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CAPÍTULO VI: LA ELABORACIÓN ONÍRICA.
g) Sueños absurdos. Los rendimientos intelectuales en el sueño.
Muchos de los sueños cuyo análisis hemos desarrollado en páginas precedentes muestran un contenido manifiesto total o fragmentariamente absurdo. No creemos, pues, conveniente aplazar por más tiempo la investigación del origen y significado de esta singular circunstancia, que, como ya señalamos, ha ofrecido a los detractores del fenómeno onírico un principalísimo argumento para no ver en él sino un desatinado producto de una actividad mental reducida y disgregada.
Comenzaremos por exponer algunos ejemplos en los que la absurdidad del contenido manifiesto no es sino una apariencia, que se desvanece en cuanto profundizamos algo en el sentido del sueño. Todos ellos coinciden -a primera vista casualmente- en presentar como un personaje principal al difunto padre del sujeto correspondiente.
I
Sueño de un paciente cuyo padre ha muerto hace seis años:
«A su padre le ha sucedido una gran desgracia. Viajaba en el tren de la noche. Ha habido un descarrilamiento, y ha muerto con la cabeza aplastada entre las paredes del vagón. El sujeto le ve luego tendido en la cama, mostrando una gran herida, que parte del borde de la ceja izquierda y se extiende verticalmente hacia abajo. Se asombra de que su padre haya podido desgraciarse. (Luego agrega en su relato, puesto que estaba ya muerto.) Los ojos del cadáver conservan una gran claridad.»
Según la opinión dominante sobre los sueños, habríamos de explicarnos éste en la forma siguiente: el sujeto ha olvidado al principio, mientras se representa el accidente, que su padre descansa ya en la tumba hace varios años. Luego, en el curso de su sueño, despierta en él tal recuerdo y le hace asombrarse del mismo sin dejar de soñar. Pero el análisis nos muestra en seguida el error de una tal explicación. El sujeto había encargado a un escultor el busto de su padre, y dos días antes del sueño relatado había ido a ver la escultura al estudio del artista. Este busto es el que le parece haberse desgraciado (haber salido mal). El escultor no conoció en vida a su modelo, y hubo de guiarse por un retrato. El mismo día del sueño había mandado el sujeto a un antiguo criado de la familia a casa del artista para ver si confirmaba su opinión de que la cabeza del busto resultaba como aplastada por los lados, siendo demasiado corta la distancia de sien a sien. A estos antecedentes se agrega para la construcción del sueño el siguiente material mnémico: cuando se hallaba atormentado por preocupaciones profesionales o familiares, el padre del sujeto acostumbraba apretarse la cabeza entre las manos, colocándosela sobre las sienes, como si el esfuerzo mental hubiese dilatado su cráneo y quisiera comprimirlo. Teniendo cuatro años fue el sujeto testigo de un accidente que le ocurrió a su padre. Manejando éste una pistola que creía descargada, se le disparó, y el fogonazo le ennegreció los ojos (los ojos conservan una gran claridad). Cuando el padre del sujeto se hallaba triste o preocupado surcaba su rostro una profunda arruga en el mismo lugar que luego ocupa la herida en el sueño. Esta sustitución alude al segundo motivo del mismo. El sujeto había dejado caer una placa fotográfica que contenía el retrato de su hija pequeña, y al recogerla vio que una hendidura del cristal atravesaba la frente de la niña hasta detenerse en una ceja, simulando una profunda arruga. En esta ocasión no pudo por menos de recordar supersticiosamente que un día antes de morir su madre se le había roto también una placa con su retrato.
Así, pues, la absurdidad de este sueño es simplemente el resultado de la imprecisión con que nos expresamos al juzgar el parecido de un retrato, usando generalmente un giro en el que confundimos la reproducción con el modelo. Así, acostumbramos decir, por ejemplo, ante un retrato de nuestro padre: ¿No encuentras que papá está muy mal? Por último, observamos que en este sueño hubiera sido facilísimo evitar el absurdo, hasta el punto de que si un solo ejemplo nos diera derecho a sentar un juicio, diríamos que tal apariencia de absurdidad es voluntaria o permitida.
II
Un segundo ejemplo, muy análogo, tomado de mi colección de sueños propios. (Mi padre murió en 1896.) «Mi padre ha desempeñado después de su muerte una misión política entre los magiares, logrando la unión de los partidos.» Enlazado con esta idea, veo imprecisamente un pequeño cuadro cuyo contenido es el que sigue: «Una numerosa reunión, como si fuese un Parlamento. Los circunstantes rodean a una persona que se halla encaramada en una silla. Recuerdo que mi padre presentaba en su lecho de muerte un extraordinario parecido con Garibaldi, y celebro que haya llegado a cumplirse lo que tal semejanza prometía.»
Todo esto es suficientemente absurdo. Mi sueño se desarrolló por los días en que los húngaros se habían colocado fuera de la ley, ejerciendo una sistemática obstrucción, conducta que los llevó a la gravísima crisis resuelta luego por Koloman Széll. La pequeñez de las imágenes que constituyen la escena de mi sueño posee una significación particular, y hemos de tenerla en cuenta para el esclarecimiento de dicha escena. La corriente representación onírica visual de nuestros pensamientos presenta imágenes que nos dan la impresión de ser de tamaño natural. Pero la escena de mi sueño es la reproducción de un grabado en madera que ilustraba una Historia de Austria y representaba a María Teresa en el Parlamento de Presburgo, o sea la famosa escena del Moriamur pro rege nostro. Como allí María Teresa, aparecía en mi sueño mi padre, rodeado de la multitud. Pero además, está sobre una «silla» (Stuhl). Es, pues, un juez (Stuhlrichter). (Los ha unido -actúa aquí de intermediaria la expresión corriente: «No necesitamos juez ninguno», empleada para indicar el acuerdo de dos o más personas.) El parecido que en su lecho de muerte presentaba mi padre con Garibaldi fue advertido por todos cuantos le vimos en tal ocasión. Una elevación postmortal de la temperatura enrojeció intensamente sus mejillas. A la cualidad postmortal de este fenómeno corresponden en el contenido manifiesto del sueño las palabras después de su muerte. Lo que más hubo de atormentarle en sus últimos días fue una absoluta parálisis intestinal (obstrucción). A esta circunstancia se enlazan toda clase de pensamientos irrespetuosos. Un amigo mío de mi misma edad, cuyo padre murió antes de comenzar él sus estudios universitarios, me relató una vez entre burlas el dolor de una parienta suya que al amortajar el cadáver de su padre, muerto de repente en la calle, encontró que en el momento de la muerte o después de ella (postmortalmente) se había producido una evacuación del intestino. La hija se lamentaba de ver manchado el recuerdo de su padre por este feo detalle. Llegamos aquí al deseo que toma cuerpo en mi sueño. ¿Quién no aspira, en efecto, a aparecer limpio de toda impureza ante sus hijos después de la muerte? ¿Y dónde queda ya la absurdidad de este sueño? Lo que le ha prestado tal apariencia es únicamente el hecho de haber sido reproducida en él punto por punto una expresión corriente («aparecer después de la muerte ante nuestros hijos»), cuyo sentido literal contiene un absurdo que la costumbre nos hace dejar inadvertido. Tampoco aquí podemos rechazar la impresión de que la apariencia de absurdidad ha sido creada voluntariamente.
Adición de 1909: La frecuencia con que nuestros sueños resucitan a personas fallecidas ha despertado un indebido asombro y ha dado origen a singulares explicaciones, que revelan claramente la general incomprensión con la que siempre ha tropezado el fenómeno onírico. Y, sin embargo el esclarecimiento de estos sueños no es nada difícil. El pensamiento «¿Qué diría de esto mi padre, si viviera?», es corrientísimo, y este si no puede representarlo el sueño sino con la presencia de la persona de que se trate. Así, un joven que ha heredado una considerable fortuna de su abuelo y al que se le reprochan sus excesivos dispendios sueña que el abuelo ha resucitado y le pide cuentas del empleo de la herencia. Aquello que consideramos como rebelión contra el sueño, esto es, la oposición de nuestro convencimiento de que la persona de referencia ha muerto hace ya tiempo, es, en realidad, la idea consoladora de que es mejor que el muerto no haya visto aquello o la satisfacción de que no pueda ya oponerse a nuestros deseos.
Otro género de absurdidad que hallamos en estos sueños con parientes fallecidos no expresa ya la burla y la irrisión, sino que constituye la representación de una insospechable idea reprimida. La solución de estos sueños sólo se nos hace posible teniendo en cuenta que el fenómeno onírico es incapaz de distinguir entre lo real y lo simplemente deseado. Ejemplo: un individuo que ha asistido con todo cariño a su padre durante la enfermedad que le llevó al sepulcro tiene poco tiempo después el siguiente sueño: «Su padre ha resucitado y dialoga con él como antes; pero (lo singular es que) está, sin embargo, muerto, aunque no lo sabe.» Comprenderemos este sueño si a «está, sin embargo, muerto» agregamos «a consecuencia del deseo del sujeto», y a «aunque no (lo) sabe» añadimos «que el sujeto tenía tal deseo». Durante la enfermedad de su padre había deseado el sujeto piadosamente que la muerte viniera a poner término a los padecimientos del enfermo, ya que no había esperanza alguna de curación. Pero luego, perturbado por el dolor de la irreparable pérdida, llegó a reprocharse gravemente aquel piadoso deseo, como si con él hubiera contribuido, en realidad, a abreviar la vida del enfermo. El resurgimiento de tempranos impulsos infantiles hizo posible la encarnación de este reproche en un sueño; pero la contradicción existente entre el estímulo del sueño y los pensamientos diurnos tenía necesariamente que darle un carácter absurdo (ver «Los dos principios del funcionamiento mental», 1911, en estas Obras Completas).
Los sueños con personas queridas que la muerte nos ha arrebatado plantean a la interpretación onírica difíciles problemas, cuya satisfactoria solución no siempre nos es dado conseguir. Estas dificultades dependen, probablemente, de la intensa ambivalencia sentimental dominante en las relaciones del sujeto con la persona fallecida. Es muy corriente que en tales sueños aparezca primero vivo el protagonista, surja después, de repente, la idea de que está muerto y vuelva luego a ser resucitado. Estas alternativas, que en principio nos desorientan, expresan la indiferencia del sujeto. («Me es igual que esté vivo o muerto.») Naturalmente, no es esta indiferencia real, sino simplemente deseada; tiende a negar las disposiciones sentimentales del sujeto, muy intensas y a veces contrapuestas, y se constituye así en representación onírica de su ambivalencia. La explicación de otros sueños de este género se consigue aplicando la regla siguiente: cuando el sueño no menciona la muerte de la persona en él resucitada es señal de que el sujeto se identifica con dicha persona y sueña, por tanto, con su propia muerte. A esta identificación se opone luego, de repente, la reflexión de que se trate de alguien fallecido hace ya tiempo. De todos modos ha [he] de confesar que la interpretación onírica no ha logrado aún arrancar a los sueños de este género todos sus secretos.
III
En el ejemplo que sigue sorprendemos ya a la elaboración onírica en la voluntaria creación de un absurdo, para el que no ofrece pretexto ninguno el material dado. Trátase del sueño provocado por mi encuentro con el conde de Thun en la estación de ferrocarril.
«Voy en un coche de un caballo, y digo al cochero que me lleve a una estación. Luego, contestando a no sé qué objeción que el cochero me opone, como si hubiese ya retenido demasiado tiempo sus servicios y se hallase fatigado, añado: ‘Por la vía no puedo ir con usted.’ Al decir esto me parece como si hubiera recorrido ya en el coche una distancia que se acostumbra recorrer en ferrocarril.» Sobre esta absurda y embrollada escena nos suministra el análisis las siguientes aclaraciones: aquella tarde hube de tomar un coche de un caballo para ir a una apartada calle de Dornbach. El cochero ignoraba la situación de tal calle; pero, como es costumbre del oficio, en lugar de preguntarme el camino echó a andar a la aventura, hasta que, dándome cuenta de lo que sucedía, le indiqué la ruta que había de seguir, no sin hacerle de paso algunas observaciones irónicas. Partiendo de la persona de este cochero, se forma una concatenación de ideas que me conduce hasta la del aristócrata al que después encontré en la estación. Me limitaré por ahora a indicar que la afición de los aristócratas a guiar sus carruajes, sustituyendo al cochero, es cosa que despierta en nosotros, plebeyos burgueses, cierta extrañeza. El conde de Thun dirige también el carro (coche) del Estado austríaco. La frase inmediata del sueño se refiere a mi hermano, al que identifico, por tanto, con el cochero de mi historia. Este año he debido suspender, como otras veces, mi viaje por Italia. («Por la vía no puedo ir con usted.») Mi negativa ha sido una especie de castigo por haberse quejado de que llegaba a fatigarse (circunstancia que pasa el sueño sin modificación ninguna), en mi afán de no dejar de ver nada interesante, obligándole a correr todo el día de un lado para otro. Mi hermano salió conmigo aquella tarde para acompañarme a la estación; pero poco antes de llegar se bajó del coche para tomar el tranvía de Purkersdorf, sin atender mi indicación de que podía acompañarme un rato más, tomando el mismo tren que yo y yendo en él hasta la mencionada localidad. El sueño refleja estos hechos en la circunstancia de que «he recorrido en el coche una distancia que se acostumbra recorrer en ferrocarril», pero invierte la realidad, pues lo que yo había dicho a mi hermano era «que el recorrido que iba a hacer en tranvía podía hacerlo conmigo en el tren». Toda la confusión del sueño proviene de que sustituyo en él el «tranvía» por el «coche», sustitución que favorece, por otro lado, la identificación de mi hermano con el cochero. De todo esto resulta algo totalmente disparatado y que parece imposible desembrollar, llegando casi a constituir una contradicción a una frase mía anterior. («Por la vía no puedo ir con usted.») Pero teniendo en cuenta la dificultad de confundir un coche con un tranvía, habremos de deducir que la confusión y el absurdo de toda esta enigmática historia han sido voluntariamente producidos.
Mas ¿con qué objeto? Descubrimos ya cuál es la significación de la absurdidad del sueño y por qué motivos es permitida o creada. En el caso que nos ocupa hallamos para este problema la solución siguiente: necesito que mi sueño entrañe un absurdo y algo incomprensible, relacionado con el hecho de ir en un vehículo (fahren), porque entre las ideas latentes hay un determinado juicio que demanda representación. En casa de aquella sociable e ingeniosa señora, que en otra escena del mismo sueño aparece convertida en «ama de llaves», me fueron planteadas una noche dos adivinanzas, que no conseguí resolver. Todas las demás personas presentes las conocían ya, y rieron de mis inútiles esfuerzos por desentrañarlas. Hallábanse basadas, respectivamente, en el doble sentido de las palabras Nachkommen («nachkommen», verbo «seguir venir detrás»; Nachkommen, sustantivo «descendencia») y vorfahren («vorfahren», verbo, «ir a algún lado con el coche»; Vorfahren, sustantivo, «antepasados»), y su texto era el siguiente:
El dueño lo manda,
el cochero lo hace;
todos lo tenemos;
descansa en la tumba.
Solución: Vorfahren («ir a algún lado con el coche» -«antepasados»-). Lo que más desorientaba era que la segunda adivinanza comenzaba con los dos mismos versos que la primera:
El dueño lo manda;
el cochero lo hace;
no todos lo tenemos;
descansa en la cuna.
Solución: Nachkommen («seguir, venir detrás» -«descendencia»-). Cuando luego vi pasar en coche (vorfahren) al conde de Thun y recordé, aprobándolas, las palabras de Fígaro sobre los grandes señores, cuyo único mérito es haberse tomado el trabajo de nacer (de constituir la descendencia -Nachkommen- de otros), se convirtieron estas adivinanzas en ideas intermedias para la elaboración onírica. La facilidad de confundir a un aristócrata con su cochero, y nuestra antigua costumbre de dar a los cocheros el apelativo de «señor cuñado» (Herr Schwager), permitieron que la condensación onírica incluyera a mi hermano en la misma representación. Pero la idea latente que actúa detrás de todo ello es la siguiente: Es un disparate enorgullecerse de sus antepasados. Por mi parte prefiero ser el fundador de una estirpe, esto es, el que por sus méritos propios alcanza renombre y lo transmite a su descendencia. El desatino del sueño refleja, pues, el juicio: «Es un disparate », contenido en las ideas latentes.
Así, pues, el sueño es hecho absurdo cuando el juicio «esto es un desatino» aparece incluido en el contenido latente o, en general cuando alguna de las series de ideas del sujeto entraña burla o crítica. Lo absurdo llega a ser de este modo uno de los medios que la elaboración onírica utiliza para representar la contradicción, debiendo ser agregado, por tanto, como tal a la inversión de una relación de material entre las ideas latentes y el contenido manifiesto y al empleo de la sensación motora de coerción; pero la absurdidad del sueño no puede ser traducida por un simple «no», sino que ha de reproducir simultáneamente la disposición de las ideas latentes y la oposición contra la burla o el insulto. Sólo con este propósito produce la elaboración onírica algo risible. Transforma aquí nuevamente una parte del contenido latente en una forma manifiesta.
En realidad, hemos tropezado ya con un ejemplo convincente de esta significación de un sueño absurdo. El sueño de la representación de una ópera de Wagner, que dura hasta las siete y cuarto de la mañana, siendo dirigida la orquesta desde lo alto de una torre, etc. -sueño que interpretamos sin necesidad de análisis-, afirma abiertamente lo que sigue: «El mundo marcha al revés y la sociedad está loca. Nunca alcanzan las cosas aquellos que las desean y poseen algún mérito, sino aquellos otros que no las merecen ni saben apreciarlas.» Con esto alude la sujeto a su propio destino, comparándolo con el de su prima. Tampoco es casual en modo alguno, que los ejemplos que se nos han ofrecido para ilustrar la absurdidad de los sueños traten todos del difunto padre del sujeto, pues en estos sueños aparecen reunidas de un modo típico las condiciones de la creación de sueños absurdos. La autoridad de que el padre se halla investido provoca tempranamente la crítica del hijo, y sus severas exigencias educativas inclinan al niño a espiar atentamente toda posible debilidad de su progenitor, viendo en ella una justificación de sus propias faltas. Pero el respeto y el cariño con que nuestro pensamiento envuelve a la figura paterna, sobre todo después de su muerte, agudizan la censura, que aleja de la consciencia toda manifestación de crítica.
IV
Un nuevo sueño absurdo en el que interviene un padre difunto (de S. Freud). «Recibo una carta del Ayuntamiento de mi ciudad natal reclamándome el pago de una cantidad por la asistencia prestada en el hospital, el año 1851, a una persona que sufrió un accidente en mi casa. La pretensión del Ayuntamiento me hace reír, pues en 1851 no había yo aún nacido, y mi padre, al que quizá pudiera referirse, ha muerto ya. Voy a buscarle a la habitación contigua. Le encuentro en la cama y le doy cuenta de la carta. Para mi sorpresa, recuerda que en el citado año 1851 se emborrachó una vez y tuvieron que encerrarle o custodiarle. Esto sucedió cuando trabajaba para la casa T. ‘Entonces, ¿también tú has bebido?’, le pregunto. Y luego añado: ‘Te casaste poco después, ¿no?’ Echo la cuenta de que yo nací en 1856, fecha que me parece seguir inmediatamente a la otra.»
Guiándonos por nuestras últimas deducciones, interpretaremos la intensidad con que este sueño evidencia su absurdidad como indicio de una polémica particularmente empeñada y apasionada en las ideas latentes. Pero comprobamos con singular asombro que dicha polémica se desarrolla aquí abiertamente y que el padre es francamente designado como la persona a la que van dirigidas las burlas. Tal franqueza parece contradecir nuestros asertos sobre la actividad de la censura durante la elaboración onírica. Pero esta singular circunstancia queda aclarada cuando descubrimos que el padre no es sino una figura encubridora y que la persona combatida es otra, mencionada únicamente en el sueño por una alusión. Lo general es que nuestros sueños nos muestren en rebelión contra personas ajenas a nosotros, detrás de las cuales se esconde la de nuestro padre; pero en este ejemplo hallamos la situación inversa, y es el padre el que se constituye en encubridor de otros. Por este motivo puede aludir aquí abiertamente el sueño a la figura paterna -sagrada para él en toda otra ocasión-, pues en el fondo existe la convicción de que no se refiere realmente a ella. La motivación del sueño es la que nos descubre este estado de cosas. En efecto: el día anterior me habían dicho que un colega, más antiguo que yo en la profesión y cuyos juicios eran generalmente acatados, había expresado su disconformidad y su asombro al saber que uno de mis pacientes llevaba ya cinco años sometido a tratamiento psicoanalítico. Las frases iniciales del sueño indican, bajo un trasparente encubrimiento, que dicho colega tomó a su cargo durante algún tiempo los deberes que mi padre no podía ya cumplir (pago, asistencia en el hospital), y cuando nuestras relaciones de amistad comenzaron a enfriarse surgió en mí aquel mismo conflicto sentimental que en las diferencias con nuestro padre es provocado por el reconocimiento de todo lo que él mismo ha hecho antes por nosotros. Las ideas latentes se defienden con gran energía contra el reproche de que no avanzo con toda la rapidez que debiera, reproche que se refiere primero al tratamiento de mi paciente y se extiende luego a otros temas distintos. ¿Conoce acaso mi colega alguien que pueda avanzar más de prisa en estas cuestiones? ¿Y no sabe que esta clase de estados patológicos se consideran incurables y duran toda la vida? ¿Qué son cuatro o cinco años comparados con la vida entera, sobre todo cuando, como sucede en este caso, ha logrado el tratamiento hacer mucho menos penosa la existencia del enfermo?
Gran parte de la impresión de absurdidad de este sueño es producida por la yuxtaposición inmediata y sin transición alguna de frases pertenecientes a sectores distintos de las ideas latentes. Así, la frase «Voy a buscarle a la habitación contigua», etc., abandona el tema del que han sido tomadas las precedentes y reproduce con toda fidelidad las circunstancias en las que comuniqué a mi padre mis esponsales con la que hoy es mi mujer, decididos por mí sin consultar a nadie. Quiere, pues, recordarme el noble desinterés que mi anciano padre demostró en aquella ocasión y oponerlo a la conducta de una tercera persona. Advierto ahora que si el sueño puede permitirse en este caso burlarse del padre o denigrarle es porque el mismo es ensalzado en las ideas latentes y presentado a otros como modelo. En la naturaleza de toda censura está el dejar libre paso a conceptos inciertos sobre las cosas prohibidas antes que a los estrictamente verdaderos. La frase inmediata, que contiene el recuerdo de haberse emborrachado una vez, teniendo que ser encerrado, no entraña nada que pueda referirse realmente a mi padre. La persona a la que él mismo encubre no es nada menos que la del gran Meynert, cuyos trabajos he seguido con fervorosa veneración y cuya conducta para conmigo se transformó, después de un corto período de predilección, en franca hostilidad. El sueño me recuerda, en primer lugar, su propia confesión de que en su juventud había contraído la costumbre de embriagarse con cloroformo, teniendo que ingresar a consecuencia de ello en el hospital, y en segundo, una conversación que tuve con él poco tiempo antes de su muerte. Habíamos sostenido una empeñadísima polémica sobre la histeria masculina, cuya existencia negaba él, y cuando en su última enfermedad fui a visitarle y le interrogué sobre su estado, me hizo una amplia descripción de sus síntomas, y terminó con las palabras: «He sido siempre un acabado caso de histeria masculina.» Resultaba pues, que había terminado por aceptar lo que tan tenazmente hubo antes de combatir, cosa que me satisfizo y asombró en extremo. La posibilidad de encubrir en esta escena la figura de Meynert con la de mi padre no depende de una analogía existente entre ambas personas, sino que constituye la representación -muy sintética, pero perfectamente suficiente- de una frase condicional dada en las ideas latentes: «Si yo fuera hijo de un profesor o de un consejero áulico, hubiera progresado, con seguridad, más rápidamente.» En mi sueño confiero a mi padre tales dignidades. El absurdo más grosero y perturbador del sueño reside en el manejo de la fecha 1851, que me parece idéntica a la de 1856, como si la diferencia de cinco años no significara nada. Esto es precisamente lo que en las ideas latentes demanda una representación. Cuatro o cinco años fue el tiempo que gocé del apoyo del colega inicialmente citado y el plazo que tuvo que esperar mi prometida a que yo me pusiera en condiciones de contraer matrimonio. Asimismo y por una casual coincidencia que las ideas latentes se apresuran a aprovechar, es también éste el tiempo que lleva mi paciente antes mencionado acudiendo a mi consulta y sometiéndose al tratamiento psicoanalítico. «¿Qué son cinco años? -preguntan las ideas latentes-. Eso no es nada para mí. Tengo mucho tiempo por delante, y del mismo modo que en aquellas otras ocasiones acabé por conseguir lo que me proponía contra lo que se esperaba, también en este caso terminaré por alcanzar un éxito completo.» La cifra 51, aislada de la fecha 1851, muestra además una segunda determinación, contraria a la anterior. La edad de cincuenta y un años es la más peligrosa para el hombre. Algunos de mis colegas que no parecían padecer enfermedad ninguna, han muerto en poco tiempo al alcanzarla; entre ellos, uno que; después de largos años de espera, acababa de recibir el deseado título de profesor.
V
Otro sueño absurdo, que maneja cifras:
«Uno de mis conocidos el señor M., ha sido atacado en un artículo nada menos que por el propio Goethe. Todos reconocemos la injusticia de tan violento ataque pero, como es natural, dada la personalidad del atacante ha quedado M. totalmente aniquilado, y se lamenta con gran amargura ante varias personas reunidas en torno de una mesa. Sin embargo, no ha disminuido su veneración por Goethe. Intento aclarar las circunstancias de tiempo, que me parecen inverosímiles. Goethe murió en 1832. Por tanto, su ataque tiene que ser anterior a esta fecha, y M. debía de ser por entonces muy joven. Me parece plausible que tuviera unos dieciocho años. Mas no sé con seguridad en qué año estamos y de este modo mi cálculo se hunde en las tinieblas. El ataque a M. se halla contenido en un artículo de Goethe titulado Naturaleza.»
Sin gran dificultad encontramos los medios de justificar la insensatez de este sueño. M., al que conocí en una comida, me pidió hace poco que reconociera a su hermano mayor, el cual presentaba síntomas de perturbación mental, dependiente de una parálisis progresiva. Durante mi visita se desarrolló una desagradable escena en la que el enfermo me reveló, sin que yo le diese motivo ni ocasión para ello, las faltas de su hermano, aludiendo a su disipada juventud. En este reconocimiento pregunté al paciente la fecha de su nacimiento y le hice verificar luego algunos pequeños cálculos para investigar el grado de debilitación de su memoria, pruebas que sostuvo aún satisfactoriamente. Advierto ya que me conduzco en mi sueño como un paralítico. (No sé con seguridad en qué año estamos.) Otra parte del material del sueño procede de una segunda fuente. Un amigo mío, director de una revista médica, había acogido en ella abrumadora crítica contra el último libro de mi amigo Fl., de Berlín. El autor de esta crítica era un joven nada capacitado aún para enjuiciar obras científicas de importancia. Creyéndome con cierto derecho a intervenir en el asunto, escribí al director de la revista, el cual me contestó que sentía mucho haberme disgustado con la inserción de aquella crítica, pero que no podía poner remedio ninguno al hecho consumado. En vista de esto, le notifiqué mi decisión de no colaborar más en su publicación, esperando, sin embargo, que lo sucedido no influiría para nada en nuestras relaciones personales. La tercera fuente de este sueño reside en el relato que de la enfermedad de su hermano me había hecho pocos días antes una paciente mía. Dicho individuo había tenido un ataque de locura frenética en el cual exclamó a grandes gritos: ¡Naturaleza! ¡Naturaleza! Los médicos habían opinado que tal exclamación provenía del ensayo de Goethe así titulado y constituía una indicación del exceso de trabajo que había pesado sobre el enfermo en sus estudios. Por mi parte, me parecía más plausible dar a dicha palabra el sentido sexual en que suele ser empleada corrientemente, y el hecho de que el infeliz enfermo atentara poco después contra su integridad física, mutilándose los genitales, pareció darme la razón. Cuando sufrió el primer ataque de locura tenía este individuo dieciocho años.
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