Los objetos de la razón se dividen en relaciones de ideas y cuestiones de hecho.
De las relaciones de ideas se encargan las ciencias que trabajan con proposiciones ciertas intuitiva o demostrativamente. Estas proposiciones se descubren por el solo pensamiento, independientemente de lo que suceda en el mundo.
La evidencia con respecto a las cuestiones de hecho es de otra naturaleza: no hay más evidencia que la presencia del objeto ante los sentidos, directamente o mediante el registro memorístico. De modo que, en lo tocante a estas cuestiones, no se puede demostrar la falsedad de ninguna proposición, por cuanto que la mente puede imaginar el contrario de cualquier hecho (posibilidad) sin hallar ninguna contradicción.
Todas nuestras proposiciones de este tipo parecen fundarse en la relación de causa y efecto, ya que sólo por ella podemos afirmar algo más que lo meramente dado (asociación). Por ejemplo: para justificar nuestra creencia en algún hecho, recurrimos siempre a otro, vinculando ambos hechos mediante una conexión, distante o no, directa o no.
El conocimiento de la causa y el efecto no es a priori, o sea, conseguido por la pura razón, sino a posteriori , o sea surgido de la experiencia . Pues las cualidades de un objeto jamás informan su causa o efecto, ya que ni la una ni el otro se hallan implicados en aquéllas. «Las causas y efectos no pueden descubrirse por la razón, sino por la experiencia».
De aquí que nada podamos decir acerca de un objeto desconocido por completo –predecir lo que surgirá de él o determinar aquello de lo que ha surgido . Cosa que, al tratarse de objetos familiares, no llama nuestra atención debido a la habituación y la costumbre.
«No hay dificultad en admitir que los sucesos que tienen poca semejanza con el curso normal de la naturaleza son conocidos sólo por la experiencia. Nadie se imagina que la explosión de la pólvora o la atracción de un imán podrían descubrirse por medio de argumentos a priori».
Sin recurrir a observaciones previas, es imposible pronunciarse con respecto a los efectos y las causas de algún objeto, a no ser que se inventen imaginativa y arbitrariamente. «La mente nunca puede encontrar el efecto en la supuesta causa por el escrutinio o examen más riguroso, pues el efecto es totalmente distinto a la causa y, en consecuencia, no puede ser descubierto en él».
Ahora bien, es posible imaginar múltiples posibilidades congruentes; sin embargo, hay cierta preferencia que atiende a determinadas posibilidades. Dicha preferencia (mayor probabilidad) no puede fundarse en, o ser legitimada por, razonamientos a priori, ya que sin observación y experiencia toda conclusión es arbitraria (capricho). De aquí que ningún filósofo razonable haya pretendido indicar la causa natural última.
(Inducción:) «Se reconoce que el mayor esfuerzo de la razón humana consiste en reducir los principios productivos de los fenómenos naturales a una mayor simplicidad, y los muchos efectos particulares a unos pocos generales por medio de razonamientos apoyados en la analogía , la experiencia y la observación. Pero en lo que concierne a las causas de estas causas generales , vanamente intentaríamos su descubrimiento, ni podremos satisfacernos jamás con cualquier explicación de ellas. Estas fuentes y principios últimos están totalmente vedados a la curiosidad e investigación humana».
Debido a lo anterior, los beneficios de la mejor filosofía natural serían los siguientes: despejar un poco nuestra ignorancia, reconocer la debilidad y la ceguera humana y desarrollar la más mejor filosofía moral.
Ni siquiera las matemáticas, con todo su poder de precisión, pueden servir al conocimiento de la causa última, ya que, en su carácter puro, tales ciencias no se refieren a nada que exista efectivamente en el mundo y, en su carácter aplicado, trabajan bajo el supuesto de que la naturaleza trabaja en función de ciertas leyes. Por ello es que los razonamientos abstractos o se usan para facilitar el descubrimiento empírico de las leyes o se emplean en la aplicación precisa de tales conocimientos a los casos prácticos particulares (p. e. medición). Por ejemplo: la proposición ‘La fuerza de un cuerpo en movimiento es proporcional a su masa y velocidad’ es la expresión de una ley descubierta por la experiencia, de la cual se puede sacar provecho al aplicarla con precisión gracias a la ciencia matemática.
Así, pues, los razonamientos con respecto a cuestiones de hecho se fundan en la relación de causa y efecto, y ésta, a su vez, en la experiencia. «Digo, entonces, que, incluso después de haber tenido experiencia en las operaciones de causa y efecto, nuestras conclusiones, realizadas a partir de la experiencia, no están fundadas en el razonamiento o proceso alguno del entendimiento».
Por los sentidos conocemos las cualidades de los objetos (vg. el pan), pero no sus virtudes o poderes (vg. la potencia nutricia). Sin embargo, siempre que vemos cualidades semejantes esperamos efectos similares (vg. la nutrición efectiva), aunque no sea posible inferir tales poderes a partir de las meras cualidades percibidas (vg. extrapolamos la conexión constatada). Pues no hay una conexión intuitiva entre la proposición que expresa un hecho acaecido y la proposición que expresa un hecho posible, ni, tampoco, están vinculadas ambas proposiciones por una tercera que pudiera llevar deductivamente de la una a la otra.
Y es que, además, puesto que siempre es posible que el curso normal de la naturaleza cambie (que pasado y futuro no sean idénticos), no es posible demostrar la falsedad de ningún hecho por venir. De modo que en cuestiones de hecho la demostración es infructuosa.
Los argumentos fundados en la experiencia (probables) son diferentes de los argumentos de la pura razón: se basan en la semejanza de los objetos, la cual nos induce a esperar efectos semejantes. «De causas que parecen semejantes esperamos efectos semejantes» . Una conclusión de este tipo es imperfecta y no racional. «Sólo después de una larga cadena de experiencias [experiments] uniformes de un tipo alcanzamos seguridad y confianza firme con respecto a un acontecimiento particular ».
Entonces, ¿qué tipo de argumentación es la que se sigue para obtener una inferencia de este tipo? ¿Hay alguna proposición mediadora que permita la deducción? Pues que la experiencia «sólo nos muestra un número de efectos semejantes, que resultan de ciertos objetos, y nos enseña que aquellos objetos particulares, en aquel determinado momento, estaban dotados de tales poderes y fuerzas». Y, por lo mismo, si la inferencia no es intuitiva ni demostrativa, y si también dijéramos que es experimental, tendríamos que hacer una petición de principio, ya que toda inferencia experimental supone que el futuro será semejante, cosa que es estrictamente indemostrable.
Empero, ya que éste es un tema relevante, por cuanto que la experiencia ha mejorado nuestros conocimientos, sería conveniente continuar la investigación, dejando claro, por lo pronto, que no es la razón la que nos hace suponer tal semejanza.