La sección comienza con una primera versión del argumento acerca del origen de la idea de necesidad:
P1.- No hay ideas sin impresiones.
P2. Para tener una idea de necesidad, debo primero tener la impresión correspondiente.
P3.- La necesidad se le atribuye a la causa y efecto.
P4.- Dirijo mi vista a dos objetos que se supone están enlazados por esta relación y los examino en todas las situaciones de que son susceptibles. Inmediatamente percibo que son contiguos en tiempo y lugar y que le objeto que llamamos causa precede a lo que llamamos efecto.
P5.- La reflexión sobre varios casos tan sólo repite los mismos objetos y por consiguiente no puede dar lugar a una nueva idea.
P6.-Hallo que la repetición no es en cada caso particular la misma, sino que produce una nueva impresión y por este medio la idea que examino al presente.
P6.- Después de una repetición frecuente hallo que ante la aparición de uno de los objetos el espíritu se halla determinado por la costumbre a considerar su acompañante usual y a considerarlo de un modo más enérgico por su relación con el primer objeto.
P7.- Es la impresión, pues, o la determinación la que me proporciona la idea de necesidad.
Después de esta primera formulación de su argumento, Hume presenta y responde a una serie de objeciones:
Objeción:
La experiencia nos muestra que en el mundo de la materia se producen cosas nuevas como los movimientos y variaciones en los cuerpos.
Esto nos lleva a la conclusión de que debe de existir una ‘fuerza’ que produzca estas variaciones y movimientos.
Este razonamiento nos trae al final la idea de poder y eficiencia.
Respuesta:
La razón no puede producir una nueva idea por sí misma
La razón, separada de la experiencia, no puede hacernos concluir que una causa o cualidad productiva es absolutamente necesaria para explicar el comienzo de la existencia de algo.
La idea de eficacia proviene de la experiencia, de instancias particulares que entren a la mente mediante la sensación o la reflexión.
Objeción 2:
Los cuerpos operan mediante las formas substanciales, o los accidentes o atributos, o su forma y materia, o su forma y accidentes, o ciertos poderes y facultades distintos a los mencionados anteriormente.
La variabilidad de estas opiniones genera la presuposición de que ninguna es sólida o creíble
No hay motivos para pensar que alguna de las cualidades de la materia pudiera contener alguna forma de eficacia.
Respuesta 2:
No se tendría que recurrir a estas nociones tan oscuras e inciertas si se tuvieran ideas claras e inteligibles.
Como la impresión (e idea) de la necesidad es objeto de los sentidos o de la más simple operación del entendimiento.
Podemos concluir que es imposible, en cualquier instancia de una evento de causalidad, identificar que es lo que le da esa ‘fuerza’ a la causa.
Objeción 3 (Descartes):
La materia es en sí misma enteramente inactiva, y carece de algún poder por el cual pueda producir, continuar, o comunicar en movimiento.
Pero estos efectos son evidentes para nuestros sentidos.
El poder que nos produce debe hallarse en la divinidad, que posee en su naturaleza toda excelencia y perfección.
Respuesta 3:
Es imposible que podamos tener una idea de poder y eficacia más que si algunos casos pueden presentarse en que este poder se pueda percibir ejerciéndose.
Su razonamiento es de la siguiente forma: ‘No es posible encontrar una fuerza eficaz en la materia, por lo que no debería atribuírsele.’
Por esta razón, su razonamiento debería incluir uno similar a: ‘No es posible encontrar una causa eficaz en Dios, por lo que no debería atribuírsele’.
La única manera de evitar esta conclusión es aceptar que no se tiene una idea clara de la necesidad, y que por lo tanto no se puede encontrar en ningún cuerpo o mente, sea divino o no.
Si realmente tenemos la idea de necesidad, podemos atribuírsela a una causa desconocida pero no podemos derivar la idea de tal cualidad.
No hay ninguna cualidad en la materia de la que se pueda derivar la idea de causalidad.
No es posible obtener una idea de necesidad de la forma descrita (en la objeción).
Objeción 4:
Sentimos un ‘poder’ o ‘energía’ en nuestras mentes y al obtener la idea de este modo, se la transferimos a la materia, en la que no podemos descubrirla de forma inmediata. Este razonamiento se ejemplifica con la ‘relación’ entre nuestra voluntad y la parte del cuerpo que realiza un acto.
Respuesta 4:
Tan lejos estamos de percibir la conexión entre un acto de volición y un movimiento del cuerpo, que se concede que ningún efecto es más inexplicable que este.
Esta conexión no puede ser el origen de nuestra idea.
Respuesta a todas las objeciones:
Las ideas generales o abstractas no son más que ideas individuales consideradas de cierto modo.
Si tenemos una idea de poder en general, debemos ser capaces tambien de concebir una instancia particular de poder.
El poder siempre considerado como un atributo de algún ser o existencia.
Debemos ser capaces de colocar este poder en algún ser particular y de considerar este ser como dotado de una fuerza y energía real, mediante la que resulta de su actuación necesariamente un efecto determinado.
Debemos clara y particularmente concebir el enlace entre la causa y efecto y ser capaces de declarar ante la simple consideración de uno de ellos, que debe ser seguido o percibido de otro.
Si no podemos concebir jamás de un modo claro como un poder particular puede residir en un objeto particular, nos engañamos al imaginar que nos podemos formar una idea general del mismo.
Conclusión: Podemos inferir que cuando hablamos de algún ser, ya sea de una naturaleza superior o inferior, como dotado con un poder o fuerza, propio para un efecto; o cuando hablamos de una conexión necesaria entre objetos y suponemos que esta conexión depende de una influencia o energía de que están dotados algunos objetos, no tenemos realmente en todas estas expresiones tan adecuadas, ningún sentido claro y hacemos uso tan solo de palabras corrientes, sin ideas claras y determinadas.
En este punto, Hume reconsidera el argumento que presenta al principio de la sección.
Al examinar un evento de causa-efecto, es imposible, mediante la contemplación de uno o ambos componentes, percibir una conexión entre ambos.
Si lo único que pudieramos ver fueran casos particulares de eventos de causalidad completamente diferentes entre sí, jamás podríamos formarnos la idea de necesidad.
Pero al observar varios casos en los que los mismos objetos van unidos siempre entre sí; inmediatamente concebimos una conexión entre ellos y comenzamos a realizar una inferencia entre un objeto a otro.
Esta multiplicidad de casos semejantes, pues, constituye la verdadera esencia del poder o conexión, y es la fuente de la que la idea surge.
Para entender la idea de poder, debemos considerar esta multiplicidad, y no es precisa otra investigación para darnos la solución de la dificultad que nos ha perturbado tanto tiempo.
Si la repetición no descubre ni produce nada nuevo, nuestras ideas podrían multiplicarse por ella, pero no serán ampliadas más allá de lo que se abarcaban con la observación de un solo caso.
Toda ampliación, pues, que surge de la multiplicidad de casos semejantes, está copiada de algún efecto de la multiplicidad y se entenderá perfectamente al entender estos efectos.
Es evidente que:
La repetición de objetos análogos en relaciones análogas de sucesión y contigüidad no descubren nada nuevo en ninguno de ellos.
Esta misma repetición no produce nada nuevo en los objetos que participan en ella ni en algún objeto externo.
Nada nuevo es revelado o producido por la conjunción constante de dos objetos, ni tampoco por la similitud de sus relaciones de sucesión y contiguidad.
Sin embargo, es de esta semejanza que se derivan las ideas de poder, necesidad o eficacia
Después que hemos observado la semejanza en un número suficiente de casos, inmediatamente sentimos una determinación del espíritu a pasar de un objeto a su acompañante usual y a concebirlo de un modo más enérgico debido a esta relación.
La observación de esta semejanza produce una nueva impresión en el espíritu, que es su modelo real.
Esta determinación es el único efecto de la semejanza, y por consiguiente, debe ser lo mismo que el poder o influencia, cuya idea se deriva de la semejanza.
Sin considerarla de este modo, no podemos lograr jamás la más remota noción de ella o ser capaces de atribuirla a los objetos externos o internos, al espíritu o al cuerpo, a las causas o a los efectos.
Una vez que llega a la conclusión de que la idea de necesidad no es más que la determinación de la mente, Hume demuestra que esta idea es también algo que no existe fuera de nuestra mente:
La conexión necesaria entre causa y efecto es el fundamento de nuestra inferencia de los unos a los otros.
La idea de la necesidad surge de alguna impresión.
No existe impresión alguna proporcionada por nuestros sentidos que pueda dar a esta idea.
Debe, pues, derivarse de alguna impresión interna o impresión de reflexión.
No existe ninguna impresión interna que tenga alguna relación con el presente problema más que la inclinación de la costumbre a pasar de un objeto a la idea de su acompañante usual.
Esa es, por lo tanto, la esencia de la necesidad.
La necesidad es algo que existe en la mente, no en los objetos, y jamás podemos formar la más remota idea de ella como una cualidad de los objetos.
O no tenemos una idea de necesidad, o la idea es la determinación de la mente de pasar de la causa al efecto (o viceversa) en la relación esperada.
Por lo tanto, de la misma forma que la necesidad de que dos más dos sean cuatro reside sólo en la operación de la mente que junta y compara estas ideas; la necesidad o poder que une las causas y los efectos yace en la determinación de la mente de pasar de una a otra.
Antes de responder a una objeción más, Hume presenta lo que llama la ‘línea central de su argumento’:
La simple observación de dos objetos, cualquiera que sea su relación, no puede proporcionarnos jamás una idea de poder o conexión entre ellos.
La idea surge de la repetición de su unión
La repetición no causa ni revela nada en los objetos; la única influencia que tiene es en la mente, mediante la transición que produce.
Conclusión: Esta transición es lo mismo que el poder y la necesidad, que son entonces cualidades de la percepción y no de los objetos, y son sentidas internamente por el alma(entendimiento) en lugar de ser percibidas externamente en los cuerpos.
Aclara que aunque haya presentado la versión más simple y clara de su argumento, aún teme que sus conclusiones sean descalificadas, y luego responde a una última objeción:
La idea de necesidad no puede ser la simple determinación de la mente, ya que el pensamiento depende de las causas para su funcionamiento, pero las causas no dependen de él.
Suponer lo contrario implica revertir el orden de la Naturaleza.
Cada operación tiene un ‘poder’ correspondiente que pertenece al cuerpo que opera.
Si le quitamos ese ‘poder’ a un objeto debemos otorgarselo a otro, pero no a un ser cuya única relación con la causa y el efecto es la percepción que tiene de ellos.
A este argumento ofrece dos respuestas.
Respuesta (sobre el ‘poder’ en los cuerpos):
Tanto los objetos materiales como los inmateriales poseen una variedad de cualidades de las cuales no sabemos nada.
Llamar a estas cualidades ‘poder’ o ‘necesidad’ realmente no tiene ninguna importancia.
Pero, cuando intentamos que los términos de poder e influencia signifiquen algo de lo que tenemos una idea clara y que es incompatible con los objetos a que los aplicamos, la obscuridad y el error comienzan a tener lugar y nos descarriamos por una falsa filosofía. Esto es lo que sucede cuando transferimos la determinación del pensamiento a los objetos externos y suponemos un enlace real e inteligible entre ellos.
Respuesta (sobre el orden de la Naturaleza):
Los objetos mantienen relaciones de sucesión y contigüidad entre ellos.
Objetos semejantes mantienen relaciones semejantes.
Todo esto es independiente de las operaciones del entendimiento.
Pero si vamos más lejos y atribuimos un poder de conexión necesaria a estos objetos no podemos observarlos en ellos mismos, sino que debemos sacar su idea de los que sentimos internamente al contemplarlos.