that we may not either stick fast in things already known, or loosely grasp at shadows and abstract forms, not at things solid and realized in matter. And when this process shall have come into use, then at last shall we see the dawn of a solid hope.

[107] And here also should be remembered what was said above concerning the extending of the range of natural philosophy to take in the particular sciences, and the referring or bringing back of the particular sciences to natural philosophy, that the branches of knowledge may not be severed and cut off from the stem. For without this the hope of progress will not be so good.

[108] So much then for the removing of despair and the raising of hope through the dismissal or rectification of the errors of past time. We must now see what else there is to ground hope upon. And this consideration occurs at once — that if many useful discoveries have been made by accident or upon occasion, when men were not seeking for them but were busy about other things, no one can doubt but that when they apply themselves to seek and make this their business, and that too by method and in order and not by desultory impulses, they will discover far more. For although it may happen once or twice that a man shall stumble on a thing by accident which, when taking great pains to search for it, he could not find, yet upon the whole it unquestionably falls out the other way. And therefore far better things, and more of them, and at shorter intervals, are to be expected from man's reason and industry and direction and fixed application than from accident and animal instinct and the like, in which inventions have hitherto had their origin.

[109] Another argument of hope may be drawn from this — that some of the inventions already known are such as before they were discovered it could hardly have entered any man's head to think of; they would have been simply set aside as impossible. For in conjecturing what may be men set before them the example of what has been, and divine of the new with an imagination preoccupied and colored by the old; which way of forming opinions is very fallacious, for streams that are drawn from the springheads of nature do not always run in the old channels.

If, for instance, before the invention of ordnance, a man had described the thing by its effects, and said that there was a new invention by means of which the strongest towers and walls could be shaken and thrown down at a great distance, men would doubtless have begun to think over all the ways of multiplying the force of catapults and mechanical engines by weights and wheels and such machinery for ramming and projecting; but the notion of a fiery blast suddenly and violently expanding and exploding would hardly have entered into any man's imagination or fancy, being a thing to which nothing immediately analogous had been seen, except perhaps in an earthquake or in lightning, which as magnalia or marvels of nature, and by man not imitable, would have been immediately rejected.

In the same way, if, before the discovery of silk, anyone had said that there was a kind of thread discovered for the purposes of dress and furniture which far surpassed the thread of linen or of wool in fineness and at the same time in strength, and also in beauty and softness, men would have begun immediately to think of some silky kind of vegetable, or of the finer hair of some animal, or of the feathers and down of birds; but a web woven by a tiny worm, and that in such abundance, and renewing itself yearly, they would assuredly never have thought. Nay, if anyone had said anything about a worm, he would no doubt have been laughed at as dreaming of a new kind of cobwebs.

So again, if, before the discovery of the magnet, anyone had said that a certain instrument had been invented by means of which the quarters and points of the heavens could be taken and distinguished with exactness, men would have been carried by their imagination to a variety of conjectures concerning the more exquisite construction of astronomical instruments; but that anything could be discovered agreeing so well in its movements with the heavenly bodies, and yet not a heavenly body itself, but simply a substance of metal or stone, would have been judged altogether incredible. Yet these things and others like them lay for so many ages of the world concealed from men, nor was it by philosophy or the rational arts that they were found out at last, but by accident and occasion, being indeed, as I said, altogether different in kind and as remote as possible from anything that was known before; so that no preconceived notion could possibly have led to the discovery of them.

There is therefore much ground for hoping that there are still laid up in the womb of nature many secrets of excellent use, having no affinity or parallelism with anything that is now known, but lying entirely out of the beat of the imagination, which have not yet been found out. They too no doubt will some time or other, in the course and revolution of many ages, come to light of themselves, just as the others did; only by the method of which we are now treating they can be speedily and suddenly and simultaneously presented and anticipated.

[110] But we have also discoveries to show of another kind, which prove that noble inventions may be lying at our very feet, and yet mankind may step over without seeing them. For however the discovery of gunpowder, of silk, of the magnet, of sugar, of paper, or the like, may seem to depend on certain properties of things themselves and nature, there is at any rate nothing in the art of printing which is not plain and obvious. Nevertheless for want of observing that although it is more difficult to arrange types of letters than to write letters by the motion of the hand, there is yet this difference between the two, that types once arranged serve for innumerable impressions, but letters written with the hand for a single copy only; or perhaps again for want of observing that ink can be so thickened as to color without running (particularly when the letters face upwards and the impression is made from above) — for want, I say, of observing these things, men went for so many ages without this most beautiful discovery, which is of so much service in the propagation of knowledge.

But such is the infelicity and unhappy disposition of the human mind in this course of invention, that it first distrusts and then despises itself: first will not believe that any such thing can be found out; and when it is found out, cannot understand how the world should have missed it so long. And this very thing may be justly taken as an argument of hope, namely, that there is a great mass of inventions still remaining which not only by means of operations that are yet to be discovered, but also through the transferring, comparing, and applying of those already known, by the help of that learned experience of which I spoke, may be deduced and brought to light.

[111] There is another ground of hope that must not be omitted. Let men but think over their infinite expenditure of understanding, time, and means on matters and pursuits of far less use and value; whereof, if but a small part were directed to sound and solid studies, there is no difficulty that might not be overcome. This I thought good to add, because I plainly confess that a collection of history natural and experimental, such as I conceive it and as it ought to be, is a great, I may say a royal work, and of much labor and expense.

[112] Meantime, let no man be alarmed at the multitude of particulars, but let this rather encourage him to hope. For the particular phenomena of art and nature are but a handful to the inventions of the wit, when disjoined and separated from the evidence of things. Moreover, this road has an issue in the open ground and not far off; the other has no issue at all, but endless entanglement. For men hitherto have made but short stay with experience, but passing her lightly by, have wasted an infinity of time on meditations and glosses of the wit. But if someone were by that could answer our questions and tell us in each case what the fact in nature is, the discovery of all causes and sciences would be but the work of a few years.

[113] Moreover, I think that men may take some hope from my own example. And this I say not by way of boasting, but because it is useful to say it. If there be any that despond, let them look at me, that being of all men of my time the most busied in affairs of state, and a man of health not very strong (whereby much time is lost), and in this course altogether a pioneer, following in no man's track nor sharing these counsels with anyone, have nevertheless by resolutely entering on the true road, and submitting my mind to Things, advanced these matters, as I suppose, some little way. And then let them consider what may be expected (after the way has been thus indicated) from men abounding in leisure, and from association of labors, and from successions of ages — the rather because it is not a way over which only one man can pass at a time (as is the case with that of reasoning), but one in which the labors and industries of men (especially as regards the collecting of experience) may with the best effect be first distributed and then combined. For then only will men begin to know their strength when instead of great numbers doing all the same things, one shall take charge of one thing and another of another.

[114] Lastly, even if the breath of hope which blows on us from that New Continent were fainter than it is and harder to perceive, yet the trial (if we would not bear a spirit altogether abject) must by all means be made. For there is no comparison between that which we may lose by not trying and by not succeeding, since by not trying we throw away the chance of an immense good; by not succeeding we only incur the loss of a little human labor. But as it is, it appears to me from what has been said, and also from what has been left unsaid, that there is hope enough and to spare, not only to make a bold man try, but also to make a sober-minded and wise man believe.

[115] Concerning the grounds then for putting away despair, which has been one of the most powerful causes of delay and hindrance to the progress of knowledge, I have now spoken. And this also concludes what I had to say touching the signs and causes of the errors, sluggishness, and ignorance which have prevailed; especially since the more subtle causes, which do not fall under popular judgment and observation, must be referred to what has been said on the Idols of the human mind.

And here likewise should close that part of my Instauration which is devoted to pulling down, which part is performed by three refutations: first, by the refutation of the natural human reason, left to itself; secondly, by the refutation of the demonstrations; and thirdly, by the refutation of the theories, or the received systems of philosophy and doctrine. And the refutation of these has been such as alone it could be: that is to say, by signs and the evidence of causes, since no other kind of confutation was open to me, differing as I do from the others both on first principles and on rules of demonstration.

It is time therefore to proceed to the art itself and rule of interpreting nature. Still, however, there remains something to be premised. For whereas in this first book of aphorisms I proposed to prepare men's minds as well for understanding as for receiving what is to follow, now that I have purged and swept and leveled the floor of the mind, it remains that I place the mind in a good position and as it were in a favorable aspect toward what I have to lay before it. For in a new matter it is not only the strong preoccupation of some old opinion that tends to create a prejudice, but also a false preconception or prefiguration of the new thing which is presented. I will endeavor therefore to impart sound and true opinions as to the things I propose, although they are to serve only for the time, and by way of interest (so to speak), till the thing itself, which is the principal, be fully known.

[116] First, then, I must request men not to suppose that after the fashion of ancient Greeks, and of certain moderns, as Telesius, Patricius, Severinus, I wish to found a new sect in philosophy. For this is not what I am about, nor do I think that it matters much to the fortunes of men what abstract notions one may entertain concerning nature and the principles of things. And no doubt many old theories of this kind can be revived and many new ones introduced, just as many theories of the heavens may be supposed which agree well enough with the phenomena and yet differ with each other.

But for my part I do not trouble myself with any such speculative and withal unprofitable matters. My purpose, on the contrary, is to try whether I cannot in very fact lay more firmly the foundations and extend more widely the limits of the power and greatness of man. And although on some special subjects and in an incomplete form I am in possession of results which I take to be far more true and more certain and withal more fruitful than those now received (and these I have collected into the fifth part of my Instauration), yet I have no entire or universal theory to propound. For it does not seem that the time is come for such an attempt. Neither can I hope to live to complete the sixth part of the Instauration (which is destined for the philosophy discovered by the legitimate interpretation of nature), but hold it enough if in the intermediate business I bear myself soberly and profitably, sowing in the meantime for future ages the seeds of a purer truth, and performing my part toward the commencement of the great undertaking.

[117] And as I do not seek to found a school, so neither do I hold out offers or promises of particular works. It may be thought, indeed, that I who make such frequent mention of works and refer everything to that end, should produce some myself by way of earnest. But my course and method, as Ihave often clearly stated and would wish to state again, is this — not to extract works from works or experiments from experiments (as an empiric), but from works and experiments to extract causes and axioms, and again from those causes and axioms new works and experiments, as a legitimate interpreter of nature. And although in my tables of discovery (which compose the fourth part of the Instauration), and also in the examples of particulars (which I have adduced in the second part), and moreover in my observations on the history (which I have drawn out in the third part), any reader of even moderate sagacity and intelligence will everywhere observe indications and outlines of many noble works; still I candidly confess that the natural history which I now have, whether collected from books or from my own investigations, is neither sufficiently copious nor verified with sufficient accuracy to serve the purposes of legitimate interpretation.

Accordingly, if there be anyone more apt and better prepared for mechanical pursuits, and sagacious in hunting out works by the mere dealing with experiment, let him by all means use his industry to gather from my history and tables many things by the way, and apply them to the production of works, which may serve as interest until the principal be forthcoming. But for myself, aiming as I do at greater things, I condemn all unseasonable and premature tarrying over such things as these, being (as I often say) like Atalanta's balls. For I do not run off like a child after golden apples, but stake all on the victory of art over nature in the race. Nor do I make haste to mow down the moss or the corn in blade, but wait for the harvest in its due season.

[118] There will be found, no doubt, when ray history and tables of discovery are read, some things in the experiments themselves that are not quite certain, or perhaps that are quite false, which may make a man think that the foundations and principles upon which my discoveries rest are false and doubtful. But this is of no consequence, for such things must needs happen at first. It is only like the occurrence in a written or printed page of a letter or two mistaken or misplaced, which does not much hinder the reader, because such errors are easily corrected by the sense. So likewise may there occur in my natural history many experiments which are mistaken and falsely set down, and yet they will presently, by the discovery of causes and axioms, be easily expunged and rejected. It is nevertheless true that if the mistakes in natural history and experiments are important, frequent, and continual, they cannot possibly be corrected or amended by any felicity of wit or art. And therefore, if in my natural history, which has been collected and tested with so much diligence, severity, and I may say religious care, there still lurk at intervals certain falsities or errors in the particulars, what is to be said of common natural history, which in comparison with mine is so negligent and inexact? And what of the philosophy and sciences built on such a sand (or rather quicksand)? Let no man therefore trouble himself for this.

[119] There will be met with also in my history and experiments many things which are trivial and commonly known; many which are mean and low; many, lastly, which are too subtle and merely speculative, and that seem to be of no use; which kind of things may possibly avert and alienate men's interest.

And first, for those things which seem common. Let men bear in mind that hitherto they have been accustomed to do no more than refer and adapt the causes of things which rarely happen to such as happen frequently, while of those which happen frequently they never ask the cause, but take them as they are for granted. And therefore they do not investigate the causes of weight, of the rotation of heavenly bodies, of heat, cold, light, hardness, softness, rarity, density, liquidity, solidity, animation, inanimation, similarity, dissimilarity, organization, and the like; but admitting these as self-evident and obvious, they dispute and decide on other things of less frequent and familiar occurrence.

But I, who am well aware that no judgment can be passed on uncommon or remarkable things, much less anything new brought to light, unless the causes of common things, and the causes of those causes, be first duly examined and found out, am of necessity compelled to admit the commonest things into my history. Nay, in my judgment philosophy has been hindered by nothing more than this, that things of familiar and frequent occurrence do not arrest and detain the thoughts of men, but are received in passing without any inquiry into their causes; insomuch that information concerning things which are not known is not oftener wanted than attention concerning things which are.

[120] And for things that are mean or even filthy — things which (as Pliny says) must be introduced with an apology — such things, no less than the most splendid and costly, must be admitted into natural history. Nor is natural history polluted thereby, for the sun enters the sewer no less than the palace, yet takes no pollution. And for myself, I am not raising a capitol or pyramid to the pride of man, but laying a foundation in the human understanding for a holy temple after the model of the world. That model therefore I follow. For whatever deserves to exist deserves also to be known, for knowledge is the image of existence; and things mean and splendid exist alike. Moreover, as from certain putrid substances — musk, for instance, and civet — the sweetest odors are sometimes generated, so, too, from mean and sordid instances there sometimes emanates excellent light and information. But enough and more than enough of this, such fastidiousness being merely childish and effeminate.

[121] But there is another objection which must be more carefully looked to, namely, that there are many things in this History which to common apprehension, or indeed to any understanding accustomed to the present system, will seem to be curiously and unprofitably subtle. Upon this point, therefore, above all I must say again what I have said already: that at first, and for a time, I am seeking for experiments of light, not for experiments of fruit, following therein, as I have often said, the example of the divine creation which on the first day produced light only, and assigned to it alone one entire day, nor mixed up with it on that day any material work.

To suppose, therefore, that things like these are of no use is the same as to suppose that light is of no use, because it is not a thing solid or material. And the truth is that the knowledge of simple natures well examined and defined is as light: it gives entrance to all the secrets of nature's workshop, and virtually includes and draws after it whole bands and troops of works, and opens to us the sources of the noblest axioms; and yet in itself it is of no great use. So also the letters of the alphabet in themselves and apart have no use or meaning, yet they are the subject matter for the composition and apparatus of all discourse. So again the seeds of things are of much latent virtue, and yet of no use except in their development. And the scattered rays of light itself, until they are made to converge, can impart none of their benefit.

But if objection be taken to speculative subtleties, what is to be said of the schoolmen, who have indulged in subtleties to such excess — in subtleties, too, that were spent on words, or at any rate on popular notions (which is much the same thing), not on facts or nature; and such as were useless not only in their origin but also in their consequences; and not like those I speak of, useless indeed for the present, but promising infinite utility hereafter. But let men be assured of this, that all subtlety of disputation and discourse, if not applied till after axioms are discovered, is out of season and preposterous, and that the true and proper or at any rate the chief time for subtlety is in weighing experience and in founding axioms thereon. For that other subtlety, though it grasps and snatches at nature, yet can never take hold of her. Certainly what is said of opportunity or fortune is most true of nature: she has a lock in front, but is bald behind.

Lastly, concerning the disdain to receive into natural history things either common, or mean, or oversubtle and in their original condition useless, the answer of the poor woman to the haughty prince who had rejected her petition as an unworthy thing and beneath his dignity, may be taken for an oracle: "Then leave off being king." For most certain it is that he who will not attend to things like these as being too paltry and minute, can neither win the kingdom of nature nor govern it.

[122] It may be thought also a strange and a harsh thing that we should at once and with one blow set aside all sciences and all authors; and that, too, without calling in any of the ancients to our aid and support, but relying on our own strength.

And I know that if I had chosen to deal less sincerely, I might easily have found authority for my suggestions by referring them either to the old times before the Greeks (when natural science was perhaps more flourishing, though it made less noise, not having yet passed into the pipes and trumpets of the Greeks), or even, in part at least, to some of the Greeks themselves; and so gained for them both support and honor, as men of no family devise for themselves by the good help of genealogies the nobility of a descent from some ancient stock. But for my part, relying on the evidence and truth of things, I reject all forms of fiction and imposture; nor do I think that it matters any more to the business in hand whether the discoveries that shall now be made were long ago known to the ancients, and have their settings and their risings according to the vicissitude of things and course of ages, than it matters to mankind whether the new world be that island of Atlantis with which the ancients were acquainted, or now discovered for the first time. For new discoveries must be sought from the light of nature, not fetched back out of the darkness of antiquity.

And as for the universality of the censure, certainly if the matter be truly considered such a censure is not only more probable but more modest, too, than a partial one would be. For if the errors had not been rooted in primary notions, there must have been some true discoveries to correct the false. But the errors being fundamental, and not so much of false judgment as of inattention and oversight, it is no wonder that men have not obtained what they have not tried for, nor reached a mark which they never set up, nor finished a course which they never entered on or kept.

And as for the presumption implied in it, certainly if a man undertakes by steadiness of hand and power of eye to describe a straighter line or more perfect circle than anyone else, he challenges a comparison of abilities; but if he only says that he with the help of a rule or a pair of compasses can draw a straighter line or a more perfect circle than anyone else can by eye and hand alone, he makes no great boast. And this remark, be it observed, applies not merely to this first and inceptive attempt of mine, but to all that shall take the work in hand hereafter. For my way of discovering sciences goes far to level men's wit and leaves but little to individual excellence, because it performs everything by the surest rules and demonstrations. And therefore I attribute my part in all this, as I have often said, rather to good luck than to ability, and account it a birth of time rather than of wit. For certainly chance has something to do with men's thoughts, as well as with their works and deeds.

[123] I may say then of myself that which one said in jest (since it marks the distinction so truly), "It cannot be that we should think alike, when one drinks water and the other drinks wine." Now other men, as well in ancient as in modern times, have in the matter of sciences drunk a crude liquor like water, either flowing spontaneously from the understanding, or drawn up by logic, as by wheels from a well. Whereas I pledge mankind in a liquor strained from countless grapes, from grapes ripe and fully seasoned, collected in clusters, and gathered, and then squeezed in the press, and finally purified and clarified in the vat. And therefore it is no wonder if they and I do not think alike.

[124] Again, it will be thought, no doubt, that the goal and mark of knowledge which I myself set up (the very point which I object to in others) is not the true or the best, for that the contemplation of truth is a thing worthier and loftier than all utility and magnitude of works; and that this long and anxious dwelling with experience and matter and the fluctuations of individual things, drags down the mind to earth, or rather sinks it to a very Tartarus of turmoil and confusion, removing and withdrawing it from the serene tranquility of abstract wisdom, a condition far more heavenly. Now to this I readily assent, and indeed this which they point at as so much to be preferred is the very thing of all others which I am about. For I am building in the human understanding a true model of the world, such as it is in fact, not such as a man's own reason would have it to be; a thing which cannot be done without a very diligent dissection and anatomy of the world. But I say that those foolish and apish images of worlds which the fancies of men have created in philosophical systems must be utterly scattered to the winds. Be it known then how vast a difference there is (as I said above) between the idols of the human mind and the ideas of the divine. The former are nothing more than arbitrary abstractions; the latter are the Creator's own stamp upon creation, impressed and defined in matter by true and exquisite lines. Truth, therefore, and utility are here the very same things; 2 and works themselves are of greater value as pledges of truth than as contributing to the comforts of life.

[125] It may be thought again that I am but doing what has been done before; that the ancients themselves took the same course which I am now taking; and that it is likely therefore that I too, after all this stir and striving, shall come at last to some one of those systems which prevailed in ancient times. For the ancients, too, it will be said, provided at the outset of their speculations a great store and abundance of examples and particulars, digested the same into notebooks under heads and titles, from them completed their systems and arts, and afterward, when they understood the matter, published them to the world, adding a few examples here and there for proof and illustration; but thought it superfluous and inconvenient to publish their notes and minutes and digests of particulars, and therefore did as builders do: after the house was built they removed the scaffolding and ladders out of sight. And so no doubt they did. But this objection (or scruple rather) will be easily answered by anyone who has not quite forgotten what I have said above. For the form of inquiry and discovery that was in use among the ancients is by themselves professed and appears on the very face of their writings. And that form was simply this. From a few examples and particulars (with the addition of common notions and perhaps of some portion of the received opinions which have been most popular) they flew at once to the most general conclusions, or first principles of science. Taking the truth of these as fixed and immovable, they proceeded by means of intermediate propositions to educe and prove from them the inferior conclusions; and out of these they framed the art. After that, if any new particulars and examples repugnant to their dogmas were mooted and adduced, either they subtly molded them into their system by distinctions or explanations of their rules, or else coarsely got rid of them by exceptions; while to such particulars as were not repugnant they labored to assign causes in conformity with those of their principles. But this was not the natural history and experience that was wanted; far from it. And besides, that flying off to the highest generalities ruined all.

2 Ipsissimæ res. I think this must have been Bacon's meaning, though not a meaning which the word can properly bear. — J. S.

[126] It will also be thought that by forbidding men to pronounce and to set down principles as established until they have duly arrived through the intermediate steps at the highest generalities, I maintain a sort of suspension of the judgment, and bring it to what the Greeks call Acatalepsia — a denial of the capacity of the mind to comprehend truth. But in reality that which I meditate and propound is not Acatalepsia, but Eucatalepsia; not denial of the capacity to understand, but provision for understanding truly. For I do not take away authority from the senses, but supply them with helps; I do not slight the understanding, but govern it. And better surely it is that we should know all we need to know, and yet think our knowledge imperfect, than that we should think our knowledge perfect, and yet not know anything we need to know.

[127] It may also be asked (in the way of doubt rather than objection) whether I speak of natural philosophy only, or whether I mean that the other sciences, logic, ethics, and politics, should be carried on by this method. Now I certainly mean what I have said to be understood of them all; and as the common logic, which governs by the syllogism, extends not only to natural but to all sciences, so does mine also, which proceeds by induction, embrace everything. For I form a history and table of discovery for anger, fear, shame, and the like; for matters political; and again for the mental operations of memory, composition and division, judgment, and the rest; not less than for heat and cold, or light, or vegetation, or the like. But, nevertheless, since my method of interpretation, after the history has been prepared and duly arranged, regards not the working and discourse of the mind only (as the common logic does) but the nature of things also, I supply the mind such rules and guidance that it may in every case apply itself aptly to the nature of things. And therefore I deliver many and diverse precepts in the doctrine of interpretation, which in some measure modify the method of invention according to the quality and condition of the subject of the inquiry.

[128] On one point not even a doubt ought to be entertained, namely, whether I desire to pull down and destroy the philosophy and arts and sciences which are at present in use. So far from that, I am most glad to see them used, cultivated, and honored. There is no reason why the arts which are now in fashion should not continue to supply matter for disputation and ornaments for discourse, to be employed for the convenience of professors and men of business, to be, in short, like current coin, which passes among men by consent. Nay, I frankly declare that what I am introducing will be but little fitted for such purposes as these, since it cannot be brought down to common apprehension save by effects and works only. But how sincere I am in my professions of affection and good will toward the received sciences, my published writings, especially the books on the advancement of learning, sufficiently show; and therefore I will not attempt to prove it further by words. Meanwhile I give constant and distinct warning that by the methods now in use neither can any great progress be made in the doctrines and contemplative part of sciences, nor can they be carried out to any magnitude of works.

[129] It remains for me to say a few words touching the excellency of the end in view. Had they been uttered earlier, they might have seemed like idle wishes, but now that hopes have been raised and unfair prejudices removed, they may perhaps have greater weight. Also if I had finished all myself, and had no occasion to call in others to help and take part in the work, I should even now have abstained from such language lest it might be taken as a proclamation of my own deserts. But since I want to quicken the industry and rouse and kindle the zeal of others, it is fitting that I put men in mind of some things.

In the first place, then, the introduction of famous discoveries appears to hold by far the first place among human actions; and this was the judgment of the former ages. For to the authors of inventions they awarded divine honors, while to those who did good service in the state (such as founders of cities and empires, legislators, saviors of their country from long endured evils, quellers of tyrannies, and the like) they decreed no higher honors than heroic. And certainly if a man rightly compare the two, he will find that this judgment of antiquity was just. For the benefits of discoveries may extend to the whole race of man, civil benefits only to particular places; the latter last not beyond a few ages, the former through all time. Moreover, the reformation of a state in civil matters is seldom brought in without violence and confusion; but discoveries carry blessings with them, and confer benefits without causing harm or sorrow to any.

Again, discoveries are as it were new creations, and imitations of God's works, as the poet well sang:. To man's frail race great Athens long ago First gave the seed whence waving harvests grow, And re-created all our life below.

And it appears worthy of remark in Solomon that, though mighty in empire and in gold, in the magnificence of his works, his court, his household, and his fleet, in the luster of his name and the worship of mankind, yet he took none of these to glory in, but pronounced that "The glory of God is to conceal a thing; the glory of the king to search it out.". Again, let a man only consider what a difference there is between the life of men in the most civilized province of Europe, and in the wildest and most barbarous districts of New India; he will feel it be great enough to justify the saying that "man is a god to man," not only in regard to aid and benefit, but also by a comparison of condition. And this difference comes not from soil, not from climate, not from race, but from the arts.

Again, it is well to observe the force and virtue and consequences of discoveries, and these are to be seen nowhere more conspicuously than in those three which were unknown to the ancients, and of which the origin, though recent, is obscure and inglorious; namely, printing, gunpowder, and the magnet. For these three have changed the whole face and state of things throughout the world; the first in literature, the second in warfare, the third in navigation; whence have followed innumerable changes, insomuch that no empire, no sect, no star seems to have exerted greater power and influence in human affairs than these mechanical discoveries.

Further, it will not be amiss to distinguish the three kinds and, as it were, grades of ambition in mankind. The first is of those who desire to extend their own power in their native country, a vulgar and degenerate kind. The second is of those who labor to extend the power and dominion of their country among men. This certainly has more dignity, though not less covetousness. But if a man endeavor to establish and extend the power and dominion of the human race itself over the universe, his ambition (if ambition it can be called) is without doubt both a more wholesome and a more noble thing than the other two. Now the empire of man over things depends wholly on the arts and sciences. For we cannot command nature except by obeying her.

Again, if men have thought so much of some one particular discovery as to regard him as more than man who has been able by some benefit to make the whole human race his debtor, how much higher a thing to discover that by means of which all things else shall be discovered with ease! And yet (to speak the whole truth), as the uses of light are infinite in enabling us to walk, to ply our arts, to read, to recognize one another — and nevertheless the very beholding of the light is itself a more excellent and a fairer thing than all the uses of it — so assuredly the very contemplation of things as they are, without superstition or imposture, error or confusion, is in itself more worthy than all the fruit of inventions.

Lastly, if the debasement of arts and sciences to purposes of wickedness, luxury, and the like, be made a ground of objection, let no one be moved thereby. For the same may be said of all earthly goods: of wit, courage, strength, beauty, wealth, light itself, and the rest. Only let the human race recover that right over nature which belongs to it by divine bequest, and let power be given it; the exercise thereof will be governed by sound reason and true religion.

[130] And now it is time for me to propound the art itself of interpreting nature, in which, although I conceive that I have given true and most useful precepts, yet I do not say either that it is absolutely necessary (as if nothing could be done without it) or that it is perfect. For I am of the opinion that if men had ready at hand a just history of nature and experience, and labored diligently thereon, and if they could bind themselves to two rules — the first, to lay aside received opinions and notions; and the second, to refrain the mind for a time from the highest generalizations, and those next to them — they would be able by the native and genuine force of the mind, without any other art, to fall into my form of interpretation. For interpretation is the true and natural work of the mind when freed from impediments. It is true, however, that by my precepts everything will be in more readiness, and much more sure.

Nor again do I mean to say that no improvement can be made upon these. On the contrary, I regard that the mind, not only in its own faculties, but in its connection with things, must needs hold that the art of discovery may advance as discoveries advance.

END OF BOOK ONE

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