Novum Organon Bilingüe A (aforismo 1 a 75)

EL NUEVO ÓRGANO, O REGLAS VERDADERAS PARA LA INTERPRETACIÓN DE LA NATURALEZA (1620) Francis Bacon (1561-1626)

PREFACIO DEL AUTOR

[FALTANTE]

AFORISMOS

LIBRO PRIMERO

[1] El hombre, servidor e intérprete de la naturaleza, ni obra ni comprende más que en proporción de sus descubrimientos experimentales y racionales sobre las leyes de esta naturaleza; fuera de ahí, nada sabe ni nada puede.

[2] Ni la mano sola ni el espíritu abandonado a sí mismo tienen gran potencia; para realizar la obra se requieren instrumentos y auxilios que tan necesarios son a la inteligencia como a la mano. Y de la misma suerte que los instrumentos físicos aceleran y regulan el movimiento de la mano, los instrumentos intelectuales facilitan o disciplinan el curso del espíritu.

[3] La ciencia del hombre es la medida de su potencia, porque ignorar la causa es no poder producir el efecto. No se triunfa de la naturaleza sino obedeciéndola, y lo que en la especulación lleva el nombre de causa conviértese en regla en la práctica.

[4] Toda la industria del hombre estriba en aproximar las sustancias naturales unas a otras o en separarlas; el resto es una operación secreta de la naturaleza.

[5] Los que habitualmente se ocupan en operaciones naturales, son: el mecánico, el médico, el matemático, el alquimista y el mago; pero todos (en el estado actual de las cosas) lo hacen con insignificante esfuerzo y mediano éxito.

[6] Sería disparatada creencia, que se destruiría por sí misma, esperar que lo que jamás se ha hecho pueda hacerse, a no ser por medios nunca hasta aquí empleados.

[7] La industria manual y la de la inteligencia humana parecen muy variadas, a juzgar por los oficios y los libros. Pero toda esa variedad reposa sobre una sutilidad extrema y la explotación de un reducido número de experiencias que han llamado la atención, y no sobre una abundancia suficiente de principios generales.

[8] Hasta aquí todos nuestros descubrimientos se deben más bien a la casualidad y a las enseñanzas de la práctica que a las ciencias; pues las ciencias que hoy poseemos no son otra cosa que cierto arreglo de descubrimientos realizados. Las ciencias hoy no nos enseñan ni a hacer nuevas conquistas ni a extender nuestra industria.

[9] El principio único y la raíz de casi todas las imperfecciones de las ciencias es que, mientras tanto que admiramos y exaltamos falsamente las fuerzas del humano espíritu, no buscamos en modo alguno los verdaderos auxiliares.

[10] La naturaleza es diferentemente sutil que nuestros sentidos y nuestro espíritu; de suerte que todas nuestras bellas meditaciones y especulaciones, todas las teorías por el hombre imaginadas, son cosas peligrosas, a menos, sin embargo, que estemos sobre aviso.

[11] De la propia suerte que las ciencias en su estado actual no pueden servir para el progreso de la industria, la lógica que hoy tenemos no puede servir para el adelanto de la ciencia.

[12] La lógica en uso es más propia para conservar y perpetuar los errores que se dan en las nociones vulgares que para descubrir la verdad; de modo que es más perjudicial que útil.

[13] No se pide al silogismo los principios de la ciencia; en vano se le pide las leyes intermedias, porque es incapaz de abarcar la naturaleza en su sutilidad; liga el espíritu, pero no las cosas.

[14] El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental), son confusas debidas a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenernos, pues, confianza más que en una legítima inducción.

[15] Nuestras nociones generales, sea en física, sea en lógica, nada tienen de exactas; las que tenemos de la sustancia, de la calidad, de la acción, la pasión, del ser mismo, no están bien fundadas; menos lo están aún las que expresan los términos: lo grave, lo ligero, lo denso, lo raro, lo húmedo, lo seco, generación, corrupción, atraer, repeler, elemento, materia, forma, y otros de igual naturaleza, todas estas ideas provienen de la imaginación y están mal definidas.

[16] Las nociones de las especies últimas, como las de hombre, perro, paloma, y las de las percepciones inmediatas de los sentidos, como el frío, el calor, lo blanco, lo negro, no pueden inducimos a gran error; y sin embargo, la movilidad de la materia y la mezcla de las cosas las encuentran a veces defectuosas. Todas las otras nociones que, hasta aquí ha puesto en juego el espíritu humano, son verdaderas aberraciones y no han sido deducidas de la realidad por una abstracción y procedimientos legítimos.

[17] Las leyes generales no han sido establecidas con más método y precisión que las nociones; esto es cierto aun para los primeros principios que da la inducción vulgar. Este defecto es, sobre todo, apreciable en los principios y en las leyes secundarias deducidos por el silogismo.

[18] Hasta aquí, los descubrimientos de la ciencia afectan casi todos el carácter de depender de las nociones vulgares; para penetrar en los secretos y en las entrañas de la naturaleza, es preciso que, tanto las nociones como los principios, sean arrancados de la realidad por un método más cierto y más seguro, y que el espíritu emplee en todo mejores procedimientos.

[19] Ni hay ni puede haber más que dos vías para la investigación y descubrimiento de la verdad: una que, partiendo de la experiencia y de los hechos, se remonta en seguida a los principios más generales, y en virtud de esos principios que adquieren una autoridad incontestable, juzga y establece las leyes secundarias (cuya vía es la que ahora se sigue), y otra, que de la experiencia y de los hechos deduce las leyes, elevándose progresivamente y sin sacudidas hasta los principios más generales que alcanza en último término. Esta es la verdadera vía, pero jamás se la ha puesto en práctica.

[20] La inteligencia, abandonada a sí misma sigue la primera de dichas vías, que es también el camino trazado por la dialéctica; el espíritu, en efecto, arde en deseos de llegar a los primeros principios para descansar; apenas ha gustado la experiencia cuando la desdeña; pero la dialéctica ha desenvuelto singularmente todas esas malas tendencias para dar más brillo a la argumentación.

[21] La inteligencia, abandonada a sí misma en un espíritu prudente, paciente y reflexivo, sobre todo cuando no está cohibido por las doctrinas recibidas, intenta también tomar el otro camino, que es el cierto; pero con poco éxito, pues el espíritu sin regla ni apoyo es muy desigual y completamente incapaz de penetrar las sombras de la naturaleza.

[22] Uno y otro método parten de la experiencia y de los hechos, y se apoyan en los primeros principio; pero existe entre ellos una diferencia inmensa, puesto que el uno sólo desflora deprisa y corriendo la experiencia y los hechos, mientras que el otro hace de ellos un estudio metódico y profundo; el uno de los métodos, desde el comienzo, establece ciertos principios generales, abstractos e inútiles, mientras que el otro se eleva gradualmente a las leyes que en realidad son más familiares a la naturaleza.

[23] Existe gran diferencia entre los ídolos del espíritu humano y las ideas de la inteligencia divina, es decir, entre ciertas vanas imaginaciones, y las verdaderas marcas y sellos impresos en las criaturas, tal como se les puede descubrir.

[24] Es absolutamente imposible que los principios establecidos por la argumentación puedan extender el campo de nuestra industria, porque la sutilidad de la naturaleza sobrepuja de mil maneras a la sutilidad de nuestros razonamientos. Pero los principios deducidos de los hechos legítimamente y con mesura, revelan e indican fácilmente a su vez hechos nuevos, haciendo fecundas las ciencias.

[25] Los principios hoy imperantes tienen origen en una experiencia superficial y vulgar, y en el reducido número de hechos que por sí mismos se presentan a la vista; no tienen otra profundidad ni extensión más que la de la experiencia; no siendo, pues, de extrañar que carezcan de virtud creadora. Si por casualidad se presenta un hecho que aún no haya sido observado ni conocido, se salva el principio por alguna distinción frívola, cuando sería más conforme a la verdad modificarlo.

[26] Para hacer comprender bien nuestro pensamiento, damos a esas nociones racionales que se transportan al estudio de la naturaleza el nombre de Prenociones de la naturaleza (porque son modos de entender temerarios y prematuros), y a la ciencia que deriva de la experiencia por legítima vía, el nombre de Interpretación de la naturaleza.

[27] Las prenociones tienen potencia suficiente para determinar nuestro asentimiento; ¿no es cierto que si todos los hombres tuviesen una misma y uniforme locura, podrían entenderse todos con bastante facilidad?

[28] Más aún, las prenociones subyugan nuestro asentimiento con más imperio que las interpretaciones, porque recogidas sobre un reducido número de hechos, y sobre aquellos que más familiares nos son, hieren in continenti el espíritu y llenan la imaginación, mientras que las interpretaciones, recogidas aquí y allí sobre hechos muy variados y diseminados, no pueden impresionar súbitamente el espíritu, y deben sucesivamente parecernos muy penosas y extrañas de recibir, casi tanto como los misterios de la fe.

[29] En las ciencias, en que sólo las opiniones y las máximas están en juego, las prenociones y la dialéctica son de gran uso, porque es del espíritu del que se ha de triunfar, y no de la naturaleza.

[30] Aun cuando todas las inteligencias de todas las edades aunasen sus esfuerzos e hicieran concurrir todos sus trabajos en el transcurso del tiempo, poco podrían avanzar las ciencias con la ayuda de las prenociones, porque los ejercicios mejores y la excelencia de los remedios empleados, no pueden destruir errores radicales, y que han tomado carta de naturaleza en la constitución misma del espíritu.

[31] Es en vano esperar gran provecho en las ciencias, injertando siempre sobre el antiguo tronco; antes al contrario, es preciso renovarlo todo, hasta las raíces más profundas, a menos que no se quiera dar siempre vueltas en el mismo círculo y con un progreso sin importancia y casi digno de desprecio.

[32] No combatimos en modo alguno la gloria de los autores antiguos, dejámosles todo su mérito; no comparamos ni la inteligencia ni el talento, sino los métodos; nuestra misión no, es la del juez, sino la del guía.

[33] Preciso es decirlo con franqueza: no se puede emitir juicio acerca de nuestro método, ni acerca de los descubrimientos por él realizados, en nombre de las prenociones (es decir, de la razón, tal como actualmente se la entiende), pues no puede pretenderse que se reconozca como autoridad aquello mismo que se quiere juzgar.

[34] Explicar y hacer comprender lo que pretendemos, no es cosa fácil, pues jamás se comprende lo que es nuevo, sino por analogía con lo que es viejo.

[35] Borgia dijo de la expedición de los franceses a Italia que habían ido hierro en mano para marcar las posadas y no con armas para forzarlas; de esta suerte quiero yo dejar penetrar mi doctrina en los espíritus dispuestos y propicios a recibirla; no conviene intentar conversar cuando hay disentimiento sobre los principios, las nociones fundamentales y las formas de la demostración.

[36] El único medio de que disponemos para hacer apreciar nuestros pensamientos, es el de dirigir las inteligencias hacia el estudio de los hechos, de sus series y de sus órdenes, y obtener de ellas que por algún tiempo renuncien al uso de las nociones y empiecen a practicar la realidad.

[37] En su comienzo, tiene nuestro método gran analogía con los procedimientos de los que defendían la acatalepsia; pero, en fin de cuentas, hay entre ellos y nosotros diferencia inmensa y verdadera oposición. Afirman ellos sencillamente que nada puede saberse; afirmamos nosotros que no puede saberse mucho de lo que a la naturaleza concierne, con el método actualmente en uso; pero por ello quitan los partidarios de la acatalepsia toda autoridad a la inteligencia y a los sentidos; y nosotros, al contrario, procuramos y damos auxiliares a una y a otros.

[38] Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obtenido el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible.

[39] Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano. Para hacernos inteligibles, los designamos con los siguientes nombres: la primera especie de ídolos, es la de los de la tribu; la segunda, los ídolos de la caverna; la tercera, los ídolos del foro; la cuarta, los ídolos del teatro.

[40] La formación de nociones y principios mediante una legítima inducción, es ciertamente el verdadero remedio para destruir y disipar los ídolos; pero sería con todo muy conveniente dar a conocer los ídolos mismos. Existe la misma relación entre un tratado de los ídolos y la interpretación de la naturaleza, que entre el tratado de los sofismas y la dialéctica vulgar.

[41] Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la tribu o el género humano. Se afirma erróneamente que el sentido humano es la medida de las cosas; muy al contrario, todas las percepciones, tanto de los sentidos como del espíritu, tiene más relación con nosotros que con la naturaleza. El entendimiento humano es con respecto a las cosas, como un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de ellos, y de esta suerte los desvía y corrompe.

[42] Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cada uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano, lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de aquellos a quienes cada uno reverencia y admira, ya sea en razón de la diferencia de las impresiones, según que hieran un espíritu prevenido y agitado, o un espíritu apacible y tranquilo y en otras circunstancias; de suerte que el espíritu humano, tal corno está dispuesto en cada uno de los hombres, es cosa en extremo variable, llena de agitaciones y casi gobernada por el azar. De ahí esta frase tan exacta de Heráclito: que los hombres buscan la ciencia en sus particulares y pequeñas esferas, y no en la gran esfera universal.

[43] Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, para significar el comercio y la comunidad de los hombres de que tienen origen. Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo. He aquí por qué la inteligencia, a la que deplorablemente se impone una lengua mal constituida, se siente importunada de extraña manera. Las definiciones y explicaciones de que los sabios acostumbran proveerse y armarse anticipadamente en muchos asuntos, no les libertan por ello de esta tiranía. Pero las palabras hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a controversias e imaginaciones innumerables y vanas.

[44] Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los filósofos y los malos métodos de demostración; llamámosles ídolos del teatro, porque cuantas filosofías hay hasta la fecha inventadas y acreditadas, son, según nosotros, otras tantas piezas creadas y representadas cada una de las que contiene un mundo imaginario y teatral. No hablamos sólo de los sistemas actualmente extendidos, y de las antiguas sectas de filosofía; pues se puede imaginar y componer muchas otras piezas de ese género, y errores completamente diferentes tienen causas casi semejantes. Tampoco queremos hablar aquí sólo de los sistemas de la filosofía universal, sí que también de los principios y de los axiomas de las diversas ciencias, a los que la tradición, una fe ciega y la irreflexión, han dado toda la autoridad. Pero es preciso hablar más extensa y explícitamente de cada una de esas especies de ídolos, para que el espíritu humano pueda preservarse de ellos.

[45] El espíritu humano se siente inclinado naturalmente a suponer en las cosas más orden y semejanza del que en ellas encuentra; y mientras que la naturaleza está llena de excepciones y de diferencias, el espíritu ve por doquier armonía, acuerdo y similitud. De ahí la ficción de que todos los cuerpos celestes describen al moverse círculos perfectos; de las líneas espirales y tortuosas, sólo se admite el nombre. De ahí la introducción del elemento del fuego y de su órbita, para completar la simetría con los otros tres que descubre la experiencia. De ahí también la suposición de que son los elementos, siguiendo una escala de progresión ascendente, diez veces más ligeras unos que otros; y de ahí, finalmente, tantos otros sueños de este género. Y no son sólo los principios los que se puede encontrar quiméricos, sí que también las mismas nociones.

[46] El espíritu humano, una vez que lo han reducido ciertas ideas, ya sea por su encanto, ya por el imperio de la tradición y de la fe que se les presta, vese obligado a ceder a esas ideas poniéndose de acuerdo con ellas; y aunque las pruebas que desmienten esas ideas sean muy numerosas y concluyentes, el espíritu o las olvida, o las desprecia, o por una distinción las aparta y rechaza, no sin grave daño; pero preciso le es conservar incólume toda la autoridad de sus queridos prejuicios. Me agrada mucho la respuesta de aquel a quien enseñándole colgados en la pared de un templo los cuadros votivos de los que habían escapado del peligro de naufragar, como se les apremiara a declarar en presencia de tales testimonios si reconocía la providencia de los dioses, contestó: «¿Pero dónde se han pintado los que, a pesar de sus oraciones, perecieron?» Así es como procede toda superstición, astrología, interpretación de los ensueños, adivinación, presagios; los hombres, maravillados de esas especies de quimeras, tornan nota de las predicciones realizadas; pero de las otras, más numerosas, en que el hecho no se realizan, prescinden por completo. Es éste un azote que penetra más sutilmente aún la filosofía y las ciencias; desde el punto en que un dogma es recibido en ellos, desnaturaliza cuanto le es contrario, sean los que fuesen la fuerza y la razón que se les opongan, y las somete a su antojo. Y aun cuando el espíritu no tuviere, ni ligereza, ni debilidad, conserva siempre una peligrosa propensión a ser más vivamente impresionado por un hecho positivo, que por un experimento negativo, mientras que regularmente debería prestar tanto crédito a uno como a otro, y que por lo contrario, es principalmente en la experiencia negativa donde se encuentra el fundamento de los verdaderos principios.

[47] Maravíllase el espíritu humano sobre todo de los hechos que se le presentan juntos e instantáneamente, y de que de ordinario está llena la imaginación; una tendencia cierta, pero imperceptible, le inclina a suponer y a creer que todo lo demás se asemeja a aquellos hechos que le asedian; por naturaleza es poco afecto a abordar aquellos experimentos desusados y que se apartan de las sendas trazadas en que los principios vienen a probarse como al fuego; es además poco hábil para tratarlos a menos que reglas de hierro y una autoridad inexorable no le obliguen a ello.

[48] El espíritu humano se escapa sin cesar y jamás puede encontrar ni descanso ni límites; siempre busca más allá, pero en vano. Por eso es por lo que no puede comprenderse que el mundo termine en alguna parte, e imaginar límites sin concebir alguna cosa hacia el otro lado. Por eso es también por lo que no se puede comprender cómo haya transcurrido una eternidad hasta el día, pues la distinción que habitualmente se emplea del infinito anterior y el infinito posterior (infinitum a parte ante y a parte post) es de todo punto insostenible, pues se deduciría de ello que hay un infinito mayor que otro infinito, que lo infinito tiene término y se convierte así en finito. La divisibilidad hasta lo infinito de la línea nos lleva a una confusión semejante que proviene del movimiento sin término del pensamiento. Pero donde esa impotencia para detenerse originan los mayores inconvenientes es en la investigación de las causas; pues mientras que las leyes más generales de la naturaleza deban ser hechos primitivos (como lo son en efecto), y cuya causa no existe, realmente el espíritu humano, que no puede detenerse en parte alguna, busca todavía algo más claro que esos hechos. Pero sucede entonces que queriendo remontarse más en la naturaleza, desciende hacia el hombre, al dirigirse a las causas finales, causas que existen más en nuestra mente que en la realidad, y cuyo estudio ha corrompido de rara manera la filosofía. Hay tanta impericia y ligereza en investigar la causa de los hechos más generales, como en no investigar la de los hechos que tiene el carácter de secundarios y derivados.

[49] El espíritu humano no recibe con sinceridad la luz de las cosas, sino que mezcla a ella su voluntad y sus pasiones; así es como se hace una ciencia a su gusto, pues la verdad que más fácilmente admite el hombre es la que desea. Rechaza las verdades difíciles de alcanzar, a causa de su impaciencia por llegar al resultado; los principios que le restringen porque ponen límites a su esperanza; las más altas leyes de la naturaleza, porque contrarían sus supersticiones; la luz de la experiencia, por soberbia, arrogancia, porque no aparezca su inteligencia ocupándose en objetos despreciables y fugitivos; las ideas extraordinarias, porque hieren las opiniones vulgares; en fin, innumerables y secretas pasiones llegan al espíritu por todas partes y corrompen el juicio.

[50] Pero la fuente más grande de errores y dificultades para el espíritu humano se encuentra en la grosería, la imbecilidad y las aberraciones de los sentidos, que dan a las cosas que les llama la atención más importancia que a aquellas que no se la llaman inmediatamente, aunque las últimas la tengan en realidad mayor que las otras. No va más allá el espíritu que el ojo; también la observación de lo que es invisible es completamente nula o poco menos. Por esto todas las operaciones de los espíritus en los cuerpos tangibles nos escapan y quedan ignoradas. No advertimos tampoco en las cosas visibles los cambios insensibles de estado, que de ordinario llamamos alteraciones, y que son en efecto un transporte de las partes más tenues. Y sin embargo, si no se conoce y saca a luz esas operaciones y esos cambios, nada grande puede producirse en la naturaleza en materia de industria. Por otra parte, la naturaleza del aire y de todos los cuerpos más ligeros que el aire (y hay muchos) nos es casi por completo desconocida. Los sentidos por sí mismos son muy limitados y con frecuencia nos engañan, y los instrumentos no pueden darles mucho alcance y finura; pero toda verdadera interpretación de la naturaleza descansa sobre el examen de los hechos y sobre las experiencias preparadas y concluyentes; en este método, los sentidos juzgan de la experiencia solamente, y la experiencia de la naturaleza y del objeto por conocer.

[51] El espíritu humano por naturaleza es inclinado a las abstracciones y considera como estable lo que está en continuo cambio. Es preferible fraccionar la naturaleza que abstraerla; esto es lo que hace la escuela de Demócrito, que ha penetrado mejor que cualquiera otra en la naturaleza. Lo que hay que considerar es la materia, sus estados y sus cambios de estado, sus operaciones fundamentales, y las leyes de la operación o del movimiento; en cuanto a las formas, son invenciones del espíritu humano, a menos que se quiera dar el nombre de formas a esas leyes de las operaciones corporales.

[52] He ahí los ídolos que nosotros llamamos de la tribu, que tienen su origen o en la regularidad inherente a la esencia del humano espíritu, en sus prejuicios, en su limitado alcance, en su continua inestabilidad, en su comercio con las pasiones, en la imbecilidad de los sentidos, o en el modo de impresión que recibimos de las cosas.

[53] Los ídolos de la caverna provienen de la constitución de espíritu y de cuerpo particular a cada uno, y también de la educación de la costumbre, de las circunstancias. Esta especie de errores es muy numerosa y variada; indicaremos, sin embargo, aquellos contra los que es más preciso precaverse, y que más perniciosa influencia tienen sobre el espíritu, al cual corrompen.

[54] Gustan los hombres de las ciencias y los estudios especiales, bien porque se crean sus autores o inventores, o bien porque les hayan consagrado muchos esfuerzos y se hayan familiarizado particularmente con ellos. Cuando los hombres de esta clase se inclinan hacia la filosofía y las teorías generales, las corrompen y alteran a consecuencia de sus estudios favoritos. Obsérvase esto claramente en Aristóteles, que esclavizó de tal suerte la filosofía natural a su lógica que hizo de la primera una ciencia poco menos que vana y un campo de discusiones. Los químicos, con algunos ensayos en el hornillo, han construido una filosofía imaginaria y de limitado alcance; mas, Gilberto, después de haber observado las propiedades del imán con atención exquisita, se hizo in continenti una filosofía en armonía perfecta con el objeto de que su espíritu estaba poseído.

[55] La distinción más grave y en cierto modo, fundamental, que se observa en las inteligencias, relativa a la filosofía y a las ciencias, es que unos tienen mayor actitud y habilidad para apreciar las diferencias de las cosas, y otros para apreciar las semejanzas. Los espíritus fuertes y penetrantes pueden fijar y concentrar su atención sobre las diferencias aun las más sutiles; los espíritus elevados y que razonan, distinguen y reúnen las semejanzas más insignificantes y generales de los seres: una y otra clase de inteligencia cae fácilmente en el exceso, percibiendo o puntos o sombras.

[56] Hay espíritus llenos de admiración por todo lo antiguo, otros de pasión y arrastrados por la novedad; pocos hay de tal suerte constituidos que puedan mantenerse en un justo medio y que no vayan a batir en brecha lo que los antiguos fundaron de bueno y se abstengan de despreciar lo que de razonable aportan a su vez los modernos. No sin gran perjuicio para la filosofía y las ciencias, se hacen los espíritus más bien partidarios que jueces de lo antiguo y de lo nuevo; no es a la afortunada condición de uno u otro siglo, cosa mudable y perecedera, a lo que conviene pedir la verdad, sino a la luz de la experiencia y de la naturaleza, que es externa. Preciso es, pues, renunciar a esos entusiasmos y procurar que la inteligencia no reciba de ellos sus convicciones.

[57] El estudio exclusivo de la naturaleza y de los cuerpos en sus elementos, fracciona en pedazos, en cierto modo, la inteligencia; el estudio exclusivo de la naturaleza y de los cuerpos en su composición y en su disposición general, sume al espíritu en una admiración que le enerva. Esto se ve bien claro comparando la escuela de Leucipo y Demócrito con las otras sectas filosóficas: aquélla se preocupa de modo tal de los elementos de las cosas, que olvida los compuestos; las otras, tan extasiadas se quedan ante los compuestos, que no pueden llegar a los elementos. Conviene, pues, que estos estudios sucedan unos a otros y cultivarlos alternativamente, para que la inteligencia sea a la vez vasta y penetrante, y se pueda evitar los inconvenientes que hemos indicado y los ídolos que de ellos provienen.

[58] He aquí las precauciones que es necesario tomar para alejar y disipar los ídolos de la caverna, que provienen ante todo del predominio de ciertos gustos, de la observación excesiva de las desemejanzas o de las semejanzas, de la excesiva admiración a ciertas épocas; en fin, de considerar demasiado estrechamente, o de un modo con exceso parcial las cosas. En general, toda inteligencia, al estudiar la naturaleza, debe desconfiar de sus tendencias y de sus predilecciones, y poner en cuanto a ellas se refiera, extrema reserva, para conservar a la inteligencia toda su sinceridad y pureza.

[59] Los más peligrosos de todos los ídolos, son los del foro, que llegan al espíritu por su alianza con el lenguaje. Los hombres creen que su razón manda en las palabras; pero las palabras ejercen a menudo a su vez una influencia poderosa sobre la inteligencia, lo que hace la filosofía y las ciencias sofisticadas y ociosas. El sentido de las palabras es determinado según el alcance de la inteligencia vulgar, y el lenguaje corta la naturaleza por las líneas que dicha inteligencia aprecia con mayor facilidad. Cuando un espíritu más perspicaz o una observación más atenta quieran transportar esas líneas para armonizar mejor con la realidad, dificúltalo el lenguaje; de donde se origina que elevadas y solemnes controversias de hombres doctísimos, degeneran con frecuencia en disputas sobre palabras, siendo así que valdría mucho más comenzar siguiendo la prudente costumbre de los matemáticos, por cerrar la puerta a toda discusión, definiendo rigurosamente los términos, Sin embargo, en cuanto a las cosas materiales, las definiciones no pueden remediar este mal, porque las definiciones se hacen con palabras, y las palabras engendran las palabras; de tal suerte, que es necesario recurrir a los hechos, a sus series y a sus órdenes, como diremos una vez que hayamos llegado al método y a los principios según los cuales debe fundarse las nociones y las leyes generales.

[60] Los ídolos que son impuestos a la inteligencia por el lenguaje, son de dos especies: o son nombres de cosas que no existen (pues lo mismo que hay cosas que carecen de nombre porque se los ha observado, hay nombres que carecen de cosa y no designan más que sueños de nuestra imaginación), o son nombres de cosas que existen, pero confusas y mal definidas, que reposan en una apreciación de la naturaleza demasiado ligera e incompleta; de la primera especie son las expresiones siguientes: fortuna, primer móvil, orbes planetarios, elemento del fuego, y otras ficciones de idéntica naturaleza, cuya raíz está en falsas y vanas teorías.

Esa especie de ídolos, es la que con mayor facilidad se destruye, pues se la puede reducir a la nada, permaneciendo resuelta y constantemente alejada de las teorías.

Pero la otra especie, formada por una abstracción torpe y viciosa, ata más perfectamente nuestro espíritu en el que tiene hondas raíces. Escojamos, por ejemplo, esta expresión, lo húmedo, y veamos qué relación existe entre los diversos objetos que significa; veremos que esa expresión es el signo confuso de diversas acciones que no tienen relación verdadera y no pueden reducirse a una sola.

Pues entendemos con ella, lo que en sí es indeterminado y carece de consistencia, lo que se extiende fácilmente alrededor de otro cuerpo, lo que fácilmente cede de todos lados, lo que se divide y se dispersa con facilidad; lo que se une y se reúne fácilmente, lo que fácilmente corre y se pone en movimiento; lo que se adhiere fácilmente a otro cuerpo y lo humedece; lo que se funde fácilmente y se reduce a líquido, cuando ha tomado una forma sólida. He aquí por qué cuando se aplica esta expresión, si la tomáis en un sentido, la llama es húmeda, si en otro, el aire no es húmedo; en un tercero, el polvillo es húmedo; en otro, el vidrio es húmedo; de manera que se reconoce sin esfuerzo que esta noción ha sido tomada del agua y de los líquidos comunes y vulgares, precipitadamente y sin ninguna precaución para comprobar su propiedad.

En las palabras hay ciertos grados de imperfección y de error. El género menos imperfecto de todos es el de los nombres que designan alguna substancia determinada, sobre todo en las especies inferiores, y cuya existencia está bien establecida (pues tenemos de la creta, del barro, una noción exacta; de la tierra una falsa); una clase más imperfecta es la de los nombres de acciones, como engendrar, corromper, alterar; la más imperfecta de todas es la de los nombres de cualidades (a excepción de los objetos inmediatos de nuestras sensaciones) como lo grave, lo blando, lo ligero, lo duro, etc. Sin embargo, entre todas esas diversas clases, no es difícil encontrar nociones mejores unas que otras, según la extensión de la experiencia que ha impresionado los sentidos.

[61] En cuanto a los ídolos del teatro, no son innatos en nosotros, ni furtivamente introducidos en el espíritu sino que son las fábulas de los sistemas y los malos métodos de demostración los que nos los imponen. Intentar refutarlos no sería ser consecuente con lo que antes hemos expuesto. Como no estamos de acuerdo ni sobre los principios, ni sobre el modo de demostración, toda argumentación es imposible. Buena fortuna es nada quitar a la gloria de los antiguos. Y en nada atacamos su mérito, puesto que aquí se trata exclusivamente de una cuestión de método. Como dice el proverbio: antes llega el cojo que está en buen camino, que el corredor que no está en él. Es también evidente que cuando se va por camino extraviado, tanto más se desvía uno, cuanto es más hábil y ligero.

Es tal nuestro método de descubrimientos científicos, que no deja gran cosa a la penetración y al vigor de las inteligencias, antes bien las hace a todas aproximadamente iguales. Para trazar una línea recta o describir un círculo perfecto, la seguridad de la mano y el ejercicio, entran por mucho en ello, si nos servimos de la mano sola; pero son de poca o ninguna importancia si empleamos la regla o el compás: así ocurre en nuestro método. Pero aunque de nada sirva refutar cada sistema en particular, conviene decir, no obstante, una palabra de las sectas en general y de sus teorías, de los signos por que puede juzgárselas y que las condenan, y tratar un poco de las causas de tan gran fracaso y de un acuerdo tan prolongado y general en el error, para facilitar el acceso a la verdad, y para que el, humano espíritu se purifique de mejor grado y arroje los ídolos.

[62] Los ídolos del teatro, o de los sistemas, son numerosos: pueden serlo más aún, y lo serán tal vez un día; pues si durante muchos siglos los espíritus no hubiesen sido absorbidos por la religión y la teología; si los Gobiernos, y sobre todo las monarquías, no hubiesen sido enemigos de ese género de novedades, aún puramente especulativos hasta punto tal, que los hombres no podían entregarse a ellas sin riesgo ni peligros, sin reportar beneficio alguno, antes bien, exponiéndose por ello al desprecio y al odio, hubiérase visto nacer sin duda alguna, muchas otras sectas de filosofía semejantes a las que en otro tiempo florecieron en Grecia con gran variedad. De la misma suerte que sobre los fenómenos del espacio etéreo se puede formular varios temas celestes, sobre los fenómenos de la filosofía, aún con mayor facilidad se puede organizar teorías diversas, teniendo las piezas de este teatro con las de los poetas el carácter común de presentar los hechos en las narraciones mejor ordenadas y con más elegancia que las narraciones verídicas de la historia, y de ofrecerlos tal corno si fueran hechos a medida del deseo.

En general, dan esos sistemas por base a la filosofía algunos hechos de los que se exige demasiado, o muchos hechos a los que se exige muy poco; de suerte que, tanto en uno como en otro caso, la filosofía descansa sobre una base excesivamente estrecha de experiencia y de historia natural, y sus conclusiones derivan de datos legítimamente demasiado restringidos. Los racionalistas se apoderan de varios experimentos, los más vulgares, que no comprueban con escrúpulo ni examinan con mucho cuidado, y ponen todo el resto en la meditación y las evoluciones del espíritu.

Hay otra suerte de filósofos que, versados exclusivamente en un reducido número de conocimientos en que se absorbe su espíritu, se atreven a deducir de ellos toda una filosofía, reduciéndolo todo de viva fuerza y de rara manera a su explicación favorita.

Una tercera especie de filósofos existe, que introduce en la filosofía la teología y las tradiciones, en nombre de la fe y de la autoridad. De entre éstos, algunos han llevado la locura hasta pedir la ciencia por invocaciones a los espíritus y a los genios.

Así, pues, todas las falsas filosofías se reducen a tres clases: la sofística, la empírica y la supersticiosa.

[63] Un ejemplo muy manifiesto del primer género, se observa en Aristóteles que ha corrompido la filosofía natural, por su dialéctica; construye el mundo con sus categorías; atribuido al alma humana esa noble substancia, una naturaleza expresada por términos de segunda intención; zanjado la cuestión de lo denso y de lo raro que dan a los cuerpos mayores o menores dimensiones en extensión, por la pobre distinción de la potencia y del acto; dado a cada cuerpo un movimiento único y particular, y afirmado que, cuando un cuerpo participa de un segundo movimiento, proviene éste del exterior, e impuesto a la naturaleza otra infinidad de leyes arbitrarias. Siempre han atendido más a dar cierto aparato de lógica a sus respuestas y dar al espíritu algo de positivo en los términos, que de penetrar en la realidad, esto es lo que más llama la atención comparando su filosofía con los. otros sistemas en predicamento entre los griegos. En efecto: las homeomerías de Anaxágoras, los átomos de Leucipo y Demócrito, el cielo y la tierra de Parménides, el odio y la amistad de Empédocles, la resolución de los cuerpos en el elemento indiferente del fuego, y su vuelta al estado de densidad, de Heráclito, revelan su filosofía natural, y tienen cierto sabor de experiencia y realidad, mientras que la física de Aristóteles, no contiene de ordinario otra cosa más que los términos de su dialéctica, dialéctica que más tarde rehízo bajo el nombre más solemne de metafísica, en la que, según él, debían desaparecer por completo los términos ante la realidad. Y nadie se maraville acordándose de que sus libros sobre los animales, los problemas y otros tratados también, están henchidos de hechos. Había comenzado Aristóteles por establecer principios generales, sin consultar la experiencia y fundar legítimamente sobre ella los principios, Y después de haber decretado a su antojo las leyes de la naturaleza, hizo de la experiencia la esclava violentada de su sistema; de manera que a este título, merece aún más reproches que sus sectarios modernos (los filósofos escolásticos) que han olvidado la experiencia por completo.

[64] Pero la filosofía empírica ha dado a luz opiniones más extrañas y monstruosas que la filosofía sofística y racionalista, porque no se fundaba en la luz de las nociones vulgares (luz débil y superficial, es verdad, pero en cierto modo universal y de gran alcance) sino en los límites estrechos y oscuros de un reducido número de experimentos. Por esto es por lo que semejante filosofía, a los ojos de los que pasan la vida haciendo ese género de experimentos y tienen de ellos infestada la imaginación, digámoslo así, parece verosímil y casi cierta; a los ojos de los otros inadmisible y vana. Encontramos de ello un ejemplo notable en los sistemas de los químicos; pero en la época presente en parte alguna se encontraría, a no ser en la filosofía de Gilberto. Sin embargo, no deja de ser muy importante ponerse en guardia contra tales sistemas, pues prevemos y auguramos ya que, si el espíritu humano excitado por nuestros consejos, seriamente se vuelve hacia la experiencia, despidiéndose de las doctrinas sofísticas, entonces por su precipitación, por su atracción prematura y el salto, o mejor dicho, el vuelo por el que se elevará a las leyes generales y a los principios de las cosas, se le ofrecerá peligro constante de caer en ese género de sistemas, por lo que, desde ahora, debemos salir al paso de ese peligro.

[65] La filosofía corrompida por la superstición e invadida por la teología es el peor de todos los azotes, y el más temible para los sistemas en conjunto o para sus diversas partes. El espíritu humano no es menos accesible a las impresiones de la imaginación que a las de las nociones vulgares. La filosofía sofístíca es batalladora, aprisiona el espíritu en sus, lazos; pero esa otra filosofía, hinchada de írnaginaci4n y que se asemeja a la poesía, engaña mucho más al espíritu. Hay, en efecto, en el hombre, cierta ambición de inteligencia lo mismo que de voluntad, sobre todo en los espíritus elevados. Se encuentran en Grecia ejemplos palpables de ese género de filosofías, particularmente en Pitágoras, en el que es de las más grandes y groseras; en la superstición e Platón y en su escuela, en que es a la vez más manifiesta y peligrosa. Se encuentra también la superstición en ciertas partes de los otros filósofos, en las que se han introducido las formas abstractas, las causas finales y las causas primeras, y en las que se omite las causas medias y otras cosas importantes. Toda precaución para huir de tal peligro es poca; pues la peor cosa del mundo es la apoteosis de los errores, y debe considerarse como el primer azote del espíritu, la autoridad sagrada concedida a vanas ficciones. Algunos modernos han incurrido en ese defecto con tal ligereza, que han intentado fundar la filosofía natural sobre el primer capítulo del Génesis, el libro de Job, y otros tratados de la Santa Escritura, interrogando la muerte en medio de la vida. Es tanto más necesario que la mezcla impura de las cosas divinas y las humanas, sale no sólo una filosofía quimérica, sí que también una religión herética. Es, pues, un precepto muy saludable, contener la intemperancia del espíritu, no dando a la fe sino lo que es materia de fe.

[66] Acabamos de hablar de la mala autoridad de las filosofías que están fundadas en nociones vulgares, en reducido número de experimentos, o sobre la superstición. Pero conviene también decir algunas palabras de la falsa dirección que de ordinario toma la contemplación del espíritu, sobre todo en la filosofía natural. El humano espíritu adquiere falsas ideas al ver lo que antecede en las artes mecánicas, en las que los cuerpos frecuentemente se transforman por composición y reparación. Y se imagina que algo semejante se verifica en las operaciones de la naturaleza. De ahí se ha originado la ficción de los elementos y de su concurso para componer los cuerpos naturales. Por otra parte, cuando contempla el hombre el libre juego de la naturaleza, muy pronto encuentra las especies de las cosas, de los animales, de las plantas, de los minerales; y de ahí va fácilmente a pensar que existen en la naturaleza formas primordiales de las cosas que se esfuerza por realizar en sus obras, y que la variedad de los individuos proviene de los obstáculos que encuentra la naturaleza en su trabajo, de sus aberraciones, o del conflicto de las diversas especies y de una como fusión de las unas con las otras.

La primera idea nos ha valido las cualidades primeras elementales; la segunda, las propiedades ocultas y las virtudes específicas; una y otra llevan a un orden de vanas explicaciones en el que se apoya el espíritu, creyendo juzgar de una sola mirada las cosas y que le apartan de los conocimientos sólidos. Los médicos se consagran con más fruto al estudio de las cualidades segundas de las cosas y al de las operaciones derivadas, como atraer, repeler, disminuir, espesar, dilatar, estrechar, resolver, precipitar y otras semejantes; y sí no corrompieran por esas dos nociones generales de cualidades elementales y de virtudes específicas, todas las que están bien fundadas, refiriendo las cualidades segundas a las cualidades primeras y a sus cuerdas sutiles e inconmensurables; si olvidando proseguirlas hasta las cualidades terceras y cuartas, pero rompiendo torpemente la contemplación, sacarían ciertamente mayor partido de sus ideas. Y no es solamente en las operaciones de las substancias medicinales en donde hay que buscar tales virtudes; todas las operaciones de los cuerpos naturales deben ofrecerlas, si no idénticas, semejantes cuando menos.

Otro inconveniente mayor resulta aún de que se contempla e investiga los principios pasivos de las cosas, de los que se originan los hechos y no los principios activos, por los cuales, los hechos se realizan. Los primeros, en efecto, son buenos para los discursos; los segundos para las operaciones. Esas distinciones vulgares del movimiento en generación, corrupción, aumento, disminución, alteración y transporte, recibidas de la filosofía natural, no son de utilidad alguna. Ved, si no, todo lo que significan: si un cuerpo, sin experimentar otra alteración, cambia de lugar, hay transporte; si, conservando su lugar y su espacio, cambia de calidad, hay alteraciones; si de ese cambio resulta que la masa y la cantidad del cuerpo no es la misma, hay movimiento de aumento o disminución; si resulta cambiado hasta el punto de perder su especie y su substancia tomando otra, hay generación o corrupción. Pero estas son consideraciones completamente vulgares sin raíz en la naturaleza; son sólo las medidas y los períodos, no las especies del movimiento. Nos hacen comprender bien el hasta dónde, pero no el cómo ni de qué fuente. Nada nos dicen de las secretas atracciones o del movimiento insensible de las partes; sólo cuando el movimiento presenta a los sentidos de una manera grosera los cuerpos en otras condiciones que las que antes afectaban, es cuando establecen dicha división. Cuando los filósofos quieren hablar de las causas de los movimientos y dividirlos conforme a sus causas, presentan por toda distinción, con negligencia extraña, la del movimiento natural o violento; distinción enteramente vulgar, pues el movimiento violento no es en realidad más que un movimiento natural, por el cual, un agente exterior pone, por obra suya, un cuerpo en distinto estado del que antes tenía.

Pero, prescindiendo de esas distinciones, si se observa, por ejemplo, que hay en los cuerpos un principio de atracción mutua de suerte que no consienten que la continuidad de la naturaleza se rompa o interrumpa y se produzca el vacío; o si se dice que existe en los cuerpos una tendencia a recobrar su dimensión o extensión naturales, de manera que si se les comprime o se les dilata de uno u otro lado, inmediatamente se esforzarán en entrar en su esfera y recobrar su extensión primitiva; o si se dice que existe en los cuerpos una tendencia a agregarse a las masas de naturaleza semejante, tendiendo los cuerpos densos hacia la órbita de la tierra; los cuerpos ligeros hacia la órbita celeste; esas distinciones y otras semejantes, serán los verdaderos géneros físicos de los movimientos. Los otros, al contrario, son puramente lógicos y escolásticos, como manifiestamente lo prueba la comparación entre las dos especies.

No es tampoco pequeño inconveniente no ocuparse en las filosofías más que en investigar y determinar los primeros principios, y en cierto modo los más remotos extremos de la naturaleza; siendo así que toda la utilidad y los recursos para las operaciones, estriba en el conocimiento de las causas intermedias. Resulta de este defecto, que no cesan los hombres de abstraer la naturaleza, hasta haber llegado a la materia potencial e informe; y por otra parte, no cesan de dividirla hasta que encuentran el átomo. Aun cuando estos resultados fuesen verdaderos, no podrían contribuir mucho a aumentar las riquezas del hombre.

[67] Conviene también tener al espíritu en guardia contra los excesos de los filósofos, en lo que se refiere al fundamento de la certidumbre y las reglas de la duda; pues tales excesos parece como si consolidaran y en cierto modo perpetuaran los ídolos, imposibilitando todo ataque contra ellos.

Hay un doble exceso: el de los que deciden fácilmente y hacen dogmáticas y magistrales las ciencias, y el de los que han introducido la acatalepsia y un examen indefinido y sin término. El primero rebaja la inteligencia; el segundo la enerva. Así, la filosofía de Aristóteles, después de haber, a semejanza de los otomanos que degüellan a sus hermanos, reducido a la nada con implacables refutaciones todas las otras filosofías, estableció dogmas sobre todas las cosas, y formuló seguidamente de modo arbitrario, preguntas que recibieron sus respuestas, para que todo fuese cierto y determinado; uso que desde entonces se ha conservado en aquella escuela.

La escuela de Platón, por su parte, ha introducido la acatalepsia, al principio en burla y por ironía, en odio a los antiguos sofistas, Pitágoras, Hippias y los otros, que nada temían tanto como aparecer dudando sobre alguna cosa. Pero la nueva academia ha hecho un dogma de la acatalepsia, y se ha atenido a ella como verdadero método, con más razón sin duda que aquellos que se tomaban la licencia de resolver sobre todo; pues los académicos decían que ellos no hacían del examen una cosa irrisoria, como Pyrron y los escépticos, sino que sabían bien lo que debían considerar como probable, aunque nada pudiesen considerar corno verdadero. Sin embargo, desde que el espíritu humano ha desesperado una sola vez de conseguir la verdad, todo languidece, y los hombres más bien se dejan arrastrar con facilidad a tranquilas discusiones, y a recorrer con el pensamiento la naturaleza que desfloran, que mantenerse en el rudo trabajo del verdadero método. Pero como hemos dicho desde el principio, y por ello trabajamos incesantemente, no conviene quitar a los sentidos y a la inteligencia del hombre, tan débiles por sí mismos, su autoridad natural, sino prestarle auxilios.

[68] Hemos hablado de cada una de las especies de ídolos y de su vano brillo; conviene por formal y firme resolución, proscribirlos todos, y libertar y purgar definitivamente de ellos al espíritu humano, de tal suerte que no haya otro acceso al reino del hombre, que está fundado en las ciencias, como no lo hay al reino de los cielos, en el cual nadie es dado entrar sino en figura de niño.

[69] Pero las malas demostraciones son como el sostén y las defensoras de los ídolos, y las que en las dialécticas poseemos, no producen otro efecto que el de someter completamente el mundo a los pensamientos del hombre y los pensamientos a las palabras. Pero, por una secreta potencia, las demostraciones son la filosofía y la ciencia misma, Según sean bien o mal establecidas, son en consecuencia la filosofía y las teorías. Las de que nos servimos hoy en todo el trabajo por el cual sacamos experiencias y hechos de las conclusiones, son viciosas e insuficientes. Este trabajo se compone de cuatro partes y presenta otras tantas imperfecciones. En primer lugar, las mismas impresiones de los sentidos son viciosas, pues los sentidos se engañan y son insuficientes. Es necesario rectificar sus errores y suplir su deficiencia. En segundo lugar, las nociones son mal deducidas de las impresiones de los sentidos, son mal definidas y confusas, mientras que conviene determinarlas y definirlas bien. En tercer lugar, es una mala inducción la que deriva los principios de las ciencias de una simple enumeración, sin hacer las exclusiones y las soluciones, o las separaciones de naturaleza necesaria. En fin, ese método de investigación y demostración, que comienza por establecer los principios más generales, para someterles en seguida y conformar ellos las leyes secundarias, es el origen de todos los errores y el azote de las ciencias. Pero ya hablaremos más detalladamente de todo esto, que sólo tocamos de paso, cuando después de haber acabado de purgar el espíritu humano, expongamos el verdadero método para interpretar la naturaleza.

[70] La mejor demostración, es, sin comparación, la experiencia, siempre que se atenga estrictamente a las observaciones. Pues si se extiende una observación a otros hechos que se cree semejantes a menos de emplear en ello mucha prudencia y orden, se engaña uno necesariamente. Además, el actual modo de experiencia es ciego e insensato. Errando los hombres al azar sin rumbo cierto, no aconsejándose más que de las circunstancias fortuitas, encuentran sucesivamente una multitud de hechos, sin que su inteligencia aproveche gran cosa de ello, a las veces quedan maravíllados, otros turbados y perdidos, y siempre encuentran algo que buscar más lejos. Casi siempre se hacen las experiencias con ligereza, como si se jugara; se varía un poco las observaciones recogidas, y sí todo no sale a medida del deseo, se desprecia la experiencia y se renuncia a sus tentativas. Los que se consagran más seriamente a las experiencias con más constancia y labor, consumen sus esfuerzos todos en un orden único de observaciones, como Gilberto con el imán, los químicos con el oro. Obrar de esta suerte es ser muy inexperto y a la vez muy corto de vista, pues nadie busca la naturaleza de la cosa en la cosa misma, sino que al contrario, las investigaciones deben extenderse a objetos más generales.

Los que logran fundar una ciencia y dogma sobre sus experiencias, se apresuran a llegar con un celo intempestivo y prematuro a la práctica; no sólo por la utilidad y el provecho que esta práctica les reporta, sino también por alcanzar en una operación nueva, gajes ciertos de la utilidad de sus otras investigaciones, y también por poder vanagloriarse ante los hombres y darles mejor idea del objeto favorito de sus ocupaciones. Originase de esto, que, semejantes a Atalante, se apartan de su camino para coger la manzana de oro, y que interrumpen su carrera y dejan escapar la victoria de sus manos. Pero en la verdadera carrera de la experiencia, y en el orden según el que deben hacerse operaciones nuevas, es preciso tomar por modelo el orden y la prudencia divina. Dios, el primer día, creó solamente la luz, y consagró a esta obra un día entero, durante el cual no hizo obra material alguna. Pues semejante, en toda investigación, es preciso descubrir ante todo las causas y los principios verdaderos, buscar los experimentos luminosos y no los fructíferos.

Las leyes generales bien descubiertas y bien establecidas, no producen una operación aislada, sino una práctica constante, y llevan tras sí las obras en gran número. Pero ya hablaremos más tarde de las vías de la experiencia, que son no menos obstruidas y dificultosas que las del juicio; en este momento sólo hemos querido hablar de la experimentación vulgar, como de un mal modo de demostración. El orden de las cosas exige que digamos ahora algunas palabras de los signos (mencionados antes) por los que se reconoce que las filosofías y los sistemas en uso nada valen, y sí las causas de un hecho a primera vista tan maravilloso e increíble. El conocimiento de los signos dispone el espíritu a reconocer la verdad, y la explicación de las causas destruye el aparente milagro; ambas a dos son razones bien poderosas para facilitar y hacernos menos violenta la proscripción de los ídolos y su expulsión del espíritu humano.

[71] Las ciencias que tenemos nos vienen de los griegos casi por entero. Lo que los romanos, los árabes y los modernos han añadido a ellas, no es ni considerable ni de gran importancia; y cualquiera que sea el valor de las adiciones, siempre tienen por base las invenciones de los griegos. Pero la sabiduría de los griegos estribaba toda en la enseñanza y se nutría en las discusiones, lo cual constituye el género de filosofía más opuesto a la investigación de la verdad. Por esto es por lo que el dictado de sofistas que los que quisieron ser considerados como filósofos rechazaron despreciativamente haciéndolo caer sobre los antiguos retóricos, Gorgias, Pitágoras, Hippias, Polus, conviene a la familia entera, Platón, Aristóteles, Zenón, Epicuro, Theofrasto, y a sus sucesores Crysípo, Carnéades y los demás. La sola diferencia entre ellos consiste en que los primeros ostentando saber y pidiendo su salario recorrían el mundo y en cierto modo comerciaban, visitando las ciudades,, los otros al contrario, con más solemnidad y generosidad permanecían en lugares fijos, abrían escuelas y enseñaban gratuitamente su filosofía. Pero unos y otros, aunque diferían en ciertos respectos, eran profesores, hacían de la filosofía objetos de discusiones, creaban y sostenían sectas y herejías filosóficas, de suerte que se pudo aplicar a todas sus doctrinas, el epigrama bastante justo de Denys referente a Platón: «Todo eso son discursos de viejos ociosos a jóvenes sin experiencia.» Pero los primeros filósofos de Grecia, Empédocles, Anaxágoras, Leucipo, Demócrito, Parménides, Heráclito, Xenófanes, Filolao y otros (omitimos a Pitágoras como entregado a la superstición), no han, que sepamos, abierto escuelas; sino que se aplicaron a la investigación de la verdad con menos ruido, con más severidad y sencillez; es decir, con menos afectación y ostentación. Por esto obtuvieron mejor resultado, a nuestro entender; pero en el transcurso del tiempo, su obra se destruyó por esas obras más ligeras que respondían mejor al alcance del vulgo y se acomodaban más a sus gustos. El tiempo, como los ríos, arrastró hasta nosotros en su curso todo lo ligero e hinchado, y sumergió cuanto era consistente y sólido.

Y sin embargo, esas mismas inteligencias sólidas, han pagado su tributo al defecto de su país; también ellas fueron solicitadas por la ambición y la vanidad de formar secta y recoger los honores de la celebridad. No hay que confiar en la investigación de la verdad, cuando se entrega a tales miserias; conviene también no olvidar el juicio, o mejor, esta profecía, de un sacerdote egipcio relativo a los griegos: «Siempre serán niños que jamás poseerán la antigüedad de la ciencia, ni la ciencia de la antigüedad.» Y es cierto que tienen los caracteres distintivos de los niños, siempre dispuestos a charlar e incapaces de engendrar; pues su ciencia está toda en las palabras, y es estéril en obras. He aquí por qué el origen de nuestra filosofía, y el carácter del pueblo del que proviene, no son buenos signos en su favor.

[72] El tiempo y la edad en que esta filosofía nació, no son para ella mejores signos que la naturaleza del país y del pueblo que la produjeron.

En aquella época no se tenía más que un conocimiento muy restringido y superficial de los tiempos y del mundo, cosa en extremo inconveniente, sobre todo para aquellos que todo lo reducen a la experiencia. Una historia que apenas se remontaba a mil años, y que no merecía el nombre de historia; fábulas y vagas tradiciones de la antigüedad: he aquí todo lo que tenían. Conocían sólo una pequeña parte de los países y de las regiones del mundo; a todos los pueblos del Norte les llamaban indistintamente Escitas; a todos los del Occidente, Celtas; más allá de las fronteras de Etiopía, las más próximas, nada conocían de África; nada de Asia, más allá del Ganges, conocían menos aún las provincias del nuevo mundo, ni por haber oído hablar de ellas, y menos aún por algún rumor incierto que tuviera algún valor; declaraban inhabitables muchos climas y zonas, en las que vivían y respiraban multitud de pueblos. Se hablaba entonces con elogio, como de cosa muy notable, de los viajes de Demócrito, Platón, Pitágoras, que no alcanzaban por cierto a mucha distancia, y que más bien que el de viajes, merecían el nombre de paseos. En nuestros días, por el contrario, es conocida la mayor parte del nuevo mundo, y conocidas también las regiones extrañas del antiguo, y ha aumentado el número de las observaciones en proporción infinita. Por esto, si a semejanza de los astrólogos, se quiere buscar signos o señales en los tiempos de su nacimiento, nada realmente favorable para esas filosofías se encontrará en ellos.

[73] No hay signo más cierto ni de más consideración, que el que deriva de los resultados. Las invenciones útiles son como garantía y caución de la verdad de las filosofías. Pues bien, ¿podría demostrarse que de todas esas filosofías griegas y de las ciencias especiales que son su corolario, haya resultado durante tantos siglos, una sola experiencia que haya contribuido a mejorar y a aliviar la condición humana, y que se pueda referir ciertamente a las especulaciones y a los dogmas de la filosofía? Celso confiesa con ingenuidad y sabiduría, que se hizo al principio experimentos en medicina, y que los hombres formaron en seguida sistemas sobre aquellas experiencias, buscaron y establecieron las causas de ellas, y que no ocurrieron las cosas en un sentido inverso, pues la inteligencia comenzó por la filosofía y el conocimiento de las causas, deduciendo y creando de ellas experimentos.

He aquí por qué no hay que maravillarse de que los egipcios, que atribuían divinidad a los inventores de las artes, hayan consagrado más animales que hombres, pues los animales, por su natural instinto, han hecho muchos más descubrimientos que el hombre; mientras que los hombres con sus discursos y sus racionales conclusiones, han hecho pocos o ninguno.

Los químicos han obtenido algunos resultados, pero los deben más a circunstancias fortuitas y a las transformaciones de los experimentos, como los mecanismos que a un arte determinado y a una teoría regularmente aplicada; pues la teoría que han imaginado es más a propósito para turbar la experimentación que para reanudarla. Los que se dedican a la magia natural, como se dice, han hecho también algunos descubrimientos, pero de mediana importancia y que se asemejan mucho a la impostura. Así, lo mismo que es un precepto en religión, probar la fe por obras, en filosofía, a la que es precepto, se aplica perfectamente; es preciso juzgar de la doctrina por sus frutos y declarar vana a la que es estéril, y esto con tanta mayor razón, si la filosofía, en vez de los frutos de la viña y del olivo, produce las zarzas y las espinas de las discusiones y las querellas.

[74] Es preciso también pedir señales a los progresos de las filosofías y de las ciencias, pues todo cuanto tiene sus fundamentos en la naturaleza, crece y se desarrolla, y todo cuanto sólo en la opinión se funda, tiene variaciones, pero no crecimiento. Por esto es por lo que, si todas esas doctrinas que se parecen a plantas arrancadas, tuvieran antes bien sus raíces en la naturaleza y hubiesen de ella tomado la savia, no habrían ofrecido el espectáculo que ofrecen; pronto hará dos mil años que las ciencias, detenidas en su marcha, permaneciendo poco menos que en el mismo punto, no han hecho progreso notable. En las artes mecánicas, que tienen por fundamento la naturaleza y la luz de la experiencia, se observa que ocurre todo lo contrario; esas artes, mientras responden a los gustos de los hombres, como animados de cierto soplo, creen y florecen sin cesar, groseras al principio, hábiles luego, delicadas, en fin, pero siempre progresando.

[75] Hay todavía otro signo que apreciar si es que conviene el nombre de signo a lo que más bien debe mirarse como un testimonio, como el más fundado de los testimonios todos: nos referimos a la propia confesión de los autores universalmente hoy respetados. Pues esos mismos hombres que con tanta seguridad hablan de la naturaleza de las cosas, cuando a intervalos entran en sí mismos, prorrumpen en quejas acerca de la sutilidad de la naturaleza, la oscuridad de los hechos y la enfermedad de la inteligencia humana. Si a lo menos esas quejas fueran sinceras, podrían apartar a los más tímidos de emprender nuevas investigaciones, y excitar a nuevos progresos a los espíritus más emprendedores y audaces. Pero no les basta esta confesión de su impotencia: lo que no han conocido o intentado ellos o sus maestros, lo rechazan fuera de los límites de lo posible, lo declaran, como autorizados por reglas infalibles, imposible de conocer o de hacer, armándose con orgullo y envidia extremados de la inconsistencia de sus descubrimientos para calumniar a la naturaleza y sembrar la desesperación en todos los espíritus. Así fue como se formó la nueva academia que profesó la doctrina de la acatalepsia y condenó a la humana inteligencia a eternas tinieblas. Así se acreditó la opinión de que las formas de las cosas o sus verdaderas diferencias, que son en realidad las leyes del acto puro, no pueden ser descubiertos y están fuera del alcance del hombre. De ahí se originó en la filosofía práctica la opinión de que el calor del sol y la del fuego difieren en un todo, con objeto sin duda de que los hombres no crean que podrían, con ayuda del fuego, producir y crear algo semejante a lo que la naturaleza ofrece; y la otra opinión de que la composición tan sólo es obra del hombre, la combinación obra exclusiva de la naturaleza, a fin sin duda de que los hombres no esperen engendrar por arte los cuerpos naturales o transformarlos. Esperamos, pues, que por este signo se persuadirán fácilmente los hombres a no arriesgar sus fortunas y sus trabajos en sistemas no sólo desesperados, si que también de la desesperación engendradores.

THE NEW ORGANON, OR TRUE DIRECTIONS CONCERNING THE INTERPRETATION OF NATURE (1620) by Francis Bacon (1561-1626)

AUTHOR'S PREFACE

[PENDING]

APHORISMS

BOOK ONE

[1] Man, being the servant and interpreter of Nature, can do and understand so much and so much only as he has observed in fact or in thought of the course of nature. Beyond this he neither knows anything nor can do anything.

[2] Neither the naked hand nor the understanding left to itself can effect much. It is by instruments and helps that the work is done, which are as much wanted for the understanding as for the hand. And as the instruments of the hand either give motion or guide it, so the instruments of the mind supply either suggestions for the understanding or cautions.

[3] Human knowledge and human power meet in one; for where the cause is not known the effect cannot be produced. Nature to be commanded must be obeyed; and that which in contemplation is as the cause is in operation as the rule.

[4] Toward the effecting of works, all that man can do is to put together or put asunder natural bodies. The rest is done by nature working within.

[5] The study of nature with a view to works is engaged in by the mechanic, the mathematician, the physician, the alchemist, and the magician; but by all (as things now are) with slight endeavor and scanty success.

[6] It would be an unsound fancy and self-contradictory to expect that things which have never yet been done can be done except by means which have never yet been tried.

[7] The productions of the mind and hand seem very numerous in books and manufactures. But all this variety lies in an exquisite subtlety and derivations from a few things already known, not in the number of axioms.

[8] Moreover, the works already known are due to chance and experiment rather than to sciences; for the sciences we now possess are merely systems for the nice ordering and setting forth of things already invented, not methods of invention or directions for new works.

[9] The cause and root of nearly all evils in the sciences is this — that while we falsely admire and extol the powers of the human mind we neglect to seek for its true helps.

[10] The subtlety of nature is greater many times over than the subtlety of the senses and understanding; so that all those specious meditations, speculations, and glosses in which men indulge are quite from the purpose, only there is no one by to observe it.

[11] As the sciences which we now have do not help us in finding out new works, so neither does the logic which we now have help us in finding out new sciences.

[12] The logic now in use serves rather to fix and give stability to the errors which have their foundation in commonly received notions than to help the search after truth. So it does more harm than good.

[13] The syllogism is not applied to the first principles of sciences, and is applied in vain to intermediate axioms, being no match for the subtlety of nature. It commands assent therefore to the proposition, but does not take hold of the thing.

[14] The syllogism consists of propositions, propositions consist of words, words are symbols of notions. Therefore if the notions themselves (which is the root of the matter) are confused and overhastily abstracted from the facts, there can be no firmness in the superstructure. Our only hope therefore lies in a true induction.
.

[15] There is no soundness in our notions, whether logical or physical. Substance, Quality, Action, Passion, Essence itself, are not sound notions; much less are Heavy, Light, Dense, Rare, Moist, Dry, Generation, Corruption, Attraction, Repulsion, Element, Matter, Form, and the like; but all are fantastical and ill defined.

[16] Our notions of less general species, as Man, Dog, Dove, and of the immediate perceptions of the sense, as Hot, Cold, Black, White, do not materially mislead us; yet even these are sometimes confused by the flux and alteration of matter and the mixing of one thing with another. All the others which men have hitherto adopted are but wanderings, not being abstracted and formed from things by proper methods.

[17] Nor is there less of willfulness and wandering in the construction of axioms than in the formation of notions, not excepting even those very principles which are obtained by common induction; but much more in the axioms and lower propositions educed by the syllogism.

[18] The discoveries which have hitherto been made in the sciences are such as lie close to vulgar notions, scarcely beneath the surface. In order to penetrate into the inner and further recesses of nature, it is necessary that both notions and axioms be derived from things by a more sure and guarded way, and that a method of intellectual operation be introduced altogether better and more certain.

[19] There are and can be only two ways of searching into and discovering truth. The one flies from the senses and particulars to the most general axioms, and from these principles, the truth of which it takes for settled and immovable, proceeds to judgment and to the discovery of middle axioms. And this way is now in fashion. The other derives axioms from the senses and particulars, rising by a gradual and unbroken ascent, so that it arrives at the most general axioms last of all. This is the true way, but as yet untried.

[20] The understanding left to itself takes the same course (namely, the former) which it takes in accordance with logical order. For the mind longs to spring up to positions of higher generality, that it may find rest there, and so after a little while wearies of experiment. But this evil is increased by logic, because of the order and solemnity of its disputations.

[21] The understanding left to itself, in a sober, patient, and grave mind, especially if it be not hindered by received doctrines, tries a little that other way, which is the right one, but with little progress, since the understanding, unless directed and assisted, is a thing unequal, and quite unfit to contend with the obscurity of things.

[22] Both ways set out from the senses and particulars, and rest in the highest generalities; but the difference between them is infinite. For the one just glances at experiment and particulars in passing, the other dwells duly and orderly among them.

The one, again, begins at once by establishing certain abstract and useless generalities, the other rises by gradual steps to that which is prior and better known in the order of nature.

[23] There is a great difference between the Idols of the human mind and the Ideas of the divine. That is to say, between certain empty dogmas, and the true signatures and marks set upon the works of creation as they are found in nature.

[24] It cannot be that axioms established by argumentation should avail for the discovery of new works, since the subtlety of nature is greater many times over than the subtlety of argument. But axioms duly and orderly formed from particulars easily discover the way to new particulars, and thus render sciences active.

[25] The axioms now in use, having been suggested by a scanty and manipular experience and a few particulars of most general occurrence, are made for the most part just large enough to fit and take these in; and therefore it is no wonder if they do not lead to new particulars. And if some opposite instance, not observed or not known before, chance to come in the way, the axiom is rescued and preserved by some frivolous distinction; whereas the truer course would be to correct the axiom itself.

[26] The conclusions of human reason as ordinarily applied in matters of nature, I call for the sake of distinction Anticipations of Nature (as a thing rash or premature). That reason which is elicited from facts by a just and methodical process, I call Interpretation of Nature.

[27] Anticipations are a ground sufficiently firm for consent, for even if men went mad all after the same fashion, they might agree one with another well enough.

[28] For the winning of assent, indeed, anticipations are far more powerful than interpretations, because being collected from a few instances, and those for the most part of familiar occurrence, they straightway touch the understanding and fill the imagination; whereas interpretations, on the other hand, being gathered here and there from very various and widely dispersed facts, cannot suddenly strike the understanding; and therefore they must needs, in respect of the opinions of the time, seem harsh and out of tune, much as the mysteries of faith do.

[29] In sciences founded on opinions and dogmas, the use of anticipations and logic is good; for in them the object is to command assent to the proposition, not to master the thing.

[30] Though all the wits of all the ages should meet together and combine and transmit their labors, yet will no great progress ever be made in science by means of anticipations; because radical errors in the first concoction of the mind are not to be cured by the excellence of functions and subsequent remedies.

[31] It is idle to expect any great advancement in science from the superinducing and engrafting of new things upon old. We must begin anew from the very foundations, unless we would revolve forever in a circle with mean and contemptible progress.

[32] The honor of the ancient authors, and indeed of all, remains untouched, since the comparison I challenge is not of wits or faculties, but of ways and methods, and the part I take upon myself is not that of a judge, but of a guide.

[33] This must be plainly avowed: no judgment can be rightly formed either of my method or of the discoveries to which it leads, by means of anticipations (that is to say, of the reasoning which is now in use); since I cannot be called on to abide by the sentence of a tribunal which is itself on trial.

[34] Even to deliver and explain what I bring forward is no easy matter, for things in themselves new will yet be apprehended with reference to what is old.

[35] It was said by Borgia of the expedition of the French into Italy, that they came with chalk in their hands to mark out their lodgings, not with arms to force their way in. I in like manner would have my doctrine enter quietly into the minds that are fit and capable of receiving it; for confutations cannot be employed when the difference is upon first principles and very notions, and even upon forms of demonstration.

[36] One method of delivery alone remains to us which is simply this: we must lead men to the particulars themselves, and their series and order; while men on their side must force themselves for a while to lay their notions by and begin to familiarize themselves with facts.

[37] The doctrine of those who have denied that certainty could be attained at all has some agreement with my way of proceeding at the first setting out; but they end in being infinitely separated and opposed. For the holders of that doctrine assert simply that nothing can be known. I also assert that not much can be known in nature by the way which is now in use. But then they go on to destroy the authority of the senses and understanding; whereas I proceed to devise and supply helps for the same.

[38] The idols and false notions which are now in possession of the human understanding, and have taken deep root therein, not only so beset men's minds that truth can hardly find entrance, but even after entrance is obtained, they will again in the very instauration of the sciences meet and trouble us, unless men being forewarned of the danger fortify themselves as far as may be against their assaults.

[39] There are four classes of Idols which beset men's minds. To these for distinction's sake I have assigned names, calling the first class Idols of the Tribe; the second, Idols of the Cave; the third, Idols of the Market Place; the fourth, Idols of the Theater.

[40] The formation of ideas and axioms by true induction is no doubt the proper remedy to be applied for the keeping off and clearing away of idols. To point them out, however, is of great use; for the doctrine of Idols is to the interpretation of nature what the doctrine of the refutation of sophisms is to common logic.

[41] The Idols of the Tribe have their foundation in human nature itself, and in the tribe or race of men. For it is a false assertion that the sense of man is the measure of things. On the contrary, all perceptions as well of the sense as of the mind are according to the measure of the individual and not according to the measure of the universe. And the human understanding is like a false mirror, which, receiving rays irregularly, distorts and discolors the nature of things by mingling its own nature with it.

[42] The Idols of the Cave are the idols of the individual man. For everyone (besides the errors common to human nature in general) has a cave or den of his own, which refracts and discolors the light of nature, owing either to his own proper and peculiar nature; or to his education and conversation with others; or to the reading of books, and the authority of those whom he esteems and admires; or to the differences of impressions, accordingly as they take place in a mind preoccupied and predisposed or in a mind indifferent and settled; or the like. So that the spirit of man (according as it is meted out to different individuals) is in fact a thing variable and full of perturbation, and governed as it were by chance. Whence it was well observed by Heraclitus that men look for sciences in their own lesser worlds, and not in the greater or common world.

[43] There are also Idols formed by the intercourse and association of men with each other, which I call Idols of the Market Place, on account of the commerce and consort of men there. For it is by discourse that men associate, and words are imposed according to the apprehension of the vulgar. And therefore the ill and unfit choice of words wonderfully obstructs the understanding. Nor do the definitions or explanations wherewith in some things learned men are wont to guard and defend themselves, by any means set the matter right. But words plainly force and overrule the understanding, and throw all into confusion, and lead men away into numberless empty controversies and idle fancies.

[44] Lastly, there are Idols which have immigrated into men's minds from the various dogmas of philosophies, and also from wrong laws of demonstration. These I call Idols of the Theater, because in my judgment all the received systems are but so many stage plays, representing worlds of their own creation after an unreal and scenic fashion. Nor is it only of the systems now in vogue, or only of the ancient sects and philosophies, that I speak; for many more plays of the same kind may yet be composed and in like artificial manner set forth; seeing that errors the most widely different have nevertheless causes for the most part alike. Neither again do I mean this only of entire systems, but also of many principles and axioms in science, which by tradition, credulity, and negligence have come to be received.

But of these several kinds of Idols I must speak more largely and exactly, that the understanding may be duly cautioned.

[45] The human understanding is of its own nature prone to suppose the existence of more order and regularity in the world than it finds. And though there be many things in nature which are singular and unmatched, yet it devises for them parallels and conjugates and relatives which do not exist. Hence the fiction that all celestial bodies move in perfect circles, spirals and dragons being (except in name) utterly rejected. Hence too the element of fire with its orb is brought in, to make up the square with the other three which the sense perceives. Hence also the ratio of density of the so-called elements is arbitrarily fixed at ten to one. And so on of other dreams. And these fancies affect not dogmas only, but simple notions also.

[46] The human understanding when it has once adopted an opinion (either as being the received opinion or as being agreeable to itself) draws all things else to support and agree with it. And though there be a greater number and weight of instances to be found on the other side, yet these it either neglects and despises, or else by some distinction sets aside and rejects, in order that by this great and pernicious predetermination the authority of its former conclusions may remain inviolate. And therefore it was a good answer that was made by one who, when they showed him hanging in a temple a picture of those who had paid their vows as having escaped shipwreck, and would have him say whether he did not now acknowledge the power of the gods — "Aye," asked he again, "but where are they painted that were drowned after their vows?" And such is the way of all superstition, whether in astrology, dreams, omens, divine judgments, or the like; wherein men, having a delight in such vanities, mark the events where they are fulfilled, but where they fail, though this happen much oftener, neglect and pass them by. But with far more subtlety does this mischief insinuate itself into philosophy and the sciences; in which the first conclusion colors and brings into conformity with itself all that come after, though far sounder and better. Besides, independently of that delight and vanity which I have described, it is the peculiar and perpetual error of the human intellect to be more moved and excited by affirmatives than by negatives; whereas it ought properly to hold itself indifferently disposed toward both alike. Indeed, in the establishment of any true axiom, the negative instance is the more forcible of the two.

[47] The human understanding is moved by those things most which strike and enter the mind simultaneously and suddenly, and so fill the imagination; and then it feigns and supposes all other things to be somehow, though it cannot see how, similar to those few things by which it is surrounded. But for that going to and fro to remote and heterogeneous instances by which axioms are tried as in the fire, the intellect is altogether slow and unfit, unless it be forced thereto by severe laws and overruling authority.

[48] The human understanding is unquiet; it cannot stop or rest, and still presses onward, but in vain. Therefore it is that we cannot conceive of any end or limit to the world, but always as of necessity it occurs to us that there is something beyond. Neither, again, can it be conceived how eternity has flowed down to the present day, for that distinction which is commonly received of infinity in time past and in time to come can by no means hold; for it would thence follow that one infinity is greater than another, and that infinity is wasting away and tending to become finite. The like subtlety arises touching the infinite divisibility of lines, from the same inability of thought to stop. But this inability interferes more mischievously in the discovery of causes; for although the most general principles in nature ought to be held merely positive, as they are discovered, and cannot with truth be referred to a cause, nevertheless the human understanding being unable to rest still seeks something prior in the order of nature. And then it is that in struggling toward that which is further off it falls back upon that which is nearer at hand, namely, on final causes, which have relation clearly to the nature of man rather than to the nature of the universe; and from this source have strangely defiled philosophy. But he is no less an unskilled and shallow philosopher who seeks causes of that which is most general, than he who in things subordinate and subaltern omits to do so.

[49] The human understanding is no dry light, but receives an infusion from the will and affections; whence proceed sciences which may be called "sciences as one would." For what a man had rather were true he more readily believes. Therefore he rejects difficult things from impatience of research; sober things, because they narrow hope; the deeper things of nature, from superstition; the light of experience, from arrogance and pride, lest his mind should seem to be occupied with things mean and transitory; things not commonly believed, out of deference to the opinion of the vulgar. Numberless, in short, are the ways, and sometimes imperceptible, in which the affections color and infect the understanding.

[50] But by far the greatest hindrance and aberration of the human understanding proceeds from the dullness, incompetency, and deceptions of the senses; in that things which strike the sense outweigh things which do not immediately strike it, though they be more important. Hence it is that speculation commonly ceases where sight ceases; insomuch that of things invisible there is little or no observation. Hence all the working of the spirits enclosed in tangible bodies lies hid and unobserved of men. So also all the more subtle changes of form in the parts of coarser substances (which they commonly call alteration, though it is in truth local motion through exceedingly small spaces) is in like manner unobserved. And yet unless these two things just mentioned be searched out and brought to light, nothing great can be achieved in nature, as far as the production of works is concerned. So again the essential nature of our common air, and of all bodies less dense than air (which are very many), is almost unknown. For the sense by itself is a thing infirm and erring; neither can instruments for enlarging or sharpening the senses do much; but all the truer kind of interpretation of nature is effected by instances and experiments fit and apposite; wherein the sense decides touching the experiment only, and the experiment touching the point in nature and the thing itself.

[51] The human understanding is of its own nature prone to abstractions and gives a substance and reality to things which are fleeting. But to resolve nature into abstractions is less to our purpose than to dissect her into parts; as did the school of Democritus, which went further into nature than the rest. Matter rather than forms should be the object of our attention, its configurations and changes of configuration, and simple action, and law of action or motion; for forms are figments of the human mind, unless you will call those laws of action forms.

[52] Such then are the idols which I call Idols of the Tribe, and which take their rise either from the homogeneity of the substance of the human spirit, or from its preoccupation, or from its narrowness, or from its restless motion, or from an infusion of the affections, or from the incompetency of the senses, or from the mode of impression.

[53] The Idols of the Cave take their rise in the peculiar constitution, mental or bodily, of each individual; and also in education, habit, and accident. Of this kind there is a great number and variety. But I will instance those the pointing out of which contains the most important caution, and which have most effect in disturbing the clearness of the understanding.

[54] Men become attached to certain particular sciences and speculations, either because they fancy themselves the authors and inventors thereof, or because they have bestowed the greatest pains upon them and become most habituated to them. But men of this kind, if they betake themselves to philosophy and contemplation of a general character, distort and color them in obedience to their former fancies; a thing especially to be noticed in Aristotle, who made his natural philosophy a mere bond servant to his logic, thereby rendering it contentious and well-nigh useless. The race of chemists, again out of a few experiments of the furnace, have built up a fantastic philosophy, framed with reference to a few things; and Gilbert also, after he had employed himself most laboriously in the study and observation of the loadstone, proceeded at once to construct an entire system in accordance with his favorite subject.

[55] LV There is one principal and as it were radical distinction between different minds, in respect of philosophy and the sciences, which is this: that some minds are stronger and apter to mark the differences of things, others to mark their resemblances. The steady and acute mind can fix its contemplations and dwell and fasten on the subtlest distinctions; the lofty and discursive mind recognizes and puts together the finest and most general resemblances. Both kinds, however, easily err in excess, by catching the one at gradations, the other at shadows.

[56] There are found some minds given to an extreme admiration of antiquity, others to an extreme love and appetite for novelty; but few so duly tempered that they can hold the mean, neither carping at what has been well laid down by the ancients, nor despising what is well introduced by the moderns. This, however, turns to the great injury of the sciences and philosophy, since these affectations of antiquity and novelty are the humors of partisans rather than judgments; and truth is to be sought for not in the felicity of any age, which is an unstable thing, but in the light of nature and experience, which is eternal. These factions therefore must be abjured, and care must be taken that the intellect be not hurried by them into assent.

[57] Contemplations of nature and of bodies in their simple form break up and distract the understanding, while contemplations of nature and bodies in their composition and configuration overpower and dissolve the understanding, a distinction well seen in the school of Leucippus and Democritus as compared with the other philosophies. For that school is so busied with the particles that it hardly attends to the structure, while the others are so lost in admiration of the structure that they do not penetrate to the simplicity of nature. These kinds of contemplation should therefore be alternated and taken by turns, so that the understanding may be rendered at once penetrating and comprehensive, and the inconveniences above mentioned, with the idols which proceed from them, may be avoided.

[58] Let such then be our provision and contemplative prudence for keeping off and dislodging the Idols of the Cave, which grow for the most part either out of the predominance of a favorite subject, or out of an excessive tendency to compare or to distinguish, or out of partiality for particular ages, or out of the largeness or minuteness of the objects contemplated. And generally let every student of nature take this as a rule: that whatever his mind seizes and dwells upon with peculiar satisfaction is to be held in suspicion, and that so much the more care is to be taken in dealing with such questions to keep the understanding even and clear.

[59] But the Idols of the Market Place are the most troublesome of all — idols which have crept into the understanding through the alliances of words and names. For men believe that their reason governs words; but it is also true that words react on the understanding; and this it is that has rendered philosophy and the sciences sophistical and inactive. Now words, being commonly framed and applied according to the capacity of the vulgar, follow those lines of division which are most obvious to the vulgar understanding. And whenever an understanding of greater acuteness or a more diligent observation would alter those lines to suit the true divisions of nature, words stand in the way and resist the change. Whence it comes to pass that the high and formal discussions of learned men end oftentimes in disputes about words and names; with which (according to the use and wisdom of the mathematicians) it would be more prudent to begin, and so by means of definitions reduce them to order. Yet even definitions cannot cure this evil in dealing with natural and material things, since the definitions themselves consist of words, and those words beget others. So that it is necessary to recur to individual instances, and those in due series and order, as I shall say presently when I come to the method and scheme for the formation of notions and axioms.

[60] The idols imposed by words on the understanding are of two kinds. They are either names of things which do not exist (for as there are things left unnamed through lack of observation, so likewise are there names which result from fantastic suppositions and to which nothing in reality corresponds), or they are names of things which exist, but yet confused and ill-defined, and hastily and irregularly derived from realities. Of the former kind are Fortune, the Prime Mover, Planetary Orbits, Element of Fire, and like fictions which owe their origin to false and idle theories. And this class of idols is more easily expelled, because to get rid of them it is only necessary that all theories should be steadily rejected and dismissed as obsolete.

But the other class, which springs out of a faulty and unskillful abstraction, is intricate and deeply rooted. Let us take for example such a word as humid and see how far the several things which the word is used to signify agree with each other, and we shall find the word humid to be nothing else than a mark loosely and confusedly applied to denote a variety of actions which will not bear to be reduced to any constant meaning. For it both signifies that which easily spreads itself round any other body; and that which in itself is indeterminate and cannot solidize; and that which readily yields in every direction; and that which easily divides and scatters itself; and that which easily unites and collects itself; and that which readily flows and is put in motion; and that which readily clings to another body and wets it; and that which is easily reduced to a liquid, or being solid easily melts. Accordingly, when you come to apply the word, if you take it in one sense, flame is humid; if in another, air is not humid; if in another, fine dust is humid; if in another, glass is humid. So that it is easy to see that the notion is taken by abstraction only from water and common and ordinary liquids, without any due verification.

There are, however, in words certain degrees of distortion and error. One of the least faulty kinds is that of names of substances, especially of lowest species and well-deduced (for the notion of chalk and of mud is good, of earth bad); a more faulty kind is that of actions, as to generate, to corrupt, to alter; the most faulty is of qualities (except such as are the immediate objects of the sense) as heavy, light, rare, dense, and the like. Yet in all these cases some notions are of necessity a little better than others, in proportion to the greater variety of subjects that fall within the range of the human sense.

[61] But the Idols of the Theater are not innate, nor do they steal into the understanding secretly, but are plainly impressed and received into the mind from the playbooks of philosophical systems and the perverted rules of demonstration. To attempt refutations in this case would be merely inconsistent with what I have already said, for since we agree neither upon principles nor upon demonstrations there is no place for argument. And this is so far well, inasmuch as it leaves the honor of the ancients untouched. For they are no wise disparaged — the question between them and me being only as to the way. For as the saying is, the lame man who keeps the right road outstrips the runner who takes a wrong one. Nay, it is obvious that when a man runs the wrong way, the more active and swift he is, the further he will go astray.

But the course I propose for the discovery of sciences is such as leaves but little to the acuteness and strength of wits, but places all wits and understandings nearly on a level. For as in the drawing of a straight line or a perfect circle, much depends on the steadiness and practice of the hand, if it be done by aim of hand only, but if with the aid of rule or compass, little or nothing; so is it exactly with my plan. But though particular confutations would be of no avail, yet touching the sects and general divisions of such systems I must say something; something also touching the external signs which show that they are unsound; and finally something touching the causes of such great infelicity and of such lasting and general agreement in error; that so the access to truth may be made less difficult, and the human understanding may the more willingly submit to its purgation and dismiss its idols.

[62] Idols of the Theater, or of Systems, are many, and there can be and perhaps will be yet many more. For were it not that now for many ages men's minds have been busied with religion and theology; and were it not that civil governments, especially monarchies, have been averse to such novelties, even in matters speculative; so that men labor therein to the peril and harming of their fortunes — not only unrewarded, but exposed also to contempt and envy — doubtless there would have arisen many other philosophical sects like those which in great variety flourished once among the Greeks. For as on the phenomena of the heavens many hypotheses may be constructed, so likewise (and more also) many various dogmas may be set up and established on the phenomena of philosophy. And in the plays of this philosophical theater you may observe the same thing which is found in the theater of the poets, that stories invented for the stage are more compact and elegant, and more as one would wish them to be, than true stories out of history.

In general, however, there is taken for the material of philosophy either a great deal out of a few things, or a very little out of many things; so that on both sides philosophy is based on too narrow a foundation of experiment and natural history, and decides on the authority of too few cases. For the Rational School of philosophers snatches from experience a variety of common instances, neither duly ascertained nor diligently examined and weighed, and leaves all the rest to meditation and agitation of wit.

There is also another class of philosophers who, having bestowed much diligent and careful labor on a few experiments, have thence made bold to educe and construct systems, wresting all other facts in a strange fashion to conformity therewith. And there is yet a third class, consisting of those who out of faith and veneration mix their philosophy with theology and traditions; among whom the vanity of some has gone so far aside as to seek the origin of sciences among spirits and genii. So that this parent stock of errors — this false philosophy — is of three kinds: the Sophistical, the Empirical, and the Superstitious.

[63] The most conspicuous example of the first class was Aristotle, who corrupted natural philosophy by his logic: fashioning the world out of categories; assigning to the human soul, the noblest of substances, a genus from words of the second intention; doing the business of density and rarity (which is to make bodies of greater or less dimensions, that is, occupy greater or less spaces), by the frigid distinction of act and power; asserting that single bodies have each a single and proper motion, and that if they participate in any other, then this results from an external cause; and imposing countless other arbitrary restrictions on the nature of things; being always more solicitous to provide an answer to the question and affirm something positive in words, than about the inner truth of things; a failing best shown when his philosophy is compared with other systems of note among the Greeks. For the homoeomera of Anaxagoras; the Atoms of Leucippus and Democritus; the Heaven and Earth of Parmenides; the Strife and Friendship of Empedocles; Heraclitus' doctrine how bodies are resolved into the indifferent nature of fire, and remolded into solids, have all of them some taste of the natural philosopher — some savor of the nature of things, and experience, and bodies; whereas in the physics of Aristotle you hear hardly anything but the words of logic, which in his metaphysics also, under a more imposing name, and more forsooth as a realist than a nominalist, he has handled over again. Nor let any weight be given to the fact that in his books on animals and his problems, and other of his treatises, there is frequent dealing with experiments. For he had come to his conclusion before; he did not consult experience, as he should have done, for the purpose of framing his decisions and axioms, but having first determined the question according to his will, he then resorts to experience, and bending her into conformity with his placets, leads her about like a captive in a procession. So that even on this count he is more guilty than his modern followers, the schoolmen, who have abandoned experience altogether.

[64] But the Empirical school of philosophy gives birth to dogmas more deformed and monstrous than the Sophistical or Rational school. For it has its foundations not in the light of common notions (which though it be a faint and superficial light, is yet in a manner universal, and has reference to many things), but in the narrowness and darkness of a few experiments. To those therefore who are daily busied with these experiments and have infected their imagination with them, such a philosophy seems probable and all but certain; to all men else incredible and vain. Of this there is a notable instance in the alchemists and their dogmas, though it is hardly to be found elsewhere in these times, except perhaps in the philosophy of Gilbert. Nevertheless, with regard to philosophies of this kind there is one caution not to be omitted; for I foresee that if ever men are roused by my admonitions to betake themselves seriously to experiment and bid farewell to sophistical doctrines, then indeed through the premature hurry of the understanding to leap or fly to universals and principles of things, great danger may be apprehended from philosophies of this kind, against which evil we ought even now to prepare.

[65] But the corruption of philosophy by superstition and an admixture of theology is far more widely spread, and does the greatest harm, whether to entire systems or to their parts. For the human understanding is obnoxious to the influence of the imagination no less than to the influence of common notions. For the contentious and sophistical kind of philosophy ensnares the understanding; but this kind, being fanciful and tumid and half poetical, misleads it more by flattery. For there is in man an ambition of the understanding, no less than of the will, especially in high and lofty spirits.

Of this kind we have among the Greeks a striking example in Pythagoras, though he united with it a coarser and more cumbrous superstition; another in Plato and his school, more dangerous and subtle. It shows itself likewise in parts of other philosophies, in the introduction of abstract forms and final causes and first causes, with the omission in most cases of causes intermediate, and the like. Upon this point the greatest caution should be used. For nothing is so mischievous as the apotheosis of error; and it is a very plague of the understanding for vanity to become the object of veneration. Yet in this vanity some of the moderns have with extreme levity indulged so far as to attempt to found a system of natural philosophy on the first chapter of Genesis, on the book of Job, and other parts of the sacred writings, seeking for the dead among the living; which also makes the inhibition and repression of it the more important, because from this unwholesome mixture of things human and divine there arises not only a fantastic philosophy but also a heretical religion. Very meet it is therefore that we be sober-minded, and give to faith that only which is faith's.

[66] So much, then, for the mischievous authorities of systems, which are founded either on common notions, or on a few experiments, or on superstition. It remains to speak of the faulty subject matter of contemplations, especially in natural philosophy. Now the human understanding is infected by the sight of what takes place in the mechanical arts, in which the alteration of bodies proceeds chiefly by composition or separation, and so imagines that something similar goes on in the universal nature of things. From this source has flowed the fiction of elements, and of their concourse for the formation of natural bodies. Again, when man contemplates nature working freely, he meets with different species of things, of animals, of plants, of minerals; whence he readily passes into the opinion that there are in nature certain primary forms which nature intends to educe, and that the remaining variety proceeds from hindrances and aberrations of nature in the fulfillment of her work, or from the collision of different species and the transplanting of one into another. To the first of these speculations we owe our primary qualities of the elements; to the other our occult properties and specific virtues; and both of them belong to those empty compendia of thought wherein the mind rests, and whereby it is diverted from more solid pursuits. It is to better purpose that the physicians bestow their labor on the secondary qualities of matter, and the operations of attraction, repulsion, attenuation, conspissation,1 dilatation, astriction, dissipation, maturation, and the like; and were it not that by those two compendia which I have mentioned (elementary qualities, to wit, and specific virtues) they corrupted their correct observations in these other matters — either reducing them to first qualities and their subtle and incommensurable mixtures, or not following them out with greater and more diligent observations to third and fourth qualities, but breaking off the scrutiny prematurely — they would have made much greater progress. Nor are powers of this kind (I do not say the same, but similar) to be sought for only in the medicines of the human body, but also in the changes of all other bodies.

But it is a far greater evil that they make the quiescent principles, wherefrom, and not the moving principles, whereby, things are produced, the object of their contemplation and inquiry. For the former tend to discourse, the latter to works. Nor is there any value in those vulgar distinctions of motion which are observed in the received system of natural philosophy, as generation, corruption, augmentation, diminution, alteration, and local motion. What they mean no doubt is this: if a body in other respects not changed be moved from its place, this is local motion; if without change of place or essence, it be changed in quality, this is alteration; if by reason of the change the mass and quantity of the body do not remain the same, this is augmentation or diminution; if they be changed to such a degree that they change their very essence and substance and turn to something else, this is generation and corruption. But all this is merely popular, and does not at all go deep into nature; for these are only measures and limits, not kinds of motion. What they intimate is how far, not by what means, or from what source. For they do not suggest anything with regard either to the desires of bodies or to the development of their parts. It is only when that motion presents the thing grossly and palpably to the sense as different from what it was that they begin to mark the division. Even when they wish to suggest something with regard to the causes of motion, and to establish a division with reference to them, they introduce with the greatest negligence a distinction between motion natural and violent, a distinction which is itself drawn entirely from a vulgar notion, since all violent motion is also in fact natural; the external efficient simply setting nature working otherwise than it was before. But if, leaving all this, anyone shall observe (for instance) that there is in bodies a desire of mutual contact, so as not to suffer the unity of nature to be quite separated or broken and a vacuum thus made; or if anyone say that there is in bodies a desire of resuming their natural dimensions or tension, so that if compressed within or extended beyond them, they immediately strive to recover themselves, and fall back to their old volume and extent; or if anyone say that there is in bodies a desire of congregating toward masses of kindred nature — of dense bodies, for instance, toward the globe of the earth, of thin and rare bodies toward the compass of the sky; all these and the like are truly physical kinds of motion — but those others are entirely logical and scholastic, as is abundantly manifest from this comparison.

Nor again is it a lesser evil that in their philosophies and contemplations their labor is spent in investigating and handling the first principles of things and the highest generalities of nature; whereas utility and the means of working result entirely from things intermediate. Hence it is that men cease not from abstracting nature till they come to potential and uninformed matter, nor on the other hand from dissecting nature till they reach the atom; things which, even if true, can do but little for the welfare of mankind.1 [Conspissatio. — Ed.].

[67] A caution must also be given to the understanding against the intemperance which systems of philosophy manifest in giving or withholding assent, because intemperance of this kind seems to establish idols and in some sort to perpetuate them, leaving no way open to reach and dislodge them.

This excess is of two kinds: the first being manifest in those who are ready in deciding, and render sciences dogmatic and magisterial; the other in those who deny that we can know anything, and so introduce a wandering kind of inquiry that leads to nothing; of which kinds the former subdues, the latter weakens the understanding. For the philosophy of Aristotle, after having by hostile confutations destroyed all the rest (as the Ottomans serve their brothers), has laid down the law on all points; which done, he proceeds himself to raise new questions of his own suggestion, and dispose of them likewise, so that nothing may remain that is not certain and decided; a practice which holds and is in use among his successors.

The school of Plato, on the other hand, introduced Acatalepsia, at first in jest and irony, and in disdain of the older sophists, Protagoras, Hippias, and the rest, who were of nothing else so much ashamed as of seeming to doubt about anything. But the New Academy made a dogma of it, and held it as a tenet. And though theirs is a fairer seeming way than arbitrary decisions, since they say that they by no means destroy all investigation, like Pyrrho and his Refrainers, but allow of some things to be followed as probable, though of none to be maintained as true; yet still when the human mind has once despaired of finding truth, its interest in all things grows fainter, and the result is that men turn aside to pleasant disputations and discourses and roam as it were from object to object, rather than keep on a course of severe inquisition. But, as I said at the beginning and am ever urging, the human senses and understanding, weak as they are, are not to be deprived of their authority, but to be supplied with helps.

[68] So much concerning the several classes of Idols and their equipage; all of which must be renounced and put away with a fixed and solemn determination, and the understanding thoroughly freed and cleansed; the entrance into the kingdom of man, founded on the sciences, being not much other than the entrance into the kingdom of heaven, whereinto none may enter except as a little child.

[69] But vicious demonstrations are as the strongholds and defenses of idols; and those we have in logic do little else than make the world the bondslave of human thought, and human thought the bondslave of words. Demonstrations truly are in effect the philosophies themselves and the sciences. For such as they are, well or ill established, such are the systems of philosophy and the contemplations which follow. Now in the whole of the process which leads from the sense and objects to axioms and conclusions, the demonstrations which we use are deceptive and incompetent. This process consists of four parts, and has as many faults. In the first place, the impressions of the sense itself are faulty; for the sense both fails us and deceives us. But its shortcomings are to be supplied, and its deceptions to be corrected. Secondly, notions are ill-drawn from the impressions of the senses, and are indefinite and confused, whereas they should be definite and distinctly bounded. Thirdly, the induction is amiss which infers the principles of sciences by simple enumeration, and does not, as it ought, employ exclusions and solutions (or separations) of nature. Lastly, that method of discovery and proof according to which the most general principles are first established, and then intermediate axioms are tried and proved by them, is the parent of error and the curse of all science. Of these things, however, which now I do but touch upon, I will speak more largely when, having performed these expiations and purgings of the mind, I come to set forth the true way for the interpretation of nature.

[70] But the best demonstration by far is experience, if it go not beyond the actual experiment. For if it be transferred to other cases which are deemed similar, unless such transfer be made by a just and orderly process, it is a fallacious thing. But the manner of making experiments which men now use is blind and stupid. And therefore, wandering and straying as they do with no settled course, and taking counsel only from things as they fall out, they fetch a wide circuit and meet with many matters, but make little progress; and sometimes are full of hope, sometimes are distracted; and always find that there is something beyond to be sought. For it generally happens that men make their trials carelessly, and as it were in play; slightly varying experiments already known, and, if the thing does not answer, growing weary and abandoning the attempt. And even if they apply themselves to experiments more seriously and earnestly and laboriously, still they spend their labor in working out some one experiment, as Gilbert with the magnet, and the chemists with gold; a course of proceeding not less unskillful in the design than small in the attempt. For no one successfully investigates the nature of a thing in the thing itself; the inquiry must be enlarged so as to become more general.

And even when they seek to educe some science or theory from their experiments, they nevertheless almost always turn aside with overhasty and unseasonable eagerness to practice; not only for the sake of the uses and fruits of the practice, but from impatience to obtain in the shape of some new work an assurance for themselves that it is worth their while to go on; and also to show themselves off to the world, and so raise the credit of the business in which they are engaged. Thus, like Atalanta, they go aside to pick up the golden apple, but meanwhile they interrupt their course, and let the victory escape them. But in the true course of experience, and in carrying it on to the effecting of new works, the divine wisdom and order must be our pattern. Now God on the first day of creation created light only, giving to that work an entire day, in which no material substance was created. So must we likewise from experience of every kind first endeavor to discover true causes and axioms; and seek for experiments of Light, not for experiments of Fruit. For axioms rightly discovered and established supply practice with its instruments, not one by one, but in clusters, and draw after them trains and troops of works. Of the paths, however, of experience, which no less than the paths of judgment are impeded and beset, I will speak hereafter; here I have only mentioned ordinary experimental research as a bad kind of demonstration. But now the order of the matter in hand leads me to add something both as to those signs which I lately mentioned (signs that the systems of philosophy and contemplation in use are in a bad condition), and also as to the causes of what seems at first so strange and incredible. For a knowledge of the signs prepares assent; an explanation of the causes removes the marvel — which two things will do much to render the extirpation of idols from the understanding more easy and gentle.

[71] The sciences which we possess come for the most part from the Greeks. For what has been added by Roman, Arabic, or later writers is not much nor of much importance; and whatever it is, it is built on the foundation of Greek discoveries. Now the wisdom of the Greeks was professorial and much given to disputations, a kind of wisdom most adverse to the inquisition of truth. Thus that name of Sophists, which by those who would be thought philosophers was in contempt cast back upon and so transferred to the ancient rhetoricians, Gorgias, Protagoras, Hippias, Polus, does indeed suit the entire class: Plato, Aristotle, Zeno, Epicurus, Theophrastus, and their successors Chrysippus, Carneades, and the rest. There was this difference only, that the former class was wandering and mercenary, going about from town to town, putting up their wisdom to sale, and taking a price for it, while the latter was more pompous and dignified, as composed of men who had fixed abodes, and who opened schools and taught their philosophy without reward. Still both sorts, though in other respects unequal, were professorial; both turned the matter into disputations, and set up and battled for philosophical sects and heresies; so that their doctrines were for the most part (as Dionysius not unaptly rallied Plato) "the talk of idle old men to ignorant youths." But the elder of the Greek philosophers, Empedocles, Anaxagoras, Leucippus, Democritus, Parmenides, Heraclitus, Xenophanes, Philolaus, and the rest (I omit Pythagoras as a mystic), did not, so far as we know, open schools; but more silently and severely and simply — that is, with less affectation and parade — betook themselves to the inquisition of truth. And therefore they were in my judgment more successful; only that their works were in the course of time obscured by those slighter persons who had more which suits and pleases the capacity and tastes of the vulgar; time, like a river, bringing down to us things which are light and puffed up, but letting weighty matters sink. Still even they were not altogether free from the failing of their nation, but leaned too much to the ambition and vanity of founding a sect and catching popular applause. But the inquisition of truth must be despaired of when it turns aside to trifles of this kind. Nor should we omit that judgment, or rather divination, which was given concerning the Greeks by the Egyptian priest — that "they were always boys, without antiquity of knowledge or knowledge of antiquity." Assuredly they have that which is characteristic of boys: they are prompt to prattle, but cannot generate; for their wisdom abounds in words but is barren of works. And therefore the signs which are taken from the origin and birthplace of the received philosophy are not good.

[72] Nor does the character of the time and age yield much better signs than the character of the country and nation. For at that period there was but a narrow and meager knowledge either of time or place, which is the worst thing that can be, especially for those who rest all on experience. For they had no history worthy to be called history that went back a thousand years — but only fables and rumors of antiquity. And of the regions and districts of the world they knew but a small portion, giving indiscriminately the name of Scythians to all in the North, of Celts to all in the West; knowing nothing of Africa beyond the hither side of Ethiopia, of Asia beyond the Ganges. Much less were they acquainted with the provinces of the New World, even by hearsay or any well-founded rumor; nay, a multitude of climates and zones, wherein innumerable nations breathe and live, were pronounced by them to be uninhabitable; and the travels of Democritus, Plato, and Pythagoras, which were rather suburban excursions than distant journeys, were talked of as something great. In our times, on the other hand, both many parts of the New World and the limits on every side of the Old World are known, and our stock of experience has increased to an infinite amount. Wherefore if (like astrologers) we draw signs from the season of their nativity or birth, nothing great can be predicted of those systems of philosophy.

[73] Of all signs there is none more certain or more noble than that taken from fruits. For fruits and works are as it were sponsors and sureties for the truth of philosophies. Now, from all these systems of the Greeks, and their ramifications through particular sciences, there can hardly after the lapse of so many years be adduced a single experiment which tends to relieve and benefit the condition of man, and which can with truth be referred to the speculations and theories of philosophy. And Celsus ingenuously and wisely owns as much when he tells us that the experimental part of medicine was first discovered, and that afterwards men philosophized about it, and hunted for and assigned causes; and not by an inverse process that philosophy and the knowledge of causes led to the discovery and development of the experimental part. And therefore it was not strange that among the Egyptians, who rewarded inventors with divine honors and sacred rites, there were more images of brutes than of men; inasmuch as brutes by their natural instinct have produced many discoveries, whereas men by discussion and the conclusions of reason have given birth to few or none.

Some little has indeed been produced by the industry of chemists; but it has been produced accidentally and in passing, or else by a kind of variation of experiments, such as mechanics use, and not by any art or theory. For the theory which they have devised rather confuses the experiments than aids them. They, too, who have busied themselves with natural magic, as they call it, have but few discoveries to show, and those trifling and imposture-like. Wherefore, as in religion we are warned to show our faith by works, so in philosophy by the same rule the system should be judged of by its fruits, and pronounced frivolous if it be barren, more especially if, in place of fruits of grape and olive, it bear thorns and briers of dispute and contention.

[74] Signs also are to be drawn from the increase and progress of systems and sciences. For what is founded on nature grows and increases, while what is founded on opinion varies but increases not. If therefore those doctrines had not plainly been like a plant torn up from its roots, but had remained attached to the womb of nature and continued to draw nourishment from her, that could never have come to pass which we have seen now for twice a thousand years; namely, that the sciences stand where they did and remain almost in the same condition, receiving no noticeable increase, but on the contrary, thriving most under their first founder, and then declining. Whereas in the mechanical arts, which are founded on nature and the light of experience, we see the contrary happen, for these (as long as they are popular) are continually thriving and growing, as having in them a breath of life, at the first rude, then convenient, afterwards adorned, and at all times advancing.

[75] There is still another sign remaining (if sign it can be called, when it is rather testimony, nay, of all testimony the most valid). I mean the confession of the very authorities whom men now follow. For even they who lay down the law on all things so confidently, do still in their more sober moods fall to complaints of the subtlety of nature, the obscurity of things, and the weakness of the human mind. Now if this were all they did, some perhaps of a timid disposition might be deterred from further search, while others of a more ardent and hopeful spirit might be whetted and incited to go on farther. But not content to speak for themselves, whatever is beyond their own or their master's knowledge or reach they set down as beyond the bounds of possibility, and pronounce, as if on the authority of their art, that it cannot be known or done; thus most presumptuously and invidiously turning the weakness of their own discoveries into a calumny of nature herself, and the despair of the rest of the world. Hence the school of the New Academy, which held Acatalepsia as a tenet and doomed men to perpetual darkness. Hence the opinion that forms or true differences of things (which are in fact laws of pure act) are past finding out and beyond the reach of man. Hence, too, those opinions in the department of action and operation; as, that the heat of the sun and of fire are quite different in kind — lest men should imagine that by the operations of fire anything like the works of nature can be educed and formed. Hence the notion that composition only is the work of man, and mixture of none but nature — lest men should expect from art some power of generating or transforming natural bodies. By this sign, therefore, men will easily take warning not to mix up their fortunes and labors with dogmas not only despaired of but dedicated to despair.

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