Sección VI De la identidad Personal
Hernández Ricardo
Luna Mora Daniel
Herrera Irving
Pérez Tezkóatl
Ramos Humberto
Villalobos Ingrid
1.Tiene que haber una impresión que dé origen a cada idea real.
2.El yo no es ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras impresiones e ideas tienen referencia.
3.Si hay alguna impresión que origine la idea del yo, esa impresión deberá seguir siendo idéntica durante toda nuestra vida.
4.Pero no existe ninguna impresión que sea constante e invariable.
5.Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones se suceden una tras otra, y nunca existen todas al mismo tiempo.
6.Luego, la idea del yo no puede derivarse de ninguna de estas impresiones ni tampoco de ninguna otra. En consecuencia, no existe la idea del yo.
¿Qué es entonces lo que nos induce con tanta intensidad a asignar una identidad a estas percepciones sucesivas, y a creernos en posesión de una existencia invariable e ininterrumpida durante toda nuestra vida?
1.A la idea precisa que tenemos de un objeto que permanece invariable y continuo a lo largo de una supuesta variación de tiempo la llamamos idea de identidad o mismidad.
2.Tenemos también una idea precisa de varios objetos diferentes que existen en forma sucesiva y están conectados mutuamente por una estrecha relación: estos nos proporcionan una noción tan perfecta de diversidad que parece como si no hubiera ningún tipo de relación entre los objetos.
3.Pero aunque en sí mismas estas dos ideas de identidad y de sucesión de objetos relacionados sean distintas, en nuestra manera usual repensar son generalmente confundidas entre sí.
4.La relación facilita la transición de la mente de un objeto a otro, y convierte este paso en algo tan suave como si la mente contemplara un objeto continuo.
5.Por lo tanto, es esta semejanza la causa de la confusión y el error, y la que nos lleva a colocar al noción de identidad en lugar de la de objetos relacionados.
Hume argumentará a favor de esta confusión de relación de objetos con objeto continuo:
1.A pesar de que el cambio en cualquier parte importante de una masa material destruya la identidad del conjunto, no medimos sin embargo la magnitud de la parte de un modo absoluto, sino según su proporción con el conjunto.
2.La adición o disminución de una montaña no lograría producir una diversidad en un planeta; por el contrario, basta con cambiar unas pocas pulgadas en algunos cuerpos para destruir su identidad.
3.Esto sería inexplicable si no advirtiéremos que los objetos no actúan sobre la mente ni rompen o cortan la continuidad de sus acciones según su magnitud real, sino según la proporción que guardan entre sí.
4.Por consiguiente, y dado que es esta interrupción la que hace que un objeto deje de parecer idéntico, tendrá que ser el curso ininterrumpido del pensamiento el que constituya la identidad.
Luego, Hume explica la naturaleza de la identidad personal:
1.La identidad que atribuimos a la mente del hombre es tan sólo ficticia, y de especie parecida a la que hemos asignado a vegetales ya animales.
2.Por tanto, la identidad no puede tener un origen diferente, sino que deberá provenir de una operación similar de la imaginación sobre sus objetos similares.
Problema:
Es evidente que, la identidad que atribuimos a la mente humana no es capaz de reunir las distintas y diferentes percepciones en una sola, ni tampoco hacerlas perder los caracteres de distinción y diferencia que les son esenciales. Y es también verdad que toda percepción distinta que forme parte de la mente es una existencia distinta, y que es diferente, distinguible y separable de toda otra percepción, sea contemporánea o sucesiva de ésta. Pero como a pesar de esta distinción y separabilidad suponemos que el curso total de percepciones está unido por la identidad, surge naturalmente un problema por lo que respecta a esta relación de identidad: si existe algo que enlace verdaderamente entre sí nuestras distintas percepciones, o si se limita a asociar las ideas de éstas en la imaginación.
Solución:
1.El entendimiento no observa nunca ninguna conexión real entre objetos, y que aun la unión de causa y efecto se reduce, a una asociación de ideas producida por costumbre.
2.La identidad no pertenece realmente a estas diferentes percepciones, ni las une entre sí, sino que es simplemente una cualidad que les atribuimos en virtud de la unión de sus ideas en la imaginación, cuando reflexionamos sobre ellas.
3.Las únicas cualidades que pueden dar a las ideas unión en la imaginación son las relaciones de semejanza, causalidad y contigüidad.
4.Sin estos principios, todo objeto distinto es separable por la mente y puede ser considerado separadamente, de modo que no parece tener más conexión con otro objeto que si ambos estuvieran separados por la más grande distancia y diferenciación.
5.Por tanto, como la esencia mima de estas relaciones consiste en que producen una transición fácil de ideas, se sigue que nuestras nociones de identidad personal provienen íntegramente del curso suave del pensamiento, a través de una serie de ideas conectadas entre sí.
Conclusión general:
- La identidad depende de las relaciones de ideas y estas relaciones originan la identidad por medio de la transición fácil que producen. Pero como las relaciones y la facilidad de transición pueden disminuir gradualmente y de forma insensible, no tenemos un criterio exacto para poder resolver cualquier disputa referente al tiempo en que se adquiere o pierde el derecho al nombre de identidad.